Capítulo 4 "Arrogante"

1565 Palabras
Era una delicia, una maldición y una tragedia. No podía sacársela de la cabeza. Su nombre bullía y sus ojos lo perseguían. Después de que sus hombres hubieran conseguido la cabeza de Julio Le Blanc, él mismo la había lanzado a un estanque de agua hedionda. El barco estaba capacitado para llevar al menos a diez artistas, pero solo habían tomado tres, una bailarina, un músico y una reina. La cantidad no le importaba, Daslan veía sus manos y pensaba que sostenía un tesoro sin siquiera tocarla. Y no iba a tocarla. Nadie le podría un dedo encima. Ella era sagrada. Esa pequeña muerte. Lo había matado por segunda vez en sueños, un sueño que era más bien una pesadilla. Salió de la habitación exhausto de estar entre cuatro paredes, caminó por el pasillo oscuro de los camarotes, tenía pensado pasar de largo y no pensar en la chica que dormía en uno de ellos, pero entonces escuchó arcadas y una maldición en francés. —¿Cuánto lleva así? —le preguntó a los hombres que hacían guardia. —Bastante rato, señor —le informó el que fumaba un cigarrillo—. Le dije que podía llamar al curandero, pero no quiso. Daslan se acercó a la puerta y tocó. —¿Qué? —reclamó una voz en francés desde dentro. —Voy a pasar —avisó. Sus quejas no le importaron cuando se adentró a la habitación. Incluso con poca luz podría notarla a mil kilómetros de distancia. Estaba sobre la cama vistiendo nada más un camisón blanco, sus piernas estaban tendidas sobre las mantas, el tobillo que había tenido el grillete estaba vendado limpiamente. Tenía una cubeta contra su pecho, lo miraba con furia a pesar de que su rostro estaba pálido y verdoso. Tuvo otra arcada cuando él se acercó. —¿Qué te pasa? —interrogó. La pequeña muerte le masculló algo parecido a un insulto. —Nunca…había viajado en un maldito barco —soltó quejosa. Daslan se rió al darse cuenta de que solo estaba mareada por el movimiento incesante del barco. Fue hasta la puerta y asomó su rostro buscando a sus hombres, ambos estaban cerca e intentaron mirar con curiosidad hacia adentro. Daslan les gruñó una advertencia. —Despierta a la cocinera, que prepare té de jengibre, lo quiero en cubierta en pocos minutos. Volvió a cerrar la puerta y regresó la mirada a la mujer sobre la cama. —Levántate —le dijo—. Vamos a cubierta. —¿Por qué? —¿Quieres que se te quite el malestar o no? —ella no contestó—. Muévete. Apartó la mirada, pero se mantuvo pendiente de ella. Desde lo sucedido en el carruaje sabía que debía mantener un ojo sobre esa mujer astuta y observadora. Seguía estando asustada y a la defensiva, eso la hacía peligrosa. La escuchó cojear por la habitación, recogió un abrigo y se envolvió en él. Cuando Daslan abrió la puerta la dejó salir primero. El hombre que estaba en el pasillo se tensó cuando La petite mort pasó por su lado, pero no la miró, miró a Daslan, miró la advertencia en su mirada. «Cuidado». Dejó que la mujer siguiera su instinto y buscara la salida hacia las escaleras que iban a llevarlos a cubierta. Subió con lentitud y Daslan pensó en que tal vez no había sido buena idea, ella tenía el tobillo lastimado, necesitaba reposo, no caminar y salir a la noche despiadada. Iba a decírselo, iba a pedirle que regresaran a la habitación, pero entonces la escuchó soltar un jadeo de puro asombro. Ya había llegado arriba, observaba el cielo apoyada de la pared. Lo que vio en sus ojos lo hizo quedarse callado, como si no estuviera y se quedó en las sombras para darle la sensación de privacidad. Los hombres en cubierta ni siquiera se acercaron cuando observaron a su jefe, pero sintió sus miradas sobre la mujer que tenía la mano en el corazón. —¿Qué te pasa? —no pudo evitar preguntar. —Tenía mucho tiempo sin mirar las estrellas —dijo ella, sin aliento, pero entonces parpadeó y enderezó su espalda. —¿Le Blanc te encerraba? Sus ojos escudriñaron el lugar, fijándose en los hombres que miraban a hurtadillas. Borró de su rostro la vulnerabilidad y tomó la forma fría. —No, pero la cadena me impedía pensar en otra cosa. La veía todo el tiempo. Eso es todo —cortó. Daslan la siguió cuando ella se movió tambaleante hacia la barandilla. —Mira hacia el horizonte —le ordenó él—. Respira profundamente. Para su sorpresa, ella obedeció. Sus manos delgadas se aferraron a la baranda, sus uñas rasparon contra el metal, pero ella tenía su vista fija en el horizonte mientras respiraba profundamente. —¿Te sientes mejor? —cuestionó Daslan. —Algo —contestó. Daslan miró hacia la entrada de las escaleras, el asistente de la cocinera venía con una bandeja y tazas de té. El olor del jengibre picó en su nariz cuando el chico de al menos quince años estuvo frente a ellos, casi dejó caer la taza que le ofrecía a Daslan por el deslumbramiento que le causaba la mujer frente a él. —Merci —le dijo ella al niño cuando tomó la taza. El muchacho tartamudeó, pero prefirió no decir nada. Se marchó sonrojado, tropezándose con sus propios pies, pero al menos no cayéndose al suelo. Daslan puso sus ojos en blanco, sintió lastima por él, por dejar que una mujer bonita lo afectara de esa manera. Ah, ¿pero no lo había afectado a él de la misma forma? Daslan asesinó ese pensamiento. —¿Quién eres Daslan Ivanov? —su nombre en su boca le erizó los vellos de la nuca—, ¿Y por qué pagaste tres lingotes de oro por mí? La miró. —No me creo que hubieras pagado esa cantidad solo para tener una bailarina, ¿qué es lo que quieres? Una sonrisa malvada y burlesca que hacía retroceder a sus enemigos subió sus comisuras. —Yo no pagué tres lingotes de oro por ti. Aunque los hubiera dado, claro que eso no se lo diría. —Estaba allí, ¿se te olvidó? Daslan bebió de su té, disfrutando de la cara confundida de ella. —No eran reales —confesó al fin—. Solo una réplica bonita para atraer a los tontos y hacer caer a los idiotas. Claro que tenían un ligero baño de oro real, para que un engaño salga perfecto hay que invertir. Y el hombre que hay tomado la vida de Julio Le Blanc debía estar contento con su botín, no era lo mismo que tres lingotes de oro, pero era una buena fortuna. Dinero suficiente para garantizar una buena educación a sus hijos hasta la universidad, tener un terreno propio y quizás uno que otro negocio. La petite mort lo miró con el rostro enrojecido, furiosa. —Eres astuto, Daslan Ivanov —masticó—. Un bastardo astuto. Lograste que me vendiera a mí por…migajas, ¡a mí! Daslan detectó lo que estaba consumiendo a Nicolle, era ofensa, se sentía indignada, porque sobre muchas cosas, esa mujer debía ser orgullosa y tenía conocimiento de lo que valía.    —¿Migajas? —inquirió levantando su ceja—. Yo di oro por ti. Aunque no fue la cantidad que sugería, era maldito oro. La mujer, esa…bendita mujer, golpeó su taza sobre el pecho de él para que la tomara, cuando Daslan lo hizo ella se cruzó de brazos. Tuvo ganas de reírse, ¿estaba molesta porque no habían pagado tres lingotes de oro por ella? —Ni siquiera voy a poder presumir —se lamentó—, ¿qué dirá el mundo cuando se entere? ¡La petite mort murió en manos de un hombre que dio migajas por ella! —Tú no vas a morir —le dijo con cuidado. Ella soltó una risa. —Yo ya morí una vez, ¿crees que no sería capaz de reconocerlo? —murmuró, tan bajo que apenas pudo escuchar sus palabras. Se estremeció. —Nicolle, no vas a morir. Tú estás hecha para matar  —su voz fue tan baja como la de ella. Él había sido una de sus víctimas. Daslan endureció su expresión—. Será mejor que regreses a la habitación —cuando ella lo miró, agregó: —. Ahora. No era una sugerencia. Era una orden.  Quería que dejara de mirarlo. —¿Cómo debo llamarte? ¿Amo?  —se burló. Daslan le dirigió una mirada severa. —Guardaremos eso para otra ocasión —espetó, pero sonrió—. Por ahora solo llámame “mi señor”. Ella escupió un insultó y comenzó a cojear. —Bastardo arrogante. Lo llamaba “arrogante” como si alguien sagrado como ella desconociera el significado. Daslan la alcanzó en las escaleras, antes de que pudiera caerse. La ayudó a enderezarse y la soltó cuando la mujer orgullosa lo empujó. —Dijiste que estoy hecha para matar, tal vez no te equivoques —lo señaló con advertencia. No, no estaba equivocado, porque cuando la vio entrar en su habitación y sus ojos de serpiente lo miraron como si no fuera nada más que algo insignificante, ella volvió a matarlo. 
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