La cena El fin de semana transcurrió en una calma chicha, espesa y amenazante, similar al aire que antecede a un tornado. Daniel no durmió en casa el viernes ni el sábado. Regresó el domingo por la tarde con la ropa limpia, recién planchada por algún servicio de lavandería de lujo, y con la actitud de un conquistador que regresa a reclamar su botín. No habló del incidente del viernes. Actuó con una frialdad calculada, ignorando mi presencia por completo mientras se preparaba el café o miraba la televisión en la sala. Pero la verdadera pesadilla no había terminado; apenas estaba cobrando una nueva forma, más grotesca y destructiva. El lunes por la noche, pasadas las siete, escuché de nuevo el motor del vehículo descapotable en la entrada. No tuve tiempo de reaccionar. La puerta princ

