Capítulo 3

1834 Palabras
Estados Unidos /New York/ Adara Intento arreglar mi cabello frente al espejo del baño, al final lo dejo en una coleta alta. Tomo mis cosas, revisando que a mi bolso no le falte nada. Al salir del baño veo al tipo de anoche sentado en el borde de la cama, con el torso desnudos y en boxer. Anoche follamos un par de veces más, al final nos quedamos dormidos, es algo que no acostumbro a hacer pero me dió pereza levantarme e irme esa misma noche. Camino pasando por su lado, ignorando su presencia. —Buenos días— sonríe, por mi parte no contesto. Busco con la mirada mis zapatos y los veo al otro lado de la habitación. —¿Pasa algo?— se levanta. Su expresión es de confusión. Parece como si fuera nuevo en este tipo de cosas. Odio cuando te lías con alguien una noche y se cree algo especial para ti. Se que cuando un hombre tiene una aventura de una noche, deja a la mujer botada como si no valiera nada. Ya que me coloco mis zapatos me dirijo a la salida, intento abrir la puerta pero su mano apoyada en ella me lo impide. Me giro. —¿Cuál es tu nombre?— repite. Suspiro, cansada de lo mismo. —Eso no importa. —¿Nos volveremos a ver?— dice, con ojos brillantes. —No— digo tajante. —¿Por qué? —Yo no repito— ejerzo fuerza y abro la puerta de un jalón. —¿Cuál es tu nombre?— ignoro su pregunta. Con la puerta abierta saco un par de billetes de mi cartera y se los tiro al pecho. —Gracias por tu servicio— le guiño un ojo y me largo de ahí. Es lo mismo que ellos hacen cuando follan. Me gusta hacerlo porque ellos también lo hacen, además es un golpe para su orgullo y su hombría. Siento sus pasos apresurados tras de mí. No me gustan pendejadas así que decido bajar por las escaleras. Al salir del hotel le hago señas a un taxi para que se detenga. Lo hace y le doy la dirección de mi casa. Después de veinte minutos llego, me bajo y le pago para después entrar. Saco las llaves de mi bolso para abrir la puerta. Entro y me voy directo a las escaleras. —Ahí estás hija del diablo— me giro al escuchar la voz de Siria. —Buenos días— digo con ironía. —Buenos días— achica los ojos. —¿En dónde pasaste la noche?— se acerca y da vueltas alrededor de mí. Su actitud me causa gracia y no disimulo al reírme. —Por ahí— contesto. —Por ahí en la cama de un hombre. —De hotel— digo riendo. —Cínica— chilla. —¡Por aquí huele a sexo!— sale de la cocina Nick. —¿Quién es la pecadora?— sale Nate, bajando de las escaleras. —Adara— me señalan Siria y Nick. Ruedo los ojos. —¿Nadie se tiró a nadie ayer o qué?— niegan. —Oh— musito. —Que sorpresas de la vida— me encogo de hombros. Los dejo hablando solos. Subo a mi habitación y me meto inmediatamente a la ducha. El agua fría recorre todo mi cuerpo mientras yo me relajo. Al salir me coloco ropa cómoda para andar aquí. Dejo de cepillar mi cabello cuando escucho que a mí teléfono le entra una llamada. Me levanto y contesto al ver que se trata de Carlos. —Buenos días— hablo, y cómo siempre, no corresponde. —Te quiero a la una de la tarde aquí. —¿Pasó algo?— pongo el celular contra mi hombro para poner crema en mis piernas. —Solo ven— demanda antes de colgar. Carlos Atesh es así, un hombre frío e inexpresivo que es capaz de intimidar a quien sea si se lo propone o no. Es más el aura que lo rodea que grita peligro. A sus 45 años, es el Director General de la OANS, lo posicionaron a ese cargo cuándo tenía 28 años de edad y hasta el momento, todo marcha bien en la organización. Salgo de mi habitación para ir a la cocina. A la mitad de las escaleras veo como humo inunda el salón. —¡Nick apaga eso j***r!— grita Nate. —¡¿Cómo se apaga?!— contesta este. Bajo completamente las escaleras y entro al pasillo que da con la cocina. Con cada paso que doy, diviso más el humo y mucho más cuando entro a la cocina. —¡¿Qué están haciendo?!— la estufa tiene todas las bocas encendidas y la cortina de la ventana que está cerca de la estufa se consume por las llamas. —¡Fue culpa de Nick!— grita Nate. Regreso al pasillo y agarro el extinguidor. Entro de nuevo a la cocina y apago el fuego con el. Ya apagadas cierro las llaves de la estufa. —¿Pero qué es ésto?— entra Siria. —Los niños jugaban a la comidita. —Fue culpa de Nick— repite Nate. —Nick, eres un asesino, no un chef— le dice Siria a lo que Nick le saca el dedo corazón. —Una vez te pregunté para que tenías un extinguidor en el pasillo— habla Nick. —Y ahora mi pregunta fue contestada. —Imbécil. A ver si no viene un vecino a quejarse— al terminar de decir a quello el sonido del timbre se escucha por toda la casa. —Felicidades chicos— bufa Siria. Nate se levanta del banquillo en el que estaba sentado y se ofrece a abrir la puerta. Se tarda de más y decidimos salir. —¡Son unos niños que no se saben cuidar!— es la vecina de la casa derecha. Es una señora ya mayor, un poco paranoica. —Señora Elinor no pasó nada— Nate trata de tranquilizarla pero solo logra lo contrario. —Le hablaré a los bomberos ¡Puede ocurrir una tragedia! —Oiga, señora Elinor— me meto. —No pasó nada, solo fue un pequeño descuido— aseguro para que se tranquilice. —¿Están seguros?— sus ojos reflejan desconfianza. —Así es, no se preocupe. Se va y los cuatro regresamos a la cocina. Nos quedamos viendo el desastre que quedó. La cortina quedó a la mitad, ya que las llamas la consumieron, además quedó negra. La estufa también no quedó muy bien y hay muchas cosas tiradas en el suelo. —Zafo para limpiar— levanto las manos. —No seas así— me regaña Nate. —Ustedes dos estaban aquí, así que ustedes dos limpian— me apoya mi hermana. —La comida era para todos— habla Nick. —Me gustaría ayudarles pero...— miro la hora en mi reloj. —Debo irme— tomo una manzana y le doy un mordisco. —Adiós hermanos míos—. Salgo de la cocina con sus insultos de tras de mí. Subo las escaleras y tomo mis cosas para después bajar e ir por mi auto para salir. 12:30 Llego en un instante. (...) Estaciono mi auto frente a una cafetería, con tanto alboroto en la cocina ni pude tomar café. Antes de entrar tiro las sobras de la manzana en un bote de basura. Entro y el olor a café me inunda las fosas nasales, es un olor maravilloso que te relaja un poco y mucho más cuando los días son nublados y lluviosos como hoy. El lugar es rústico y muy agradable, tiene piso de madera, las paredes son de colores suaves y por todo el lugar hay plantas. Hay mesas con sillas, mesas con sillones y la barra con banquillos. Camino a la barra y me recibe Alondra (la dueña de esté lugar) con una sonrisa. —Pero que sorpresa— me siento en un banquillo. —Tenias mucho sin venir criatura. —Estuve ocupada estás últimas semanas. —¿Trabajo?— me entrega una taza de café y pone a lado una pequeño plato con galletas. —Así es. —Siempre he tenido la curiosidad de saber en qué trabajas— Alondra y yo nos conocemos desde hace tres años. Es una mujer de 37 años, de estatura media, cabello castaño y piel morena. —Viajo mucho, hace semanas fuí a Rusia— doy un sorbo al café y le doy un mordisco a una galleta. Nadie puede saber a qué nos dedicamos, además en parte digo la verdad, nos mandan hacer trabajos en distintas partes del mundo, a veces nos mandan por semanas o en algunos casos por meses. —¿Eres azafata? —Eh...algo así— sonrío. —Por razón tu ausencia. —Extrañaba este lugar. Ninguno como tu café. —Lo sé— dice orgullosa. —¿Y que tal tú? —Todo bien— agarro otra galleta y la acompaño con un sorbo de café. —No me quejo— se encoge de hombros. Después de tomarme el café y hablar un poco con Alondra, decido irme. Me despido y al salir, en el edificio de enfrente al otro lado de la calle, veo como muchas camionetas negras con vidrios polarizados se estacionan frente a el. Subo a mi auto y desde el espejo retrovisor, veo como un hombre muy alto, cabello castaño y con mucho músculo, sale de una de ellas y entra al edificio con los demás hombres cubriendo su espalda. De seguro a de ser un empresario importante o algún mafioso poderoso. Pongo en marcha mi auto y llego a la organización. Entro y subo hasta el penúltimo piso del edificio, saludo a la secretaria de Carlos y camino a la sala de juntas cuando me dice que él está ahí. Entro sin tocar y ahí lo veo a él, a Nick y al equipo de camuflaje, a los de tecnología, y armamento. Tomo mi lugar. —Como ya saben mañana se llevará a cabo una misión, ya que una persona importante nos eligió para este trabajo no podemos fallar en el— habla el Director General. —Se necesita el apoyo de todos los presentes. Hoy haremos un repaso general. Adara, será quien hará el trabajo más difícil, ella irá a ese evento y ejecutará lo planeado — todos asienten. —Adara— me llama. —¿Estudiaste el perímetro? —Si señor. —Nick, tú irás a dejar a Adara al lugar y te encargarás de dejar el auto. —Si señor. El resto del día probamos todo lo que íbamos a usar y cómo me iba a presentar. Mostraron imágenes de Adriana Lennox, me tiñeron el cabello. Arreglaron las armas que me iban a asignar y mostraron una vista satelital de dónde debo cruzar para llega al auto. Todo el día la pasamos viendo detalles y repasando lo que teníamos que hacer.
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