¿Desde cuándo? Regresé a casa justo a tiempo para recoger a los niños. Pasé la tarde sumida en una calma extraña, casi robótica. Le di de cenar a Sophie y a Noah, los bañé, les leí su cuento favorito y los acosté temprano. Me aseguré de que ambas puertas estuvieran bien cerradas para que el ruido no los despertara. A las nueve de la noche, el auto de Daniel se estacionó en la entrada. Entró a la casa con la misma actitud despreocupada de siempre. Dejó las llaves en la entrada, se quitó la chaqueta y caminó hacia la cocina. Yo estaba sentada a la mesa del comedor, en penumbra, esperándolo con las manos cruzadas sobre la madera. —Vaya, qué a obscuras estás —dijo, encendiendo la luz central—. ¿Pasó algo? —Siéntate, Daniel —dije. Mi voz no era un grito ni un sollozo. Era una orden plan

