Tras la orden del rey de las sombras, los jóvenes se ocuparon de sus propios asuntos. Algunos leían en la biblioteca, otros se alimentaban de sangre antes de una larga siesta, y el tercero satisfacía sus deseos más oscuros con las mujeres que elegía, humanas en su mayoría, pues tenía una debilidad por ellas. Después de satisfacer sus deseos, las descartaba como objetos sin valor. En aquel lugar, ningún humano estaba a salvo de aquellos seres sin alma. Los que intentaban huir eran rastreados y cazados como animales salvajes, destinados a trabajos forzados (en el caso de los hombres) o a servir como esclavas sexuales o bancos de sangre (en el caso de las mujeres). La muerte, ya fuera por agotamiento, debilidad o simplemente por la ira de los seres sobrenaturales, acechaba en cada rincón. —¡

