MALCOLM Al oír aquellas palabras, corrí como un loco y tomé el primer taxi que se apareció, ignorando por completo a aquel tipo que se sonreía a mis espaldas. Le grité al taxista que se diera prisa hacia el hospital y seguí en el teléfono. —¿Qué pasó? —traté de sonar controlado, pero el nerviosismo era evidente en mi tono. Al otro lado Hazel, que fue quien llamó, suspiró. —Según sabemos, un camión se le fue encima a su auto y lo chocó, haciéndola derrapar y dar muchas vueltas. —¿Cómo está? «Por favor, que no sea nada grave… por favor, que no sea nada grave», me consolé para mis adentros, aunque la voz aguda al otro lado me decía lo contrario. Casi lo oí tragar, y suspiró antes de contestar: —Está inconsciente, pero tiene una contusión cerebral moderada, el brazo fracturado y múlti

