MALCOLM Luego la particular ceremonia, con una curita en mi dedo, conduje a Madame y a la señora Wang a la casa de la segunda, donde se entretuvieron el resto de la tarde. Cenamos allí, y a eso de las ocho de la noche, emprendimos el regreso a casa. El interior del auto era silencioso, pero yo no dejaba de hacerme mil preguntas, una por cada duda que nació en mí, no solo por lo que vi y escuché, sino por lo que hice. Yo no era taoísta; sin embargo, entendía la importancia de lo que hicimos más temprano. —Señor Doyle —habló Madame con taciturnidad, cortando el silencio como con cu.chillo—. Tal como lo dije en el templo, hicimos un pacto de sangre. Espero que pueda ser leal a mí, esta vez no solo por un contrato. —¿Y usted será leal a mí, Madame? —pregunté, consciente de que seguíamos si

