CAPÍTULO 58 – Saúl (Desde mi mirada) Hay mañanas que parecen un regalo inmerecido. Esta es una de ellas. Laura sigue apoyada en mi hombro cuando el sol ya ha subido lo suficiente como para calentar el salón. No dice nada. Yo tampoco. Nos entendemos así, en el silencio compartido, en ese lenguaje invisible que solo se aprende después de amar a alguien durante media vida… y perderlo casi por completo. Le acaricio el cabello con lentitud, como si cada gesto fuera una forma de pedirle perdón por todo lo que no supe hacer antes. Ella suspira y se acomoda un poco más, buscando ese punto exacto donde mi pecho se convierte en almohada y refugio. —Me gusta despertarme así —dice al fin—. Sin prisas. Sin miedo. La palabra miedo me atraviesa, pero no lo dejo notar. Me limito a besarle la sien.

