Catorce

1948 Palabras
Los minutos seguían pasando, eternos al parecer de sus compañeros de viaje, solamente Jack se encontraba alrededor de ella en busca de una reacción. El equipo había salido volando y caído sobre unos pastizales en tierras desconocidas. Symond estaba perdido y Emille seguía sin despertar, tosiendo agua cada vez que Jack presionaba sobre su estómago para hacerla expulsar toda el agua que se tragó. Ver a su compañera indefensa pálida, sudando frío y completamente empapada le hizo sentirse mal por haberse dejado engañar y no preocuparse por ella como debería, solo rogaba para que Emille despertara, le había cogido cariño aunque fuera realmente difícil de admitirlo. Al cabo de un rato Jack respiró de alivio gracias a que su amiga Emille despertó, a pesar de estar seca seguía tosiendo agua salada con sabor a Sirena y algas, y sentía un terrible ardor en la garganta, tanto que tuvo que sentarse para recuperar el aire mientras miraba a los alrededores. — ¡Emille! — El primero en lanzarse hacia ella fue Jack, palmeando su espalda para descongestionar sus vías respiratorias. — ¡Lo siento mucho, te perdí de vista y luego solo ocurrieron cosas malas! Esto es mi culpa, prometo que no volveré a distraerme de esta manera. Cuando por fin fue capaz de enfocarlo correctamente se sintió incapaz de creerle, la cabeza la estaba dando vueltas, aun así consiguió alzar la vista y fijarla en otro lado. Emille apartó a Jack de encima, mirando a los alrededores. — ¿Dónde está Symond? — Preguntó preocupada. Jack se encogió de hombros, enojado por haber sido apartado de manera tan cruel. — Desde que desperté no lo he visto, ya la había estado buscando pero simplemente se desapareció del mapa. — Dijo mientras le tendía la mano tras ponerse de pie. — ¿Crees que Sarenea lo lanzó hacia otro lado? Por más que lo buscaran con la mirada él no estaba por ninguna parte.   — ¡¿Qué?! ¡Sarenea seguro lo mantuvo cautivo! ¡Tenemos que buscarlo! — Tambaleándose y con la ayuda de Jack consiguió ponerse de pie. — ¡Symond, Symond! ¿Dónde estás? Cielos, ni siquiera sé dónde estamos nosotros. Ambos empezaron a gritar por los alrededores de aquella área verde, buscándolo entre arbustos y colinas, pero no había ni el más mínimo rastro del tercer integrante de su equipo. — Es difícil saber dónde está a simple vista, puede haber caído en cualquier sitio. — Mencionó Jack. — Ni modo, tenemos que continuar con nuestro camino, si nos detenemos por cualquier cosa no llegaremos nunca con Vish. — ¡¿Cómo puedes decir algo tan egoísta como eso?! ¡Si no fuera por Symond habría muerto ahogada! — Emille le alzó la voz, Jack no fue capaz de defenderse ante aquellas palabras. — No sé cuál es tu sentido común de la moral, pero el mío me dice que no podemos dejar a un amigo que nos ha estado ayudando atrás. Hay una ciudad a pocos metro de distancia de aquí, probablemente Symond haya caído con ellos, iré a buscarlo. — Sabine recogió su capucha polvorienta del suelo y se la colocó. — Eres libre de quedarte aquí si no piensas ayudarme. Jack empuñó las manos, mordiéndose el labio con inquietud. — Iré contigo, yo prometí ser tu guía y no te dejaré hasta que lleguemos con Vish. — Sabine asintió al escucharlo. — Pero justo ahora necesitamos saber en dónde diablos estamos, hay que tener cuidado, podría ser peligroso. Era cierto, explorar en terreno enemigo en busca de alguien levantaría sospechas que seguramente los haría regresar a la cárcel, y eso era lo último que deseaba en el momento. Aun así no tardaron demasiado en averiguarlo, cuando se dieron cuenta ya una multitud enardecida con trinches y antorchas se habían percatado de su presencia extraña a los alrededores y los rodearon en cuestión de segundos. — ¡Ahí están los espías que cayeron del cielo y no murieron! ¡Hay que destruirlos! Se trataban de personas con un tercer ojo en la frente, todos de color dorado. Vio a Jack sudar frío cuando los notó. Pero Sabine no entendía a qué se debía aquel miedo. — Estamos en territorio de Venus, son tan fuertes que con un simple suspiro pueden destripar nuestros cuerpos. — Alzó las manos en señal de paz, habían sido demasiados problemas para una semana que comenzaba a hacer eterna. — ¡Venimos en paz, no somos espías! Ellos se miraron entre sí, enojándose aún más. — ¡Los espías tratan de engañarnos, llévenlos a la cárcel! Como era de esperarse, no les creyeron el cuento y como multitud enardecida, entre maldiciones y gritos de guerra los cargaron para llevarlos a la autoridad, quienes no vacilaron ni por un segundo en encerrarlos. De nuevo regresaban a prisión. — Ustedes sí que tienen mala suerte, salen de una para entrar en otra. — Escucharon que alguien tras de ellos comenzaba a toser y luego habló de forma serena. — Demonios, me ha entrado agua donde nunca creí que podría abrirse camino. — Te recordamos que vienes con nosotros, Symond. Por lo cual la mala suerte también recae sobre ti. — Emille suspiró, sobresaltándose poco después y girándose de manera abrupta. — ¡¿Symond?! — Ella se llenó de alivio al escuchar la voz de él, quería decir que no se separaron después de todo. — ¡¿Dónde diablos estabas?! Te estuvimos buscando por todas partes… — Cuando él se quitó su capucha Emille retrocedió y Jack entró en guardia. — ¿Quién eres tú? En lugar de Symond había un joven que no tenía mugre ni siquiera debajo de las uñas, su cabello no era marrón charco de lodo, al contrario era de un color rojo naranja más oscuro que una zanahoria. Él se lanzó hacia Emille y la abrazó. — ¡Creí que morirías! Estaba tan asustado. No estabas por ningún lado así que fui a buscarte y resultó ser que esa perra te hundió por estar celosa de Jack. — ¿Sy-symond? — Estaba estupefacta, la voz era la de él pero la apariencia no. — ¿Qué te pasó? — El agua debió limpiarlo. — Añadió Jack, tan sorprendido como lo estaba Emille. — Recordemos que era al menos 90% charco de lodo cuando nos conocimos. — ¡¿Eres pelirrojo?! — Gritó Emille, tirando de su cabello.. Symond asintió, bufando, no le gustaba el color natural de su cabello ni los recuerdos que le traía. — Sí, nací dentro del clan Júpiter. Creo que lo más obvio es que mi cabello fuera igual que el de ellos ¿No? Emille estaba atónita y desconcertada por la nueva revelación.  — ¡Fue por eso que nos consideraron espías! Trajimos a alguien de un clan distinto. ¡Pudimos haber pasado desapercibidos si nos hubiésemos dado cuenta antes! — Todo por culpa de este idiota que no se baña. — Dijo Jack cruzado de brazos. — Ya no hay nada que hacer, más que idear otra manera de escapar. Symond hizo un puchero, interrumpiendo la conversación. — ¿Es en serio? ¿Nadie piensa darme las gracias por salvar la vida de Emille? Que crueles son, chicos. — Se sentó de mala gana sobre el suelo. — ¿Ahora resulta que por nacer con cabello rojo soy un espía y todo es mi culpa? — Sí, así es. — Contestaron los otros dos al mismo tiempo. — Pero, si te fijas bien es más sencillo escapar de aquí. Los muros de tierra dan a la salida y son bastante delgados. — Jack tocaba las paredes tratando de buscar un punto débil. — ¿No creen que eso es extraño? Ninguno concordó con Symond. — Pienso que esto es un anexo, probablemente está recién construido y al no estar reforzado como se debe las paredes son débiles. Es nuestra oportunidad de escapar de nuevo, no creo que resulte tan peligroso como la anterior. — Inclusive cavando un poco con sus uñas Emille consiguió hacer un hueco que traspasó la luz del sol. — Tienes razón, hay que derribarlo y salir de aquí. — Dijo Jack. — Yo no haría eso si fuera ustedes. — Advirtió Symond. — Por suerte no es así. — gruñó Jack, enojado. — Ahora si me permites voy a derribar este muro. — ¡Espera, idiota no hagas eso! — El pelirrojo volvió a intentar detenerlos. — ¡No es así de fácil! — ¡Por supuesto que lo es! ¿Acaso quieres pudrirte aquí? — Replicó Jack, cabreado. De nuevo nadie lo escuchó, la pared estalló fácilmente con el golpe del fuerte brazo de Jack, quien se aprovechó del humo causado para ayudar a salir a Emille y dejar que saliera también Symond, quien lo hizo con mucho recelo mientras él se burlaba por parecer un gatito asustado. Era hora de marcharse. — Te dije que no lo hicieras, estúpido. — ¿A quién le llamas estúpido, animal? — ¡Ya dejen de pelearse entre los dos! ¿Quieren? ¡Tenemos que correr antes de que…! — Gritó Emille, callándose casi de inmediato. — Por esto les decía que no lo hicieran. — Cuando se disolvió el humo y quedaron expuestos fue que le dieron la razón a Symond. — Ningún muro tan fácil de romper está desprotegido. Estaban en todo el medio del área de entrenamiento de los guardias en plenos ejercicios. A diferencia de la prisión anterior los guardias de esta eran el doble de tamaño. El tamaño de sus manos fácilmente podría aplastarle la cabeza a cualquiera de ellos con un solo golpe. — ¡¿Cuándo será que podremos dejar de meternos en problemas?! Nadie tenía respuesta a la pregunta de Emille. — Son ellos. — Todos se concentraron en los carteles colgados en la pared, cuando lo distinguieron bien se trataban de el retrato dibujado de sus rostros con las letras de SE BUSCA VIVO O MUERTO. — Están ofreciendo una enorme recompensa por su cabeza. Las cosas estaban a punto de ponerse feas. Jack y Symond unieron sus fuerzas para tratar de defenderla tanto como podía, pero cuando hacían caer a uno otros tres llegaban. — ¡Basta! Un movimiento más y se despiden de su amiga. — Jack y Symond se habían descuidado, lo suficiente como para dejar una abertura entre ellos que permitió a aquel hombre tomar a Emille como rehén con una sola mano mientras que la otra tenía la espada en su cuello. Los doblegaron contra el suelo, pisándoles la cara con los pies. — Quien lo diría, tan salvajes y por una simple niña son capaces de rendirse. — Terminemos rápido con esto. El impacto que esperaban aplastara sus cráneos nunca llegó, en ese momento una chica saltó a la escena. Con su cabello albino estaba de pie en el medio de todos ellos. No se dejaba ver el rostro, pero tenía las manos empuñadas. — ¿No eran tres solamente? — Preguntó uno de los hombres que tenían a Jack y Symond contra el piso. — ¡Muéstrate o también te asesinaremos a ti! Ella, por otro lado se rió. — Un perro del rey no va a decirme qué hacer. Ciertamente aquel comentario despertó la furia de los soldados, quienes se dividieron para atacarla. Emille, Jack y Symond cerraron los ojos para no tener que ver cómo la destriparían frente a ellos. Pero todo se quedó en silencio y a ellos los soltaron de repente. — ¿Q-qué? Todos los guardias habían caído al suelo, muertos. La sangre de todos y cada uno de ellos les mojó los pies. Aquella mujer de pequeña estatura estaba de espaldas, en silencio. Cuando dio la vuelta se veían sus ojos teñidos de un color tan rojo como la sangre que estaba sobre el suelo y una sonrisa llena de dientes afilados, por instinto retrocedieron un paso que ella ganó cuando comenzó a acercárseles. — ¿Q-quién eres? — Emille trató de no mostrar miedo cuando ella se le acercaba a un paso rápido, fue cuestión de un abrir y cerrar de ojos cuando la tuvo en frente. Pero, en lugar de hacerle daño se arrodilló, haciendo una reverencia. — He estado esperando por su regreso, majestad. Sabía que no se olvidaría de mí.
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