TERCERA PERSONA
Tom estaba de pie frente a la ventana, observando la calle oscura a través del vidrio empañado, mientras un peso de tristeza incomprensible le oprimía el corazón. Murmuraba para sí mismo, como buscando una respuesta que aliviara esa carga:
—¿Por qué me excedo? Estoy a punto de cometer el mismo error. Diana... Diana...
Cada vez que pensaba en su rostro inocente, en sus ojos brillantes y esa sonrisa obstinada, sentía que el remordimiento le nublaba la mente, como si el pasado volviera a invadirle constantemente, recordándole cosas que preferiría dejar atrás. Diana, esa chica que de manera inquietante se parecía a su hermana pequeña, le provocaba una mezcla de nostalgia y arrogancia, como si estuviera recreando una escena antigua que se repetía sin que él lo notara.
Su hermana pequeña... cuánto había soportado. Qué cruel había sido él, torturándola con su silencio frío y sus palabras duras.
—Perdóname, hermana... Perdóname, estaba ciego... No sé qué me hizo ser así...
Las palabras de Tom resonaban en su mente como gritos ignorados. Sentía que viejas heridas le dolían en el alma, heridas que jamás cicatrizarían, aun después de su partida.
Recordó los últimos días antes de que su hermana se fuera, aquellos en los que él se encontraba perdido en la búsqueda de su identidad, en un camino sin destino claro.
—¿Soy solo un nombre vacío? ¿Un cuerpo sin alma?— La pregunta le asaltaba constantemente, como si cada paso que daba fuera un enfrentamiento consigo mismo.
Pero ahora, todo era distinto. Tom era un esposo. La palabra “esposo” resonaba en sus oídos, despertando en él un sentido de responsabilidad, como si le ofreciera una nueva oportunidad, una puerta al perdón. Sin embargo, también sentía que algo faltaba, algo que perturbaba ese nuevo comienzo.
Miró a Diana, la chica que había irrumpido en su vida, y sus ojos se llenaron de tristeza. No era más que una chica que había dejado atrás su mundo para enfrentarse a la dura realidad de la adultez. Pensó, como muchos otros, que tras el divorcio ella volvería a su mundo simple.
Pero sabía que no sería así. Tom comprendía que tenía una responsabilidad mayor que la de ser un simple esposo. Esa chica necesitaba a alguien que la guiara, que la cuidara, que le brindara apoyo. Sin embargo, dudaba de su capacidad para ser padre, hermano y amigo a la vez, y ofrecerle el respaldo que requería, aun cuando su corazón estaba cerrado al amor de Mireya.
Mireya, su amada, siempre presente en sus pensamientos. Cinco años de amor y anhelo, años marcados por momentos difíciles y decisiones que fortalecieron su relación, a pesar de todo lo vivido. Mireya no era un amor pasajero, era la luz que iluminaba sus momentos oscuros.
Recordaba cómo la conoció en la preparatoria, en esos días en los que su vida era una niebla, aislado del mundo. Era un solitario, un marginado, sin amigos ni apoyo, salvo el de su abuelo. Nunca imaginó que aquella chica, tan hermosa y centro de atención, se acercaría a él. Pero Mireya, con su carácter único, rompió esa barrera.
Al principio, pensó que era un sueño. ¿Cómo una mujer como ella se le iba a acercar?
Cuando ella se le acercó, sonriente y con toda su elegancia, sintió que todo cambiaba. No podía creerlo, no podía creer a quienes lo rodeaban, no podía creer que tuviera una cita con ella.
Mireya, a quien amaba con todo su ser, lo abandonó en cierto momento, y cuando él se dio cuenta de que no podía perderla, decidió abrir su corazón a Dios en forma de suplica.
Pero su abuelo se convirtió en el mayor obstáculo. Se negaba a que se casara con ella, insistiendo en que debía casarse con una mujer de su mismo estatus.
Sin embargo, Mireya era valiente y decidida.
—Nada impedirá nuestro amor, Tom. Cásate conmigo, si Dios lo permite. Tu padre no tiene derecho a impedirlo.
*
POV DIANA
Fue un momento extraño, como si el tiempo se detuviera mientras mis pensamientos flotaban en un mar de confusión y asombro. Tom, un hombre al que apenas conocía, me abrazó aquella noche, mientras caía en un profundo sueño. No entendía bien lo que había pasado, pero sentía algo cálido y misterioso en mi interior. Su corazón latiendo fuerte, el aroma de su piel mezclado con la noche, eran detalles que me hacían sentir algo más profundo que simple afecto. Había algo más intenso que me despertaba emociones que no podía reprimir.
Mis ojos se abrieron en una mañana sombría, la habitación sumida en la penumbra. Estaba tendida en la cama, con pensamientos desbordados, ansiosa y confundida. ¿Cómo había llegado allí? ¿Qué había sucedido la noche anterior? Preguntas sin respuesta. De repente, escuché sus pasos firmes. Sin previo aviso, salió del baño con el torso desnudo, el rostro mojado y el agua escurriéndose de su cabello dorado, que caía sobre su frente. Las gotas recorrían su pecho, como contando una historia invisible.
—¡Al carajo con los hombres y sus pechos!— pensaba para mis adentros, aunque, en el fondo, no podía negar que había algo en verlos mojados que me provocaba. Tom, en particular, tenía esa belleza magnética, ese poder que era imposible ignorar, por más que quisiera.
Se giró hacia mí, sus ojos clavados en los míos, y a medida que se acercaba, el aire se volvía denso, como si llevara consigo una tormenta. Sus pasos eran lentos, como si me estuviera susurrando sin decir una sola palabra. Podía ver en su mirada una mezcla de ira y desafío, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo, y yo no tuviera derecho a decir nada.
—Mira —dijo en voz baja, llena de una tensión casi palpable—, supongo que no puedo divorciarme de ti después de apenas un mes. No tendría sentido. Quizá deberíamos esperar... un año.
Me dejó en shock. No podía creer lo que estaba escuchando. Yo, que no pensaba en el mañana ni en lo que nos deparaban los próximos días, ahora estaba frente a él, escuchando algo completamente inesperado.
—¿Un año? —me burlé, intentando mantener la calma mientras levantaba la barbilla—. No me digas que te has enamorado de mí y de mi belleza, rogándome que me quede y corresponda a tus sentimientos…
Me reía de él y de mí misma, de la situación absurda, pero en el fondo, sentía un miedo inexplicable. Mis palabras siempre provocan algo, aunque no sean mis intenciones. He vivido entre el sarcasmo y el desafío, pero temía que esta vez Tom reaccionara de una forma que no pudiera controlar, que su ira fuera más de lo que yo podría soportar.
Temía que el tiempo avanzara rápido, que las palabras se convirtieran en acciones y que yo terminara pagando el precio por no ver venir lo inevitable.
Cuando intenté decir algo más, él se acercó en silencio, mientras mi mente se llenaba de cosas que nunca dije, de excusas que nunca justifiqué. Y sentí miedo, un miedo que me agobiaba, temiendo un final peor de lo que alguna vez imaginé.
—¿Te... doy miedo? ¿Te asusto tanto? —susurró suavemente, sus palabras saliendo como hilos de seda.
Intenté responder, detenerlo, pero las palabras se quedaban atrapadas en mi garganta. No sabía qué hacer.
—Para... —murmuré, aunque mi cuerpo se aferraba a él, incapaz de soltarlo, como si en el fondo no quisiera que se detuviera.
Se acercó tanto que casi podía sentir sus labios rozando los míos.
—Acércate —dijo con tranquilidad—. No serás lastimada. Eres mía... lo sabes, ¿verdad?
Sus palabras se sintieron como espinas en mi pecho, pero a la vez una fuerza desconocida brotaba dentro de mí, dejándome indefensa ante él. Su dulzura me desarmaba, sus manos ligeras en mi cintura me hacían sentir como si ya no tuviera control sobre mí misma.
Se inclinó hacia mi cuello, y la debilidad que había intentado ocultar salió a flote. Intenté resistir, detener todo aquello, pero mi cuerpo ya no respondía; mis manos, temblorosas, no podían hacer nada.