MALCOLM Madame se movía con cuidado, lo hacía tan lento que, en medio de la punzada de terror que me llenó, no pude evitar preguntarme si de verdad le preocupaba lastimarme, o si era lo que buscaba. ¿Era del tipo a la que le agradaba hacer sufrir a los demás? Apreté las mandíbulas, y el retumbar del corazón en mi pecho me abrumó. Con la cabeza levantada, vi que el catéter ya iba por la mitad y seguía entrando, a la par que los pies se me enfriaban más y más. —Relájese… si no lo hace, le dolerá. —Es más fácil decirlo que hacerlo… si a usted le estuvieran metiendo uno de esos, le aseguro que no estaría relajada. Una sonrisilla traviesa pintó sus labios y me miró con burla. —Lo he hecho antes, por eso sé que se siente bien… Es demasiado mojigato, señor Doyle. En el mundo del se.xo el do

