Al fin dejaba atrás aquella casa, aquellas calles en penumbras, y lentamente volvía a sentir el vacío que Jean me había dejado con su partida. Era demasiado insoportable, prefería morir ahí mismo. En casa abrí una botella de cerveza, de esas que le gustaban, bebí de golpe, estaba nervioso, estresado, luego abrí una segunda botella, una tercera, el sabor ya había dejado de satisfacerme, no adormecían mi dolor, lo ahondaba. En algún momento me puse a revisar el celular, veía solo llamadas perdidas de mamá, una que otra de mi padre. Se suponía que a esa hora, si todo hubiera salido como lo venía planificando, estaríamos en pleno viaje, si no fuera por la tormenta que no llegaba. Maldita sea. Estaría disfrutando con él, lo necesitaba más que el mismo aire. La semana pasó como si fuera una eter

