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PELIGROSA TENTACIÓN

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Descripción

Sinuosas curvas y pasiones ocultas en Peligrosa tentación​Hillary regresa al tormentoso pueblo de Acantilados Negros con una sola meta: descubrir la verdad tras la trágica desaparición de su hermana mayor, Sofía, ocurrida tres años atrás. Lo que no esperaba era reencontrarse con Dominick, el mejor amigo de su hermana y el principal sospechoso jamás procesado. Convertido en un hombre imponente, peligroso y dueño de un magnetismo oscuro, Dominick la recibe con una advertencia helada: huyendo de las preguntas o enfrentando un peligro mortal.​Sin embargo, entre el rencor de las sospechas y los recuerdos del pasado, surge una atracción física inmediata, salvaje e incontrolable. Acorralados por misteriosas notas amenazantes, fotografías clandestinas y objetos del pasado que reaparecen sin explicación, Hillary y Dominick se ven arrastrados a una espiral de pasión prohibida, encuentros a oscuras y tentaciones ardientes de las que no podrán ni querrán escapar.​En un pueblo donde cada secreto mata y cada caricia quema, entregarse al deseo puede ser el error más placentero... y el más letal.

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"EL PERFUME DEL PELIGRO "
El viento helado de Acantilados Negros soplaba con la fuerza de un aviso que me negaba a escuchar. El mar chocaba salvaje contra las rocas metros abajo, arrojando una bruma salada que se me pegaba al rostro y a los labios. Hacía exactamente tres años que no pisaba este lugar. Tres años desde la noche en que mi hermana mayor, Sofía, desapareció en este mismo punto, dejando tras de sí solo un zapato abandonado y una mancha de sangre seca sobre la piedra. ​Me ajusté el abrigo cruzado alrededor de la cintura, tratando de frenar el temblor de mis manos. La policía había cerrado el caso calificándolo como un trágico accidente nocturno sobrio de alcohol y imprudencia. Pero yo conocía a Sofía. Ella no tropezaba. A ella la empujaron. O peor aún, la arrastraron. ​Giré sobre mis talones para regresar al sendero de tierra que conducía hacia el pueblo, pero el crujido de las pisadas sobre las hojas secas me congeló en el sitio. ​—Te dije que no volvieras, Hillary —resonó una voz grave, profunda y rasposa a mis espaldas. ​Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, no por el frío, sino por la electricidad instantánea que esa voz provocó en mi piel. Conocía ese tono. Lo había escuchado en mis pesadillas y en mis fantasías más oscuras durante mil noches. ​Me di la vuelta despacio. ​Ahí estaba él. Dominick. ​A sus 26 años, Dominick no conservaba nada del muchacho delgado que solía andar en bicicleta por el puerto. Ahora era una figura imponente, de hombros anchos envueltos en una chaqueta de cuero n***o desgastada. Tenía el cabello oscuro alborotado por el viento y unos ojos gris tormenta que parecían capaces de atravesarme la ropa y leer cada uno de mis pensamientos reprimidos. ​—Dominick… —musité. Mi voz sonó más débil de lo que habría deseado. ​Él dio un paso hacia mí, recortando la distancia con una lentitud predatoria. No llevaba guantes, y pude notar la forma en que sus nudillos estaban ligeramente marcados, como si hubiera estado golpeando algo —o a alguien— recientemente. ​—Tres años sin saber de ti y apareces justo hoy, como un fantasma —dijo, deteniéndose a solo un metro de mí. Su presencia era abrumadora, impregnando el aire con su olor: una mezcla adictiva de madera, tabaco de liarla y ese perfume masculino y amargo que me hacía hervir la sangre. ​—Este lugar no te pertenece —respondí, levantando el mentón para sostenerle la mirada, aunque por dentro me estuviera desmoronando. Mi corazón latía desbocado contra mis costillas —. Vine a buscar respuestas, las mismas que tú te negaste a darme cuando se cerró la investigación. ​Dominick soltó una risa baja, sin rastro de diversión. Dio otro paso al frente, invadiendo por completo mi espacio personal. Sentí el calor que emanaba de su cuerpo rompiendo el aire helado de la acantilado. ​—¿Respuestas? —se inclinó ligeramente hacia mí. Su aliento cálido rozó mi mejilla, haciendo que los vellos de mi nuca se erizaran —. La única respuesta que necesitas es que estés lejos de este pueblo. Y sobre todo, lejos de mí. ​—Tú estabas con ella esa noche —le espeté, apretando los puños dentro de los bolsillos del abrigo —. Eras su mejor amigo. O quizás algo más. Nadie te vio durante las doce horas posteriores a su desaparición. ¿Dónde estabas, Dominick? ¿Qué le hiciste? ​Un destello de algo oscuro y peligroso cruzó por sus ojos grises. Antes de que pudiera reaccionar o dar un paso atrás, la mano dura de Dominick se sujetó a mi cintura y me impulsó hacia atrás hasta que mi espalda chocó firmemente contra el tronco rugoso de un viejo pino. ​Un ahogado gemido escapó de mis labios. El contacto fue tan repentino, tan agresivo y tan endemoniadamente caliente que el aire se me escapó de los pulmones. ​Dominick colocó una mano a cada lado de mi cabeza, acorralándome por completo contra el árbol. Podía sentir el peso de su cuerpo a escasos milímetros del mío, la dureza de su pecho contra mis pechos que subían y bajaban agitados, y el roce sutil de su muslo colándose entre las mías. ​—Mírame bien, Hillary —mordisqueó las palabras con una furia contenida, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso cerca de mi oído —. No sabes de lo que estás hablando. No tienes la menor idea de la mierda en la que te estás metiendo al remover el pasado. ​—No te tengo miedo —mentí, aunque el temblor de mis labios traicionaba mis palabras. La proximidad de sus labios a los míos me estaba volviendo loca. Podía ver cada pequeña chispa dorada en sus pupilas, la ligera sombra de barba en su mandíbula marcada y el ritmo acelerado de su propia respiración. ​—Deberías tenerme miedo —murmuró él, bajando la mirada hacia mis labios. El aire entre los dos se volvió denso, sofocante, cargado de una tensión s****l tan pura que resultaba casi dolorosa —. Porque si te quedas, no voy a poder protegerte. Y dios sabe que lo último que quiero es tenerte cerca. ​—Entonces apártate —exigí, aunque inconscientemente mis manos subieron hasta apoyarse en su pecho. Quería empujarlo, pero el tacto de su musculatura bajo el cuero me hizo quedarme paralizada, reteniendo el calor de su cuerpo. ​Dominick no se movió. En lugar de eso, redujo aún más la distancia, pegando su cadera a la mía. Sentí la firmeza implacable de su cuerpo contra el mío y un calambre de deseo líquido me recorrió el vientre. Sus ojos se oscurecieron por completo. ​—Dime que te Quite las manos de encima y me iré —desafió, deslizando una de sus manos desde el árbol hasta la parte posterior de mi cuello, clavando sus dedos suavemente en mi cabello —. Dilo, Hillary. Pídeme que me detenga. ​Mi pulso era un caos. Mis labios se abrieron para formular la orden, pero de mi garganta solo salió un suspiro sofocado. La forma en que me miraba, con esa mezcla de odio, culpa y una atracción animal indomable, me tenía completamente hipnotizada. Él sabía el efecto que causaba en mí, y yo odiaba lo fácil que era para él desarmarme. ​Lentamente, Dominick bajó la cabeza hasta que el roce de su nariz en mi cuello me hizo arquear la espalda. Pasó sus labios con una lentitud tortuosa a lo largo de mi mandíbula, sin llegar a besarme del todo, quemándome la piel a su paso. ​—Sigues oliendo a vainilla y a problemas —susurró contra mi piel, provocándome un estremecimiento instintivo. ​Su mano en mi cintura se apretó con más fuerza, pegándome aún más a él, de modo que no cupiera ni una ráfaga de aire entre nuestros cuerpos. Podía sentir el latido errático de su corazón retumbando contra mi palma. ​—Dominick… por favor… —supliqué, sin saber si le estaba pidiendo que parara o que terminara de borrar la distancia y me besara hasta dejarme sin aliento. ​Él se detuvo a milímetros de mi boca. Sus labios rozaron los míos con una ligereza desesperante. Durante un segundo eterno, creí que me besaría con la violencia de la marea que rompía abajo. Mi corazón dio un vuelco salvaje y cerré los ojos, esperando el impacto. ​Pero en lugar de eso, Dominick se alejó bruscamente, dejándome una sensación de vacío tan helada que casi me tambaleé. ​Abrí los ojos, desorientada y con la piel ardiendo. Él estaba a dos pasos de distancia, pasándose una mano por el cabello alborotado, intentando recuperar el control de su respiración. Su rostro era una máscara de piedra, pero la oscuridad en sus ojos traicionaba el caos interno que acababa de desatarse. ​Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó algo. Sin decir una palabra, me lo tendió. ​Miré su mano extendida. Entre sus dedos curtidos colgaba una cadena de plata fina con un dije en forma de media luna. Un ahogo se me atravesó en la garganta. ​—Ese… ese es el collar de Sofía —dije con un hilo de voz, dando un paso adelante —. Ella nunca se lo quitaba. Nunca. ¿Por qué lo tienes tú? ​—Lo encontré esta mañana en la cueva bajo el acantilado —dijo Dominick, con la voz dura y helada —. No estaba ahí hace tres años, Hillary. Alguien lo puso ahí anoche. ​Me quedé helada. El collar brillaba bajo la luz grisácea del atardecer. ​—¿Qué estás diciendo? —pregunté, sintiendo cómo el suelo parecía ceder bajo mis pies. ​Dominick dio un paso atrás, alejándose hacia el sendero y dándome la espalda. ​—Digo que alguien sabe que has vuelto —dijo, mirándome por encima del hombro con una expresión indescifrable —. Y si aprecias tu vida, cogerás ese collar, te subirás a tu coche y te irás de este maldito pueblo antes de que sea demasiado tarde. Porque la próxima persona que caiga por ese acantilado no va a ser Sofía. Vas a ser tú. ​Sin esperar mi respuesta, Dominick se adentró en la espesura del bosque, perdiéndose entre las sombras y dejándome sola con el pulso acelerado, la piel ardiendo por su toque y el corazón latiendo desbocado por el terror… y por un deseo prohibido que amenazaba con consumirme por completo.

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