Capítulo 2 "Catarsis"

1910 Palabras
Tuvo una catarsis. O esa fue la definición que más se acercaba a lo que sintió. Era una especie de purificación. Sus ojos no podían dejar de seguir a la mujer, cada uno de sus movimientos barría sus emociones, lo seducía, destruía sus defensas hasta inutilizarlo y convertirlo en un esclavo más. Se enfureció, porque él no se consideraba un borrego como el resto de los hombres, ellos eran manipulables, ellos podían ser amaestrados y corregidos. Daslan no. Se suponía que había superado torturas y pruebas inimaginables para no ser uno más, sino para hacerse inmune, para matar sus emociones y debilidades. Se suponía… No podía dejar de sostener su respiración. El violín era tocado para ella y sus respuestas eran un conjunto de movimientos sublimes que venían acompañados con una mirada de demonio. Eran tan preciosa que incluso el cielo parecía lamentarlo, pero sus ojos pertenecían a un lugar alejado del cielo, eran lo contrario a la benevolencia. Parecían los ojos de una serpiente, una criatura astuta y engañosa que lo único que deseaba era que los demás se rindieran. Lo conseguía, incluso de él. La furia que corría en sus venas era aplacada por la incredulidad que le producía ella, al mismo tiempo sentía que le estaban arrancando trozos de él, haciéndolo explotar y convulsionar. Hasta que no quedaba nada salvo la visión de ese precioso ángel de ojos terribles y el conocimiento de que algo en su interior había sido redimido, sin haber pedido por ello. Cuando terminó expulsó un jadeo tembloroso y se sentía… —¿Sabes lo que significa su nombre? —preguntó un vagabundo a su lado. Daslan no contestó—. La petite mort es ese momento después del orgasmo, cuando recuerdas que eres mortal y que has estado en cerca del cielo. Daslan siguió sin decir nada, el vagabundo se fue, lanzándose hacia la multitud de hombre que buscaban una mirada de aquella mujer. El hombre de la fusta recibió más dinero que al principio, propinas supuso Daslan y solo los hombres que estaban bien vestidos comenzaron a marcharse. Eran ricos que buscaban placeres en los barrios pobres. Tuvo que esperar, aunque todo su ser gritaba por ir hacia ella y sacarla de allí. Tenía impulsos, reconoció, pero no era tan estúpido como para dejarse manejar por ellos. Les hizo a sus hombres la señal para que se mantuvieran atentos y no le quitaran los ojos de encima. Con la noche cayéndoles encima al igual que la torrencial lluvia, los hambrientos hombres se dispersaron y L'enfer et le paradis recogió lo poco que tenía para comenzar a marcharse. El hombre de la fusta tiraba de la cadena del ángel inexpresivo, ella estaba empapada, la tela casi dejaba sus pechos desnudos por la transparencia. Daslan la siguió con la mirada, pero no con la intensión de vislumbrar un tramo de piel desnuda, era por la increíble capacidad que tenía para no estremecerse. ¿Cómo podía ser ella humana? La criatura de ojos peculiares mantuvo una postura regia bajo la lluvia, como si ni siquiera ante eso fuera a ceder. Como si fuera el cielo el que debía responder a ella. Siguió al pequeño grupo de tres personas hacia un par de casas más abajo, donde todos entraron en lo que parecía ser una antigua casa de comedia que se estaba cayendo a pedazos. El hombre de la fusta se enervó ante la invasión de Daslan y sus hombres en su madriguera. —¿Pero qué hacen? La entrada está prohibida, si quieren un poco de mi chica tendrán que esperar a mañana —rugió en español, tal vez reconociendo los rasgos de Daslan. —Soy una persona ocupada, señor —dijo Daslan, acercándose al hombre bajo y corpulento. Lo vio apretar su fusta—. Quiero hacerle una oferta. El hombre enarcó su ceja con gracia. —¿Cree que es el primero aquí que viene con aires de superioridad? —se rió—. No la estoy vendiendo —espetó con lentitud, saliva salpicó de su horrible boca de dientes amarillos—. No soy estúpido, esta niña es una mina de oro. Daslan sonrió. —¿Cómo se llama, señor? —Soy Julio Le Blanc, Monsieur —jugueteó con la cadena que sostenía, la mujer se removió en su lugar—. Y lo máximo que puedo ofrecerle es un baile exclusivo para usted y sus hombres o... solo usted, si es lo que quiere. Mis precios no son los más accesibles, pero imagino que entenderá porqué. Sintió el impulso de sacar su pistola y terminar con aquello de una vez, pero no había cruzado el mar para armar escándalos y hacer que buitres extranjeros comenzaran a revolotear a su alrededor. No observó a la mujer, no pensó en lo empapada que todavía estaba allí parada y sobre todo, no pensó en la cadena que Julio Le Blanc tiraba sin importancia. —No vine aquí para ofrecerle dinero —dijo, la madera bajo sus pies chilló cuando cambió el peso de su cuerpo a su otro pie—. Sé lo que tiene en sus manos y yo sé lo que tengo en las mías. No quiero bailes exclusivos. Quiero que me entregue sus papeles y la deje a mi nombre —sus palabras se sintieron como piedras en su boca. Pero ese era el lenguaje de los que compraban personas—. Usted dijo que ella era una mina de oro y eso es lo que quiero darle. Chasqueó sus dedos y unos de sus hombres le pasó un pesado maletín. Daslan lo puso sobre una mesa llena de polvo y lo abrió. La habitación se llenó de reflejos amarillos, vivos y seductores. Julio Le Blanc se quedó inmóvil, pálido, pero segundos después su expresión se volvió hambrienta e incrédula. —¿Quiere darme tres barrotes de oro por esta mujer? Tres barrotes de oro les aseguraban una vida de comodidades a un hombre y a su familia entera. Era una fortuna. Un tesoro. Daslan no había tenido intenciones de dejar esa cantidad de riqueza en ese lugar, pero sabía que Julio Le Blanc no iba a aceptar nada más que lo inusual por su pequeña criatura. —Por ella y sus papeles, todo en regla, firmados y sellados. Ahora mismo —aclaró cerrando el maletín de golpe. —Hecho —saltó el hombre, retrocediendo excitado por la visión de una vida arreglada. Fue hacia un escritorio en el fondo, Daslan no lo perdió de vista, pero entonces, una voz baja y vacilante detuvo el movimiento en la habitación. —Monsieur —la mujer estaba dirigiéndose a Julio Le Blanc—. Usted prometió que nunca iba a venderme —continuó en un francés pulcro que Daslan pudo entender—. Por favor, no me entregue a estos hombres. —Lo siento, muñequita. Pero esas tres barras de oro no se quejan tanto como tú —escupió Le Blanc. La mujer no se movió de su lugar, no podía, Le Blanc seguía teniendo su agarre en la cadena, como si fuera un acto de pura costumbre. Consiguió los papeles y comenzó a redactar el documento que cedía todos sus derechos sobre ella a Daslan Ivanov. —S'il vous plaît, je vous en prie —rogó la mujer cuando Le Blanc selló los papeles. «Por favor, se lo ruego». Tradujo Daslan. —Cállate —Le Blanc tiró de las cadenas con fuerza, haciendo que la chica trastabillara. Daslan tomó una respiración profunda, concentrándose en mantener la calma. Una vez que tuviera los papeles en su mano podría tomar a la chica y sacarla de ese basurero.   —Monsieur Ivanov, con su firma estará todo concretado. Tomó los papeles y los repasó, escudriñó el sello de compra y venta, y se cercioró que todo lo demás fuera legible. “Nicolle” era el nombre de la mujer que estaba sollozando, pero no tenía apellidos, lo que significaba que había sido una esclava toda su vida. Vendida, comprada, una y otra vez lo mismo. Daslan tomó la pluma y firmó. —Felicidades, ahora La petite mort es suya para lo que quiera, como regalo le concedo mis cadenas —Le Blanc tiró del maletín hacia su cuerpo, acunando el oro entre sus brazos—. Una sugerencia, tenga cuidado y no descuide la cadena, mi muñequita es un tanto escurridiza. Daslan tomó la cadena con asco, se acercó a la mujer y ella en lugar de retroceder arqueó sus dedos frente a su cuerpo, como si pretendiera defenderse con nada más que sus uñas. Tenía coraje y furia corriendo por esas venas verdes que se dibujaban en su piel. La vio estremecerse cuando él se quitó el abrigo y se lo lanzó. —Nos vamos —fue lo único que le dijo en ese momento—. Busquen un carruaje —se dirigió a sus hombres. Ellos habían caminado todo el camino desde el puerto hasta los callejones, pero no iba a someter a esa criatura a aquella tortuosa actividad en su estado de conmoción. Seguía lloviendo sin piedad y las paredes de la habitación se estremecían con cada rayo que se rompía en el cielo. —Deja de llorar, muñequita —graznó Le Blanc—. A lo mejor tu nuevo dueño no tiene tanta paciencia como yo. No podía seguir allí un momento más, ya había soportado a ese hombre lo suficiente y si se quedaba allí escuchando como se dirigía al pequeño ángel no iba a salir de Francia con las manos limpias de sangre. Tomó a la quejosa mujer entre sus brazos, teniendo cuidado de no tirar de la cadena, ya se desharía de ese objeto repugnante después. La sintió pelear y patalear, pero no la soltó, ella era tan ligera como el algodón y estaba fría como un tempano de hielo. —Nos vamos —repitió sobre los gritos de la mujer. Comprendía su miedo, podía imaginarse las cosas que debían estar pasando por su mente, pero no podía detenerse para tranquilizarla ahora, no con tantos ojos y oídos en la habitación. La lluvia volvió a caer sobre ellos, pero Daslan se movió rápido, desafiándola. La mujer no dejó de llorar y de suplicar ayuda a todo el que veía, pero nadie se acercó, todos apartaron la mirada y cerraron sus ventanas. Hubo algunos que la llamaron “bruja”, “demonio”, “serpiente” y se rieron, como si disfrutaran de la posible desgracia que había llegado a su vida. Cuando lograron salir del callejón un carruaje los estaba esperando. —Mademoiselle —advirtió Daslan, quería ayudarla a subirse, pero ella seguía retorciéndose, el abrigo había caído al suelo y la tela débil de su vestido se estaba adhiriendo a todas los accesorios punzantes que habían en la ropa de él. Ella tiró su cuerpo hacia el lado contrario al carruaje y su vestido se desgarró, detuvo la tela antes de que pudiera desnudarle el torso. Fue en ese momento en el que Daslan pudo sujetarla y meterla al carruaje. Sus rostros quedaron uno frente al otro, respiraron el mismo aire y Daslan observó por primera vez esos ojos de serpiente de los que muchos hablaban. —Salaud —barboteó la mujer. Una cosa que Daslan conocía a la perfección eran los insultos, los que eran dichos en otros idiomas eran sus favoritos. «Bastardo». Había dicho ella. No estaba equivocada.   
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