la misma confianza de siempre. Pero, al rato, Blackie salió de su ensimismamiento. —¿No te gustaría escuchar algún disco, Sonia? ¿Quieres que oigamos alguna de esas viejas canciones que tanto nos gustaban? —Es una buena idea. Sonia se levantó, se dirigió al pequeño mueble en el que estaba el equipo estéreo y empezó a mirar el montón de discos. —¡Dios mío! No sabía que todavía tuvieses éste... aquella selección de viejas baladas irlandesas de John McCormack que te regalé hace años. ¿Quieres oírlo? —Sí, ¿por qué no? Mientras ella regresaba a su sillón, Blackie le dirigió una pequeña sonrisa. —Todavía tengo buena voz, ¿sabes? —dijo con presunción—. Si quieres, cantaré con la música. —Siempre me ha gustado tu excelente voz de barítono. Escucharon la selección de canciones y Bla

