Capitulo Diecisiete

1694 Palabras
Recuesto mi cabeza en el asiento al mismo tiempo que cierro los ojos. Tengo una horrible jaqueca. El jet privado de Antonio no demora en despegar. Por suerte la nieve no arruino los planes para el despegue, cae con suavidad, no hay pronóstico de tormenta por lo que podemos estar tranquilos. Mi idea inicial era viajar a New York y ver cómo iba la fábrica; sin embargo, los planes cambiaron cuando me llego un informe al correo, luego de unas largas semanas de descanso que más que descanso fueron llenas de mortificaciones. ¿Cuándo podre tener un día normal? Ese tiempo fue suficiente para estar a punto de arrancarme la piel, fue una completa tortura y no lo entiendo, de verdad que no lo hago por antes disfrutaba de mi tiempo libre. Debe ser eso de que la edad nos va cambiando. El caso es que mi padrino ha decidido darme un poco de trabajo, lo que agradezco. Este trabajo es interesante porque mi mente perversa solo busca la forma de sentirse satisfecha buscando venganza. El correo no especifica mucho y es algo que no me gusta, me he acostumbrado a saber todo de la misión, pero no, en este caso debo ir al estrellato, solo con una cuanta información. Por lo menos espero disfrutar de la velada mientras observo a mi objetivo, uno muy interesante. Donde está el palo, está la astilla. Esta misión es la razón por la que me encuentro viajando hacia París. La ciudad perfecta del amor. El amor es una mierda que todos idealizan y lo perfeccionan cuando en realidad solo es una palabra sin sentido que nadie sabe sentir. Todos engañan. —¿Desea algo de tomar? —cuestiona la azafata. Sacudo la cabeza en negación. —Gracias. La mujer asiente desapareciendo de mi visión. —Recuerdo que en otra época te hubieras puesto de pie, la tomarías de la mano, luego la llevarías al baño y te la cogerías a gusto. —Suelta ella a mi lado—. ¿Qué ha pasado con el don juan? En primera, esa chica no tiene ni un solo rasgo a ella. En segundo, cambie. Hoy en día no todas las mujeres me provocan como para llevarlas a la cama, como dije mi amigo íntimo es selectivo. —Madure. —¿Seguro? Ladeo el rostro encontrándome con la mujer que conoce toda mi historia. Con la mujer que intente querer, pero que falle. Todo en mi vida falla. La mujer a mi lado es linda, pero sus ojos son fuego, si los miras por mucho tiempo en vez de quemarte te convierten en piedra. Su cabello con los años ha cambiado, ahora es peli castaña natural, sus ojos son de un color café mezclado con unas pizcas de miel y su cuerpo no es una mujer de revista, así que puedo decirles que una mujer con un cuerpo normal, eso sí con un trasero que le ha costado tener con el entrenamiento. —Sí. —Aún me sorprende este nuevo Manson. Hace un par de meses que nos encontramos, pero ella ha marcado la distancia, lo cual he respetado después de lo que paso entre nosotros. ¿Quién no tendría miedo de que la lastimara? —¿Cuál es el problema? —cuestiono acomodándome de lado para verla a la cara. Sacude la cabeza llevando su mirada al frente. —Ninguno. —Dime. —Me cuesta creer que una mujer te cambiara de esa forma. Por el tono de su voz sé que mi comportamiento la lastimo, noto un poco de resentimiento y algo más ¿Envidia? Es imposible que ella no sienta dolor o alguna otra emoción negativa hacia mí, la traté como una basura, me arrepiento de ello. —Lo siento. Hace años tuve una larga relación con Camille. Ella me entendía, el problema es que al entenderme y yo entenderla nos volvimos adictos a complementarnos, me forcé a quererla y la lastimé porque las heridas no nos unen a los demás lastimados. Las heridas hay que sanarlas solos. —No tienes por qué disculparte. —Tengo porque hacerlo. —Aseguro. Cuando conocí a Emma me deslumbro tanto con su personalidad que poco a poco me fui alejando de Camille, para alejarla me convertí en un patán. En este instante entendería si sacara su arma y me disparara en mi entrepierna. El karma existe y termine por pagar, lo cual duele más que una herida de bala. He experimentado todo tipo de herida, pero el dolor de un corazón roto no se compara con nada de lo que había vivido. —Esta conversación tuvimos que tenerla hace años, ¿No? —suelta, divertida; sin embargo, en su voz y en sus ojos se ve esa pequeña pizca de sentimientos que no le deja ver a todos. —No soy bueno con las conversaciones serias e incómodas. —Lo sé. Me guste o no, ella me conoce más de lo que yo me conozco. Ella es esa persona que me escucho en los momentos más tristes. Ahora que lo pienso en verdad he sido un desagradecido con ella que ha estado en mis peores momentos y no me refiero al sexo. Hablo del apoyo emocional. Sexo cualquiera lo da, pero que te tome de la mano mientras te consume el dolor pocas lo harán. Que te lleve a la cama sacándote de un bar en la madrugada mientras lloras por una mujer que te engaño, nadie lo hizo, nadie más que Camille. ¿Cómo pudo hacerlo cuando yo la lastime? —Es bueno. —Antes no te gustaba. Sacudo la cabeza sonriendo. —Aún no me gusta, pero se siente bien que tengamos en quien confiar. —Tú tienes a la “garrapata” —hace comillas con los dedos. —¿Celosa? —cuestiono a modo de burla. Adoro a Danna y a Cristal, pero ninguna de ellas conoce mi verdadero ser tanto como lo hace Camille. En ninguna, he confiado tanto como en esta mujer, si confíe en otra persona, le deje abierta algunas puertas, pero no todas. En cambio, con esta enana he abierto cada puerta lastimada. Ella estuvo en cada una de mis caías y me ayudo a levantarme. ¿Por qué la aleje de mí? Quizás porque fuimos una relación dañina. —Claro. —Suelta con ironía—. Nunca me ha caído bien. —No es mala. Deja salir un leve suspiro. —Eso lo sé. —¿Entonces…? Rueda los ojos. —Si es hija de Antonio, estoy segura de que no es mala, pero su actitud antipática de yo lo sé, todo, me cayó como una patada en el hígado. Sabes muy bien que odio a las personas que se creen superiores. —Claro, lo sé mejor que nadie—. Y la primera impresión nunca se borra. —Mueve los hombros de esa forma que te dice “no se puede hacer nada” —Entiendo. —¿Aquella vez porque me pediste que te llevara con ella? Recuerdo muy bien mis palabras aquella noche. —¿No debimos tener esa conversación antes? —cuestiono divertido. Se encoge de hombre restándole importancia. —Lo importante es saberlo ya sea tarde o temprano. Aquel día teníamos pocos lugares a los cuales ir, sobre todo porque esa no era mi misión. Antonio no suele enviarme a ese tipo de misiones, pero Camille llevaba dos días desaparecida, por lo que decidí ir por mi cuenta. Si mi padrino se hubiera enterado aquel día las represarías hubieran sido peor. Habían capturado a la enana, por lo que me metí a la boca del lobo y terminé herido. —Porque confío en ella. En realidad, hubo algo más. Para aquel entonces ya sabía que era hija de Antonio. Ningún hijo de mi padrino es un santo, estaba seguro de que ella sabría cómo ayudarme, sobre todo luego de que mi padrino me diera toda la información que necesitaba para cuidar de ella. Y también sabía que Danna no diría nada. Eso y que ella podría acceder a la clínica sin ningún problema sin necesidad de internarme allí. —Hay algo más. Eso es lo único de mí, que Camille no sabe. Sabe mi pasado familiar, pero no sabe mi presente familiar. —Hay muchas cosas. Asiente comprendiendo. —Cosas que no puedo saber. —Me gusta la facilidad con la que entiendes. Sacude su largo cabello hacia atrás con orgullo al mismo tiempo que sonríe divertida. —Por algo soy tu compañera para esta misión. —¿Por qué aceptaste la misión? Camille Boyer no es de esas mujeres que hacen todo tipo de misión, ella es especial porque está en el grupo de cazadores. Es decir, caza a esas personas detestable, son misiones asignadas de Antonio y por la Mariposa. Les voy a explicar un poco el manejo de la organización. En la cima está el rey, Antonio. Seguidamente, están los sucesores, el principal es Will, es como el segundo al mando. Danna es la jefe en seguridad, ella maneja todo lo referente a ello, es la encarga del control y cuando es el caso extremo ayuda con la entrega de algún tipo de mercancía. Cam, ella es la princesa, solo ayuda en la parte empresarial, pero ella está un poco más alejada de esto. Dentro de esta gran organización hay subgrupos de los cuales hacemos parte los empleados. Está la seguridad, los cazadores que tienen el privilegio de limpiar nuestro territorio de aquellas personas que arruinan la vida de los demás. Están los contrabandistas que son los encargados de mover la mercancía, los empresarios quienes manejan el lavado de dinero y por último estamos nosotros, los sicarios, en mi caso yo soy el especial. Soy como la mano oscura de Antonio, al contrario de lo que piensan sus hijos, él no es tan bueno. Comete errores y me envía a borrar pruebas, en muchos casos los objetivos interfieren con negociaciones, por lo que hay que desaparecerlos, o en casos especiales cubrimos lo que la seguridad no puede hacer, todo desde el anonimato. —Estaba aburrida. —Camille… —No necesitas saberlo todo, Mey.
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