Pero Lisa no estaba satisfecha. —¿Así que no tienes un plan?—, dijo en voz baja. Me encogí de hombros, relajado al máximo. Pero cada centímetro me hormigueaba, chisporroteando por su inocencia. —No, no hay plan—, dije despreocupadamente. —A veces hay que dejarse llevar, princesa. No se puede planear todo. Y entonces se echó hacia atrás, como si yo fuera veneno. —No puedes decir eso—, fueron sus palabras en voz baja. —No puedes hacer eso. Volví a encogerme de hombros. —Tengo cuarenta y cinco años, cariño. He estado haciendo lo que me gusta durante mucho tiempo, los perros viejos no tienen trucos nuevos. Y eso fue todo. La chica dio un giro tan rápido que aquellos rizos volaron por los aires, arremolinándose la falda. —Entonces adiós Enrique—, fueron sus palabras en voz baja. —Adiós

