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LA NINFA Y SUS CUATRO ALFAS

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Descripción

Las ninfas, criaturas de gran belleza y poder, habían sido asesinadas por los Oscuros, hombres lobos poseídos por una maldición dado por el castigo de la madre tierra por ultrajar a las ninfas y desequilibrar la naturaleza. Ahora, la última ninfa con vida, hija de la antigua reina, carga con la esperanza y el peso de su linaje.

Sin embargo, Astarte, la última ninfa y futura reina, se niega a recorrer su destino y a amar a sus alfas, los cuatro hombres lobos que han sido elegidos para protegerla. Cada uno, con sus propias habilidades y personalidades, deben esforzarse por ganar el corazón de Astarte y protegerla de los Oscuros. Sin embargo, Astarte no está dispuesta a rendirse fácilmente.

¿Podrán Astarte y sus alfas superar sus diferencias y unirse para enfrentar el destino que les espera? ¿O será demasiado tarde para salvar a la última ninfa y al mundo de la destrucción?

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LA NINFA Y SUS ALFAS
Astarte Smith Cuando era solo una niña, mi madre solía enseñarme las leyes de la naturaleza para las ninfas. “―Las ninfas nacieron para ser las guardianas de la naturaleza, aquellas que suelen servir a la madre tierra, y por ello son los seres más preciados al ser el equilibrio del mundo, además de las más protegidas, haciendo así que estas sean consagradas con más de una pareja, según la fuerza que esta posea”. Ella me sonreía, me indicaba que todo estaría bien, que sería bien cuidada; no importaba nada más. Que, a mi camino, aún le faltaba mucho por tomar el rumbo que debían seguir mis pasos. ―Parece que no estoy haciendo un buen trabajo, pues estás distraída… Una fuerte estocada en mi interior hizo que gimiera. Su olor era a pino; me invadió por completo, mientras sus hermosos ojos verdes me observaban con un hambre interminable. Gemí, lo hice con fuerza, casi dando un grito de placer, al tener toda su virilidad dentro de mí, algo que me deleitaba, hasta el punto de lograr que mis ojos se nublaran de placer. ―Rune… más… quiero más… Él sonrió; parecía estar encantado con mi ruego. Yo envolví una de mis manos en su precioso cabello rojizo, mientras él seguía dando más y más estocadas. Su rostro lleno de pecas, aquellas que tanto amaba, se cubría de sudor, mientras yo gemía por un poco más de él, por poco más de todos ellos. Fue por eso por lo que, justamente en el momento en que logré por fin correrme junto a él, dando un fuerte grito, sus ojos verdes mostraron un brillo significativo, que podía asegurar que yo imitaba al llegar a nuestro clímax. Pero justamente al salir de mí, justamente al sentirme vacía, di un pequeño gemido, uno lleno de tristeza, de insatisfacción, mientras él sonreía, al parecer divertido. Algo que me alentó a decirle palabras que sabía que lo divertirían, pues solo con él podía decir bromas como las nuestras, pesadas y algo malvadas. ―Rune, ¿sabes por qué las mujeres tenemos tantos orgasmos y los hombres solo uno? Él me observó con una mirada pícara y una sonrisa divertida. Yo puse mi mano en mi zona íntima, todo para evitar que su deliciosa semilla saliera de mí a toda costa. Ni una sola gota ―No… ¿Por qué? ―Porque las mujeres nacimos para tener más de un hombre… Él sonríe divertido, me da un beso embriagador, se levanta de la cama y, justo mientras mi mirada lo sigue, mi rostro es ladeado con delicadeza por un hermoso hombre de cabellos rubios. Tenía una pequeña cicatriz en la ceja, y su rostro, aunque serio, tenía sus ojos llenos de aquella hambre voraz que siempre solía mostrarme. ―Espero que los dioses no permitan que haya más hombres… Sonreí divertida ante sus palabras. Dioses; su voz era deliciosa de escuchar. Él me besó, lo hizo de manera dominante, mientras yo gemí en sus labios, cargada de aquello que solo ellos podían proporcionarme. ―Quiero más, mucho más, Declan, tengo tanta hambre. Los ojos azules de Declan se llenan de algo que diría que es deseo incontrolable, mientras yo aún sostengo mi zona íntima, impidiendo que la semilla de Rune desaparezca. ―Yo también tengo mucha hambre, mi reina… Él se posicionó frente a mí, apretó uno de mis senos, y yo gemí en respuesta, con deleite. Mientras Declan besaba con vehemencia uno de mis pezones. Y su otra mano acariciaba al otro, dándole leves apretones, que lograban que apretara aún más las piernas y doblara los dedos de los pies, ante el placer tan exquisito que lograba sentir. ―Declan… ―Lo sé, mi amor, lo sé… No tuve que decir más; Declan había logrado entrar en mí, mientras yo entrelazaba mis piernas en su cadera para conseguir aún más precisión de su parte. Él dio un gemido ronco, casi gutural y animal, que hizo que gimiera con fuerza, mientras iniciaba sus estocadas y hacía que doblara mi espalda, buscando aún más su contacto. Su cabello rubio tocaba parte de su frente, y algunos crespos se mostraban rebeldes, y yo lo observaba con un hambre atroz. Por los dioses, cómo amo a estos hombres, cómo amo a mis alfas. ―Declan… Declan… ―Lo sé, lo sé, mi amor, lo sé… Él inició a acelerar sus estocadas y, justamente al sentir cómo los dos alcanzábamos el cielo juntos, pude sentir cómo él salía de mí de un solo golpe. Haciendo que diera un gemido de protesta, mientras una sonrisa muy maliciosa, algo muy suyo, se mostraba, en lo que lo observaba completamente desnudo frente a mí. Sujetaba su falo, mientras yo tragaba en seco al ver la cicatriz en su pecho, aquella que hacía contraste con su ceja y me hacía sentir aún más necesitada de él. Pero antes de que siquiera pudiese decirle algo, di un pequeño grito al sentir cómo era atraída hacia el borde la cama de un solo tirón. Haciendo que me colocara boca abajo, en un solo movimiento, por instinto, cerré las piernas con fuerza; no podía perder la semilla de mis alfas. Me negaba a hacerlo, por lo menos así fue, hasta que escuché la voz sedosa de Caius, aquel que me tomó de las caderas con una precisión letal, haciendo que mi trasero quedara a su disposición para él. ―Sé perfectamente, mi pequeña hada, que no quieres perder ni una sola gota, así que será rápido… No pude siquiera protestar; estos hombres sin duda me volverían loca, pues Caius entró en mí de una estocada, haciendo que diera un pequeño grito. Mientras apretaba las sábanas con mis manos, en lo que nuestros cuerpos chocaban, él daba pequeñas respiraciones entrecortadas. ―Por los dioses, qué bien se siente tenerte en esta posición, solo para mí… Gemí… lo hice con fuerza, justamente hasta el momento en el que noté como mi favorito de todos ellos se colocaba justamente frente a mí. Cómo tocaba su erecta virilidad, mientras sus ojos dorados me observaban, como si con ello me pidiera todo sin decir una sola palabra. ―¿Qué esperas para hacer lo que esa mente pervertida tuya está pensando, mi pequeña hada? Mi hermano está hambriento también… Gemí, tomé la virilidad de Theon en mi boca; él daba un gemido ronco y su cabeza se iba hacia atrás. Esto sin duda era el cielo, y si no lo era, no sabía con precisión que lo era. Pues justo en cada estocada, en cada una de sus penetraciones en mi boca, y en cada una de aquellas miradas hambrientas y cargadas de lujuria. Yo me sentía más y más poderosa, yo me sentía afortunada, pero, sobre todo, sentía que era una con ellos, pues ellos eran míos, solo míos. Y yo era suya, solo suya, y eso nada lo cambiaría. ¿Quién diría que lo creía una maldición hace unos meses? Ahora era la más maravillosa bendición, pues con mis alfas, mis protectores, mis parejas, sabía que nada era imposible. Nada podría contra mí, no cuando tenía el amor incondicional de mis fuertes, dominantes y perfectos alfas; los cuatro eran míos. Y los amaba a cada uno de ellos de maneras que incluso yo misma me sorprendía de ello.

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