Tenía los ojos verdes, estaban rodeados por un borde castaño, pero en el centro, perdiéndose con su pupila, el verde adquiría un color amarillento. Eran hechizantes, tenían el ímpetu del fuego. Daslan fue incapaz de apartar la mirada. Había una salpicadura de pecas sobre esa expresión furiosa y aterrada que acompañaba la agresividad en su mirada.
Era un ángel. Uno que vagaba entre la inmundicia de los barrios bajo, uno que la calle había vuelto salvaje y asesino. Porque era eso lo que prometía la mirada de La petite mort. Muerte.
—Tócame —balbuceó en francés—. Y te cortaré la garganta.
En ese momento sintió el objeto punzante contra su yugular.
Daslan enarcó su ceja.
—No voy a tocarte —dijo, la expresión de ella no vaciló—. Solo voy a cerrar la puerta.
La petite mort le arrebató las cadenas con su otra mano, importándole muy poco que su torso quedara desnudo. Las dejó caer en su regazo y recuperó el trozo de tela para cubrirse, todo sin apartar la mirada de la suya.
Apenas le tomaría un par de segundos desarmarla, pero estaba impresionado con su habilidad para quitarle la navaja sin siquiera haberlo notado. Así que la dejaría tener el control, por curiosidad y para evaluar qué tanto sabía defenderse a sí misma esta pequeña muerte.
Sus hombres se subieron en la parte exterior del carruaje cuando Daslan cerró la puerta, la mujer no separó un solo centímetro el filo de la navaja de su piel y tampoco bajó su guardia. Eso le daba puntos a favor.
—¿A dónde me están llevando? —preguntó.
—Tierra Santa —dijo él, en español.
—¿Qué es eso? ¿Dónde queda? —insistió en francés.
—Cruzando el mar. Es mi tierra, dónde nací y fui criado.
El carruaje hizo un movimiento brusco tras pasar un bache, lo que desestabilizó a la mujer y permitió que Daslan recuperara su navaja. Ella se echó hacía atrás con temor, aferrando sus manos a las cadenas, creyendo tal vez que él se abalanzaría sobre ella.
Daslan solo se enderezó, guardó su cuchillo y arregló su ropa.
—El que me hayas comprado no significa que podrás usarme a tu antojo, muchos hombres como tú se han metido en mi camino y ninguno se ha salido con la suya —advirtió con los dientes apretados ella—. Si alguien me pone las manos encima…
—Hablaremos sobre tu futuro cuando estemos en el barco, ¿entendido? —cortó él—. No me gusta hablar de negocios cuando hay tantos oídos cerca.
—Connard—se burló ella.
«Cerdo».
La ignoró, pero no pudo seguir haciéndolo cuando sus dientes comenzaron a castañear y cuando no podía distinguir si los movimientos del carruaje eran por los baches o por los temblores que estaban poseyendo su cuerpo.
De mala gana renunció a otro de sus abrigos y se lo tiró encima, manteniendo la distancia para no asustarla.
—¿Qué edad tienes? —interrogó sin observarla.
—¿El otro bastardo no te entregó mi partida de nacimiento?
Lo había hecho, pero Daslan no se había atrevido a mirarla.
—Conteste, mademoiselle.
—Eres la primera persona que me llama de esa forma —se rió. Era una risa intencionada y burlesca.
—Contéstame —repitió con algo más de dureza.
—Cumplí diecinueve años el mes pasado, Monsieur.
Más burla.
Era joven, ¿Qué había hecho el mundo con ella?
Daslan que conocía lo dura que podía ser la calle no se sintió cómodo con las respuestas, pensó en la mujer para no mirarla, su figura delicada y sus movimientos de baile, en Tierra Santa habrían pisoteado su existencia hasta convertirla en polvo. Polvo. En eso se convertirían todos.
Cuando el carruaje se detuvo Daslan se obligó a mirarla.
—Mis intenciones no son hacerte daño, ¿cooperarás?
Se maldijo y la maldijo a ella por tener esa mirada, por hacerlo sentir que contenía la respiración y que si la miraba durante demasiado tiempo corría el riesgo no poder retirarse de ella.
—¿Quieres que confíe en ti? —preguntó ella con seriedad—. ¿Quieres que crea que no vas a utilizarme? —sonrió, como si le sonriera a la muerte—. Toda mi vida he sido esclavizada, regateada y vendida. No intentes ser mi amigo, ¿de acuerdo? Sé cuál es tu posición —aceptó—. Y también sé cuál es la mía. Pero si piensas por un segundo que permitiré que alguien me toque, estás equivocado.
La determinación en sus palabras lo azotó, trayendo el recuerdo de las palabras de la mujer que le dio la vida. «No permitas que derramen tu sangre». Nadie tenía tal derecho.
«Eres bendita». Se encontró pensando al observarla. «Tú eres sagrada».
Abrió la puerta sin decir nada y se bajó del carruaje, cuando ella no se movió de su rincón suspiró con pesadez: —Quédate —le dijo con la voz llena de crueldad—. Serás secuestrada cuando corras calle abajo y te venderán de nuevo —negó con fastidio—. Claro que también podrías lograr escapar, pero, ¿sabes lo que te espera en las fronteras? Tendrás suerte si queda algo de ti después de eso.
No le estaba mintiendo, le estaba advirtiendo con la verdad sin censuras. En las fronteras había cazadores que tomaban todo lo que pudieran vender o intercambiar, incluyendo personas. Nadie iba a ser bueno con ella. Nadie iba a considerarla como una persona. Solo había uno en un millón que podría ofrecerle un futuro mejor, y ese era él.
La petite mort se movió hacia adelante y salió del carruaje, sostenía sus propias cadenas y tenía encima un saco n***o, las hombreras no perdían su forma recta y regia, parecían alas.
Daslan no le ofreció su mano para ayudarla a bajar, le había dejado claro que no quería ser tocada. Cuando comenzó a caminar a su lado con la espalda recta todos los que no escapaban de la lluvia giraron sus cabezas en su dirección.
Y los murmullos fueron llevados por el viento.
«Se están llevando a La petite mort», era lo que decían, lamentándose.
Sus hombres marcaron el camino y ella los siguió, Daslan se quedó atrás, vigilando.
El barco que había comprado para hacer el viaje desde Tierra Santa no era demasiado grande, llamar la atención no era lo que quería, aunque pensaba que había fracasado tomando en cuenta toda la atención que le estaba dando esa reina subiéndose a la nave como si le perteneciera. Daslan se preguntó cómo era capaz de caminar con esas zapatillas de ballet viejas.
Tuvo que detenerse un momento y recordarse respirar, porque sentía que corrientes de lava le recorrían el cuerpo y su piel se erizó. Cerró sus manos en puños y los huesos de sus dedos crujieron. Las nubes se arremolinaron en el cielo, dejando paso a unos rayos de luz imposibles que seguramente nunca habían tocado esa parte del mundo.
Pero hoy sí.
La petite mort se detuvo en la cima de la rampa para subir al barco, se giró y la luz le iluminó el rostro, sus ojos buscaron a Daslan, perdido varios pasos atrás.
En ese momento Daslan sintió que moría.
*****
El camarote a la que la llevó era uno de los tantos que había preparado para los artistas que iba a comprar, eran pequeños, apenas lo suficientemente grande como para que hubiera una cama y un pequeño espacio para lavarse, compuesto por una bañera de madera y una cubeta.
Cuando ella entró se quedó quieta y lo miró.
—Ve a la cama —le ordenó Daslan con frialdad.
—Dijiste que no ibas a tocarme —masculló la mujer.
—Solo voy a quitarte el grillete —contestó exasperado.
Se sentía…irritado. Quería irse de ese lugar, olvidar a esa gente y tomar un baño caliente.
La petite mort se movió cautelosa hasta el colchón, se veía como un gato erizado y con las uñas afuera, cazando o esperando a que algo sucediera. Daslan se giró hacia el pasillo donde aguardaban sus hombres con miradas curiosas.
—Las llaves.
Julio Le Blanc se las había dado a uno de sus muchachos.
Al tener el metal oxidado contra sus manos, los despidió con una sacudida del rostro y cerró la puerta de la habitación. Fue hacia donde estaba ella, procurando mantener su distancia y no asustarla, no quería que le saltara encima y le arañara el rostro. Cuando se sentó la cama chilló bajo su peso.
—El tobillo —mandó.
Ella no se movió.
Daslan no se atrevió a mirarla, no confiaba en sí mismo para mantener sus emociones ocultas con ese ángel tan cerca de él.
—¿Quieres quedarte con las malditas cadena? —inquirió bufando.
La escuchó emitir un sonido bajo, era como una respiración temblorosa.
—He tenido el grillete durante dos años —develó. La mirada de Daslan fue a su tobillo levantado, ella se lo estaba ofreciendo—. Ten cuidado…por favor. Mi piel está muy lastimada bajo el acero.
No se permitió digerir sus palabras de inmediato, las contuvo, porque si las dejaba calar en él iba a salir de esa habitación sin cumplir lo que estaba haciendo.
Tomó el pie y la pantorrilla de la chica, todavía tenía puesto las desgastadas zapatillas de ballet, estaban sucias y tenía lodo salpicándole la piel. Puso su tobillo sobre su muslo y la sintió tensarse. Examinó el grillete, grueso y ajustado.
Las cintas de las zapatillas le pasaban por encima, tuvo que deshacerlas y desnudar su pie pálido. No lo observó durante mucho tiempo. Su atención fue puesta en el grillete. La piel por los alrededores estaba amoratada y rasguñada, tenía manchas de sangre seca y costras de antiguas heridas.
¿Cómo podía bailar ella tan divinamente con eso puesto?
¿Cómo había caminado hasta allí viéndose tan regia con esa maldita cosa haciéndola sangrar?
—Me acostumbré —musitó, como si pudiera leer las preguntas en sus ojos, en su pose, en su respiración—. Y solo cuando el dolor por la infección me impedía bailar él permitía que me curaran.
Daslan abrió el grillete y la mujer siseó. Toda su pierna tembló cuando lo retiró por completo. Los cortes tenían un aspecto terrible, había sangre seca, suciedad y ampollas.
La mujer ahogó un quejido de aflicción.
—¿Cómo puedes bailar así? —soltó Daslan, incapaz de mantener su boca cerrada ante la visión cruda de su herida.
—A veces ya ni siquiera siento dolor.
La apartó.
Del contacto, de lo que veía, le dio la espalda cuando se puso de pie.
—Vendrá un curandero a revisarte —graznó.
Caminó hacia la puerta, iba a marcharse, la oscura ira estaba nublando sus pensamientos.
—Espera —dijo ella, y el cuerpo de Daslan respondió sin su consentimiento, al menos eso quería pensar—. Dijiste que hablaríamos sobre mi futuro aquí. Dímelo. Hazlo ya.
En su fiereza estaba escondido su terror.
Un musculo en la mandíbula de Daslan saltó.
—Quiero ofrecerte un contrato —dijo—. Baila en mi bar de espectáculos y te daré a cambio hospedaje, comida y seguridad. Nadie te pondrá las manos encima y tendrás un escenario único, solo para ti. Tendrás más beneficios, pero podemos acordarlos una vez que lleguemos.
—Dices esas cosas como si tuviera una opción —le gruñó.
—Tienes opciones, pequeña muerte —dijo lo último en español—. Pero te estoy diciendo la que más te conviene. Tierra Santa no es un lugar santo, solo es un poco más decente que este barrio deplorable. Y si quieres sobrevivir, lo primero que debes conseguir es un trabajo.
Tomó el pomo de la puerta, sus nudillos blancos y tensos.
La petite mort se rió.
—Mi nombre es Nicolle, ya lo sabes, no “pequeña muerte”.
El español sonó melódico con su acento.
—¿Hablas español? —interrogó.
—Prefiero el francés.
—Eso no fue lo que te pregunté.
—¿Cómo te llamas tú?
Se maldijo a sí mismo por contestarle: —. Daslan, soy Daslan Ivanov, y eso ya los sabes.
Abrió la puerta y se fue.
*****
En cubierta Daslan les ordenó a sus hombres que buscaran a un curandero y que se prepararan para partir. Los hombres que lo habían acompañado por las calles se acercaron a él confundidos.
—¿Solo ella, señor?
—Busquen a una o dos más, pero ella es mi estrella —declaró inexpresivo—. Necesito otra cosa de ustedes.
—Estamos a sus órdenes, señor.
Ambos hombres inclinaron sus cabezas en un asentimiento respetuoso.
Daslan no los miró cuando dijo: —Quien me traiga la cabeza de Julio Le Blanc puede quedarse con el oro.
Nadie lo cuestionó, porque cuando él daba una orden, directa o indirecta, solo se cumplía.