Te casarás
Me llamo Diana y soy solo una chica simple. Hasta hace poco, mi vida era tranquila: jugar con mis amigos y correr libre por el campo. Nunca me había preocupado por cosas como el matrimonio o el amor; esos temas me parecían lejanos, ajenos a mi mundo. Pero todo cambió en un instante.
Esa mañana, mi mamá me llamó al salón. El ambiente estaba cargado de una tensión que no lograba comprender. Vi a mi papá sentado, callado, y a mi mamá con las manos entrelazadas en su regazo, como escondiendo algo. Sentí un nudo en el estómago, y el corazón me empezó a latir más rápido. Fue entonces cuando mi mamá soltó las palabras que romperían mi mundo:
—Diana, hemos arreglado tu matrimonio.
¿Matrimonio? No entendía. Yo había escuchado esa palabra en cuentos y películas, pero siempre la sentí muy distante, como algo que les pasaba a los adultos. Intenté decir algo, preguntar, pero me quedé sin voz, congelada por el miedo. Miré a mi papá buscando respuestas, pero él mantenía la vista clavada en el suelo. Mi mamá seguía hablando, como si estuviera anunciando algo definitivo: me dijo que el hombre era de la ciudad, rico, y que me cuidaría. Pero, ¿y yo? ¿Y mis sueños? Nadie me había preguntado.
De un momento a otro, me vi atrapada en una realidad que no había elegido. Mi mamá y mi papá decidieron mi destino sin consultarme. Sí, escuché palabras como “estabilidad” y “seguridad”, pero, ¿y yo? ¿Dónde quedaban mis ilusiones? ¿Acaso no importaba la persona que yo algún día soñaba con escoger?
¿Cómo voy a imaginar mi vida con alguien que ni siquiera conozco? Nunca lo he visto, y ahora, en una noche, tengo que convertirme en su esposa. Solo pensarlo me da vértigo. Me siento como una niña a la que obligan a ponerse un vestido demasiado grande, que le pesa tanto que apenas puede mantenerse en pie.
¿Y mis estudios? ¿Voy a poder terminarlos? Esa pregunta me da vueltas en la cabeza sin parar. ¿Cómo voy a casarme y abandonar todo? Yo soñaba con ir a la universidad, sacar un título, cumplir mis metas. ¿Cómo es posible que todo se desmorone tan rápido?
Me veía terminando mis estudios, asistiendo a clases, leyendo, reuniéndome con amigos, hablando sobre el futuro y las oportunidades. Pero, ¿qué pasará ahora? ¿Se perderán esos sueños? ¿Me convertiré en una de esas mujeres que solo conocen el mundo exterior a través de otros?
Dentro de mí hay una lucha enorme. La educación es mi único refugio, el espacio donde siento que tengo el control, que puedo decidir mi futuro. Casarme ahora significa renunciar a esa independencia. Significa que mi vida dependerá de las decisiones de otra persona, alguien que quizás no entienda mis sueños ni los valore.
—¿Voy a poder seguir estudiando? —me pregunto en voz baja, pero ¿quién me va a responder?
—¡Pero mamá, tengo 18 años! —dije con la voz temblorosa, las palabras atoradas en mi garganta por la ansiedad.
Mi madre me miró con calma, como si todo fuera normal, y me respondió:
—Yo tenía tu edad cuando te tuve a ti.
Sus palabras me dejaron helada, como un balde de agua fría. ¿Quiere decir que ella también pasó por esto? ¿Se sintió igual de asustada y confundida?
La diferencia es que yo no quiero repetir su vida. Amo a mi mamá, pero nunca quise el mismo destino que el de ella. Ella siempre se sacrificó, dejó sus sueños a un lado, nos puso a nosotros, sus hijos, por encima de todo. Pero yo anhelo algo distinto. Quiero vivir, aprender, conocer el mundo antes de asumir la responsabilidad de un matrimonio y un hogar.
—Mamá… No estoy lista para esto. Yo tengo sueños, cosas que quiero lograr… —traté de explicarle, pero sentí que mis palabras se desvanecían, como si no tuvieran peso. Mi mamá vive en un mundo diferente, donde el matrimonio y las obligaciones son lo normal a mi edad.
Ella me puso la mano en el hombro, suavemente, y dijo:
—Algún día lo entenderás, Diana. A veces tenemos que sacrificarnos por la familia, por la estabilidad.
Pero, ¿es esta la estabilidad que yo quiero? ¿Tengo que renunciar a tanto como ella?
Mi papá, en cambio, es completamente distinto. No tiene la calma de mi mamá. Cada vez que trato de hablarle, que intento que me escuche, su respuesta es dura. No tolera que me queje ni que me resista, como si mi negativa a casarme fuera un desafío a su autoridad.
Cada golpe, cada regaño, me quiebra un poco más. He intentado defenderme, decirle que soy joven, que no estoy lista, pero mis palabras se pierden con cada bofetada. El dolor físico es fuerte, pero el dolor en mi corazón es peor. Siento que he perdido todo, no solo el derecho a decidir, sino también mi dignidad.
Cada golpe me va debilitando, y cuanto más débil me siento, más me someto a su voluntad. Me siento prisionera, atrapada en mi propia casa, sin poder escapar. Me doy cuenta de que no tengo fuerzas para enfrentarme a él, de que no puedo cambiar nada.
—Te casarás. Esa es la realidad. Acéptalo —me repite, como un eco, cada vez que intento rebelarme. Y al final, me rindo. No tengo otra opción.
—Pero… ¿quién es ese hombre? —Los pensamientos me atormentan, llenos de miedo y ansiedad.
¿Y si es cruel? ¿Y si es como mi padre? No quiero vivir en un hogar donde me traten como a mi mamá, donde mi voz no importe. No quiero un esposo que me controle con gritos y golpes, como hace mi papá con nosotras.
Las dudas me desgarran por dentro. ¿Será mi futuro marido otra versión de mi padre? ¿Me convertirá en su sirvienta, sin voz ni libertad? Mientras más pienso en ese futuro incierto, más rápido late mi corazón y más miedo siento.