El almuerzo transcurrió más tranquilo de lo que creí, pues gracias a mi suerte, los temas de conversación estaban dirigidos a otras personas, dejándonos exentos de las terribles e interminables preguntas incómodas dignas de cada reunión familiar. Mientras tanto, Noah y yo nos habíamos tomado el tiempo de conocernos más el uno al otro. Parecía tener un futuro más que brillante, pero padecía de la misma enfermedad incurable que tenía yo: una madre que quería controlar cada aspecto de su vida. Y eso llegaba a atosigarle tanto que, muchas veces intentó dejar su carrera sólo para poder liberarse de la idealización materna. Y cuánto le entendía al respecto, realmente. La hora del postre había llegado, y entre mi madre y yo no habíamos vuelto a cruzar palabra alguna. Sin embargo, sabía que n

