Mi cuerpo estaba allí, inmóvil sintiendo unos brazos rodeando mi cintura y atrayéndome hasta caer. —¿Qué te sucede? Suéltame ahora.— Dije sin más. —No sabes cuánto te deseo, Mía.—Dijo dejando besos al aire y con un tono burlón. —No caeré en tus jueguitos de palabras, idiota.—Dije un poco molesta y escapando de sus brazos. —¡Era una broma!—Escuché que gritó. ¿Por qué me trata así? ¿Y es que no sabe que si nos encuentran de ese modo nada se ve normal? Si nuestras madres nos hubiesen encontrado así, posiblemente hubiesen pensado otra cosa. Entré a mi habitación y me senté en el suelo frío y algo lleno de polvo de mi habitación a pensar en todo lo sucedido. No seré una más que caiga en los encantos de estos tres. No soy yo. Yo no caeré en sus falsas palabras y menos en sus juego.

