CAPÍTULO 59 – Saúl Hay un tipo de amor que no se explica, que no necesita palabras ni promesas. Un amor que se instala en el pecho como una certeza silenciosa y se queda ahí para siempre. Lo descubrí el día que nació Izan, lo confirmé con Quique y terminé de entenderlo cuando Ashier llegó a nuestras vidas. Ser padre no fue algo que aprendí; fue algo que me atravesó. Me despierto antes que todos, como casi siempre. El reloj marca las seis y media, y la casa duerme envuelta en un silencio tibio. Laura respira a mi lado, profundamente, con esa calma que aún me parece un milagro después de todo lo que hemos pasado. Me quedo unos segundos observándola, agradeciendo en silencio que esté aquí, viva, conmigo. Luego me levanto despacio para no despertarla. Camino por el pasillo descalzo, esquiva

