No volvería jamás a la mansión Altamirano. No mientras Rebeca siguiera allí. No mientras esa traición impregnara cada rincón como una maldición. No mientras el amor se hubiera convertido en veneno. Detrás, en la mansión, Luciano permanecía de pie, como una estatua de carne y culpa. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, como si el alma se le desprendiera lentamente. Había perdido algo más que a Linda. Había perdido su única posibilidad de redención. El respeto de Remigio. La fe de Linda. Su propio honor. Y cuando Rebeca se le acercó, posándole una mano en el hombro, él la apartó bruscamente, con un gesto seco, lleno de desprecio. No quería su contacto. Ni su veneno. Ni sus consuelos envenenados. La noche se cerró sobre el jardín. Los grillos siguieron cantando, indiferentes al

