El timbre de la suite nos despertó de golpe, y detrás de la puerta se oía la voz de un criado llamando. —Señor Tom. Señor Tom. Tom, medio dormido, miró el reloj con los ojos pesados y soltó un suspiro. —Dios mío, ya son las once y media. —, murmuró con fastidio mientras se dirigía a abrir la puerta. El criado esperó pacientemente y, al ver a Tom, le comunicó con respeto. —Mi señor, el abuelo pide que baje. Todos van a bajar pronto. Tom regresó rápidamente y, ganándome el paso al baño, me dijo de forma concisa. —Prepárate. Vamos abajo. Me levanté con pereza. Entré al vestidor, sacando de mi maleta un vestido sedoso rojo que recordaba al color de la sangre mezclada con vino. Salí del vestidor y encontré a Tom vestido elegantemente con su saco de color n***o. * Bajamos las escaler

