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EL PRECIO DE LA LIBERTAD

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El precio de la libertad Dos personas sin vínculo aparente —Alejandro, un joven de origen humilde, y Lina, una muchacha sencilla que lucha día a día— son secuestradas y encerradas en una cabaña aislada, sin explicaciones ni motivo aparente. Cuando sus captores salen para cometer otro delito y mueren en un accidente de tráfico, ambos quedan solos, atados y sin ayuda. Alejandro logra liberarse, pero lo que encuentra al buscar a Lina le parte el alma: ella ha sido brutalmente maltratada y agredida. Sin embargo, en medio de la desesperación, descubre escondidas diez maletas llenas de lingotes de oro y dinero en efectivo, la fortuna acumulada por la banda criminal. Con esa riqueza inesperada, logra sacar a Lina de allí, recurre a un viejo amigo médico para salvarla y huye con ella al extranjero, donde se recuperan y construyen una nueva vida. Al regresar años después, Alejandro descubre la verdad: él es el heredero legítimo de una de las familias más poderosas del país, y quien ordenó su secuestro no es otro que su hermanastro, que le robó su identidad y su fortuna desde la infancia. Ahora, con recursos, pruebas y el amor que los mantuvo unidos, Alejandro reclama lo que es suyo, desenmascara la mentira y demuestra que incluso de la mayor oscuridad puede nacer la redención. Una historia de supervivencia, lealtad, justicia y un amor que surge en el momento más difícil de todos.

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EL PRECIO DE LA LIBERTAD
No sabían quiénes eran ni por qué los habían metido en aquel lugar. Alejandro y Lina despertaron atados de pies y manos, en una habitación oscura y húmeda, en medio de una cabaña alejada de todo, sin señal, sin vecinos y sin posibilidad de pedir ayuda. Él era un hombre que había crecido en la pobreza, trabajando de sol a sol para ganarse el pan, sin conocer sus orígenes ni tener familia que lo buscara. Ella era una muchacha sencilla, humilde, que vendía frutas en la calle para sobrevivir y que un día, al volver a casa, fue arrastrada sin explicaciones. Ninguno de los dos tenía fortuna ni bienes, por lo que no entendían por qué habían terminado allí. Pasaron las primeras horas entre el miedo y la desesperación, hasta que escucharon cómo los secuestradores hablaban entre ellos fuera de la habitación. Decidieron salir para cometer otro rapto y aumentar lo que ya habían robado, pensando que sus dos rehenes no podían escapar. Cerraron la puerta con llave y se marcharon en sus vehículos, seguros de que volverían al día siguiente. Pero en el camino, al ir a gran velocidad y bajo la lluvia, perdieron el control del auto, chocaron de frente contra un camión y ambos murieron en el acto, sin que nadie supiera aún dónde estaban ni a quién habían dejado atrás. Cuándo el silencio se extendió por completo, Alejandro comenzó a moverse con cuidado, frotando sus cuerdas contra una esquina rugosa de la pared. Le costó horas, pero finalmente logró soltarse. Con las manos libres, abrió la puerta y buscó a Lina. Lo que encontró le heló la sangre: la muchacha estaba en el suelo, con golpes por todo el cuerpo, moretones en el rostro, ropa rota y con señales claras de haber sido maltratada y agredida varias veces mientras ellos estuvieron fuera. Respiraba con dificultad y apenas podía abrir los ojos. Alejandro no perdió tiempo. Primero la ayudó a cortar sus ataduras y la cubrió con una manta vieja para protegerla del frío. Al recorrer el resto de la casa buscando algo que pudiera servirles, descubrió en un rincón oculto, bajo unas tablas del suelo, diez maletas pesadas. Al abrirlas se quedó sin habla: unas estaban llenas de lingotes de oro brillante y otras contenían montones de billetes de diferentes monedas, una fortuna inmensa que los delincuentes habían acumulado durante años de crímenes. Sin dudarlo, tomó uno de los autos que habían dejado estacionados, metió todas las maletas en la cajuela y acomodó a Lina en el asiento trasero con cuidado de no lastimarla más. Condujo durante horas hasta llegar a una vieja casa abandonada en las afueras de la ciudad, un sitio dónde nadie solía pasar. Desde allí marcó el número de un viejo amigo suyo, el doctor Martín, un hombre de confianza que lo había ayudado en momentos difíciles antes y que sabía guardar secretos. El médico llegó de inmediato, examinó a la joven y confirmó que estaba viva pero gravemente herida y necesitaba reposo y tratamiento constante para recuperarse. Le aplicó lo necesario, le dio medicamentos y se comprometió a volver cada día sin hacer preguntas innecesarias. Cuándo estuvo más estable, Alejandro tomó una decisión: no podían quedarse en el país, porque si aparecían los secuestradores o los buscaba, podrían matarlos o hacerles más daño. Con el dinero y el oro, compró pasajes falsos y huyó con Lina a otro continente, lejos de todo y de todos. Allí pasaron cinco años. Alejandro invirtió parte de la fortuna con prudencia, logrando que creciera sin llamar la atención. Se dedicó por completo a cuidar de ella, a llevarla a los mejores especialistas, a darle tiempo para sanar no sólo el cuerpo, sino también el alma. Poco a poco Lina recuperó su salud, su fuerza y su confianza, y entre los dos nació un vínculo profundo, hecho de gratitud, protección y un amor que creció con cada día que pasaba. Cuándo decidieron regresar a su tierra natal, ya como personas nuevas y con recursos suficientes para moverse con seguridad, comenzaron a descubrir la verdad que nadie les había contado. Alejandro, mediante documentos antiguos y contactos discretos, supo que en realidad era el hijo legítimo de una de las familias más ricas e influyentes de la región. Había sido separado de su madre al nacer y abandonado en un barrio pobre, mientras que el segundo esposo de su padre había presentado a su propio hijo, Bruno, como el heredero verdadero. Al indagar más, todo encajó: quién había ordenado su secuestro años atrás no era otro que ese hermanastro falso. Bruno había descubierto que Alejandro seguía vivo y temía que en cualquier momento reclamará su lugar y su fortuna. Por eso lo habían llevado a la cabaña, planeando deshacerse de él para siempre y cobrar además una suma falsa por su rescate. Lo que no esperaba era que sus propios hombres murieran en el accidente, y que Alejandro sobreviviera y que además saliera de allí con más riquezas de las que nadie imaginaba. Ahora, con la verdad en la mano, el dinero suficiente para enfrentar cualquier juicio y el apoyo incondicional de Lina, Alejandro ya no era el joven pobre y sin nombre que se llevaron aquella noche. Regresaba para reclamar su identidad, para recuperar lo que le pertenecía por derecho y para hacer que quién había intentado destruirlo pagará por sus crímenes. Y en ese camino, su mayor fortuna no eran los lingotes ni los billetes, sino haber encontrado a la mujer que había salvado y que, a su vez, le había dado una razón verdadera para luchar. Pasaron los primeros días en el extranjero como si estuvieran en una burbuja. Alejandro alquiló una casa grande tranquila, alejada de la ciudad, dónde nadie los conocía y nadie hacía preguntas. Cada mañana se levantaba antes del amanecer para preparar todo lo que Lina necesitaba: medicinas, agua limpia, comida suave y todo lo que el doctor Martín le había recomendado antes de partir. Al principio ella apenas hablaba, se quedaba mirando a la pared con los ojos vacíos, temblando ante cualquier ruido fuerte y encogiéndose si alguien se acercaba demasiado. Alejandro nunca la apuró, nunca le pidió que olvidara rápido, sólo se sentaba a su lado, le tomaba la mano con suavidad y le decía en voz baja que ya estaba a salvo, que nadie le haría daño nunca más mientras él estuviera cerca. Con el paso de los meses, las heridas del cuerpo empezaron a cerrarse, pero las del alma tardaron mucho más. Hubo noches en que Lina despertaba gritando, reviviendo en sueños lo que le habían hecho, y Alejandro corría a abrazarla sin apretarla, susurrándole palabras de consuelo hasta que volvía a dormirse. Poco a poco empezó a responderle, primero con una mirada, luego con una sonrisa tímida, hasta que un día le dijo con voz entrecortada: “Gracias… por no dejarme morir allí”. Esa frase fue el primer pasó para que todo cambiará. Mientras ella sanaba, Alejandro se ocupó de organizar lo que habían sacado de la cabaña. Separó una parte del dinero para los gastos diarios, otra para el tratamiento médico y guardó la mayor parte del oro y los billetes en cuentas seguras, cambiando su origen poco a poco para que parecieran ahorros legales. No quería llamar la atención, pero tampoco quería volver a ser ese hombre pobre que tenía que mendigar trabajo para comer. Usó parte de esos fondos para estudiar, para aprender sobre negocios, leyes y cómo moverse en el mundo sin depender de nadie. A medida que pasaban los años, dejó de ser el joven rudo que sobrevivía día a día para convertirse en un hombre seguro, educado y con una presencia que imponía respeto sin necesidad de gritar. Cuándo cumplieron los cinco años fuera, Lina ya era otra mujer. Había recuperado su peso, su color en las mejillas y esa luz en los ojos que parecía perdida para siempre. Ya no temía salir a la calle, podía caminar sola, reír, hablar de sus gustos y hasta ayudar en los asuntos de la casa. El vínculo entre ellos se había transformado en algo mucho más profundo que gratitud o protección: era un amor nacido en medio del dolor, forjado en la soledad y fortalecido con el tiempo. Sabían que no eran perfectos, que ambos llevaban cicatrices que nunca desaparecerían del todo, pero también sabían que eran la única familia que tenían en el mundo. Fue entonces cuándo Alejandro sintió que ya era momento de volver. No para esconderse, sino para saber quién era en realidad y cerrar ese ciclo que había empezado con un secuestro. Con documentos nuevos, identidades seguras y todos los recursos necesarios, regresaron a su país, instalándose en una ciudad cercana pero discreta. Allí empezó a mover hilos con mucha cautela, buscando en archivos antiguos, hablando con personas mayores que conocían la historia de las familias más ricas de la región y reuniendo pruebas poco a poco. Lo que descubrió confirmó sus sospechas más oscuras. Su padre había sido uno de los hombres más poderosos del lugar, dueño de tierras, empresas y propiedades por toda la zona. Cuándo Alejandro nació, su madre murió poco después del parto, y el esposo que ella tenía en ese momento —el padre de Bruno— vio al recién nacido como un obstáculo para heredar todo. Por eso lo dejo en un barrio humilde, ocultando su existencia para hacer pasar a su propio hijo como el único heredero legítimo. Años más tarde, cuándo empezaron a circular rumores de que el verdadero hijo seguía vivo, Bruno ordenó buscarlo y secuestrarlo para eliminarlo sin dejar rastro, asegurándose de que nadie pudiera reclamar lo que consideraba suyo. Todo aquello encajaba a la perfección: la razón por la que habían sido llevados a esa cabaña, por qué no le pidieron rescate a nadie al principio y por qué Lina había estado allí también, sólo por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Bruno no sólo había robado su nombre y su fortuna, sino que había estado a punto de quitarle la vida a él y a una mujer inocente. Ahora, con toda la verdad frente a él, Alejandro ya no tenía nada que perder. Tenía las pruebas, tenía el dinero, tenía el apoyo de Lina y de quienes sabían la verdad. Ya no era el pobre sin pasado que podían hacer desaparecer cómo si nunca hubiera existido. Era el hijo legítimo, el dueño de lo que le pertenecía y el hombre que venía a reclamar justicia. Y esta vez, las reglas del juego habían cambiado por completo. Pasaron los días y Alejandro no se apresuró. Sabía que actuar con prisa podía echar a perder todo lo que había construido en esos años. Con la discreción que había aprendido en el extranjero, contrató abogados expertos y personas de confianza que revisaron cada documento, cada partida de nacimiento y cada registro antiguo que lograron conseguir. Poco a poco, las piezas del rompecabezas fueron encajando con una claridad que ya no dejaba lugar a dudas. Mientras tanto, Bruno vivía en la creencia de que todo estaba resuelto. Se paseaba por la ciudad como el dueño absoluto, presumiendo de riqueza y poder, rodeado de aduladores y personas que sólo le hablaban por interés. Nadie sospechaba que el hombre al que había querido eliminar estaba de regreso, más fuerte y preparado que nunca. Cuándo se enteró de que alguien estaba indagando sobre la herencia y el pasado de la familia, al principio no le dio importancia, pensando que era algún extraño más intentando sacar provecho de rumores viejos. Pero a medida que las investigaciones avanzaban y empezaron a llegar citaciones y solicitudes de información oficiales, su seguridad se fue transformando en inquietud, y luego en pánico. El primer encuentro entre ambos ocurrió en una reunión notarial, dónde Alejandro se presentó con todos sus papeles en regla y la prueba de ADN. Al verlo, Bruno sintió que el suelo se movía, que estaba a punto de perderlo todo.

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