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Enamorado De Ella

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maldición
drama
sin pareja
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Descripción

Vicenç Ferrer trabaja como editor en una editorial y vive en Barcelona, donde ha visto cumplido su sueño de convertirse en escritor de poemas y microrrelatos. En uno de sus poemas, decide plasmar las dudas y sentimientos crecientes que experimenta hacia su mejor amiga, Amaia Soler. Aunque al principio no tiene claro lo que siente por ella, a medida que su poema y su vida avanzan, empieza a comprender la profundidad de sus emociones.

La situación da un giro importante cuando ambos trabajan juntos en un proyecto editorial, lo que fortalece aún más su vínculo. Durante esta colaboración, mientras Vicenç se da cuenta de la magnitud de sus sentimientos, Amaia también empieza a confrontar sus propias emociones y reflexiona sobre lo que realmente siente por él.

Es entonces cuando ambos comienzan a cuestionar si lo que siempre han llamado "amistad" podría ser algo más profundo.

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Capítulo 1: En busca de una oportunidad
Lunes, 6:00 a.m. Era lunes, el día de la semana que muchos detestaban, especialmente aquellos que debían levantarse temprano para volver al trabajo tras un fin de semana que, en el mejor de los casos, había sido relajante. Para otros, el fin de semana había servido al menos para descansar unas horas y, tal vez, intentar desconectar de la rutina laboral, aunque fuera difícil lograrlo cuando el dinero comenzaba a escasear en casa y la mente no dejaba de contar los días hasta la próxima remuneración. En mi caso, el fin de semana había sido preocupante, y contaba los días para que llegara una oportunidad laboral. Actualmente, estaba desempleado, pero tenía la esperanza de que alguna empresa se interesara en mí. Mis estudios estaban relacionados con la literatura; tenía un grado en Literatura que había obtenido en la universidad. Al finalizar la carrera, como joven ilusionado, pensé que encontraría trabajo rápidamente en el campo. Sin embargo, las cosas no salieron como esperaba. No encontré empleo relacionado con mis conocimientos y, por eso, acabé realizando un curso de atención al cliente, lo que estaba bastante demandado. Así que, justamente hoy empezaba las prácticas en una empresa de seguros, con la expectativa de que me ofrecieran un contrato y, finalmente, tener un trabajo estable. Entonces, en eso que recordaba algunas de las dificultades que había enfrentado en mi vida, alguien llamó a la puerta de mi habitación. Belén: — ¿Vicenç, ya despertaste? Ya son las seis, ¿no irás a hacer las prácticas hoy? — Sí, ya me levanté, gracias por avisar — dije, levantándome de la cama y yendo a abrir la puerta, encontrándome con mi madre al otro lado. Belén: — ¿No empezabas las prácticas laborales hoy? — Sí, pero me toca el turno de tarde Belén: — ¡Ah, vale! Pensaba que ibas por la mañana y que te habías quedado dormido, como no te había visto despierto — ¡Ah! Belén: — Yo ya casi me iré a trabajar. El desayuno está listo — dijo, mientras bajaba las escaleras. — Vale, gracias. Ya bajaré a desayunar Me alejé de la puerta y me dirigí al armario, buscando qué ropa ponerme. Después, me metí en la ducha, dejando que el agua caliente arrastrara un poco de mi cansancio. Al terminar, bajé al comedor y vi que mi madre ya estaba a punto de irse. 6:26 a.m. Belén: — ¿A qué horas empiezas las prácticas? — A las doce Belén: — Ojalá te contraten, da buena impresión — Ajá Belén: — Yo me voy ahora porque si no, me dejará el bus — Que te vaya bien Belén: — Gracias. Si tu padre viene, dile que en el refrigerador está su comida — ¿Hoy vendrá? Belén: — Me dijo que sí — Hace un mes debería haberse mudado y no volver aquí Belén: — Sí, pero hasta que no encuentre trabajo, no se puede ir; tampoco se quedará en la calle así como está de salud — Si de todos modos pasa la mayor parte del tiempo ahí… Belén: — Ya… — No te entretengo más, vete porque si no, te dejará el bus Belén: — Sí, nos vemos por la noche. No te olvides de acompañar a tu hermana al colegio — Sí Belén: — Recuerda despertarla dentro de un rato, no vaya a ser que no haya puesto alarma y se quede dormida — Vale, adiós Mi madre se marchó de casa, y yo me serví el desayuno: huevos revueltos que acompañé con dos tostadas y un vaso de leche. Mientras comía, escuché el sonido metálico de unas llaves al moverse, tintineando al chocar entre sí. Al instante, Javier, mi padre, entró al departamento. Javier: — ¿No tendrías que haberte ido a trabajar ya? — ¿Vienes borracho, cierto? Javier: — No — respondió, pasándose el dorso de la mano derecha por la nariz, aspirando los restos de droga que quedaban sobre ella. — Te he dicho que no quiero verte fumando ni metiéndote mierda en la casa Javier: — ¿Qué quieres que haga? En la calle me verán. Esta también es mi casa, ¿sabes? — Hace mucho tiempo que deberías haberte ido Javier: — ¡Bah! — Desde que te diagnosticaron con enfisema pulmonar y perdiste el trabajo, no has hecho nada por encontrar otro. Y mira que has tenido oportunidades Javier: — Ya tengo trabajo — Vender droga no lo consideraría un trabajo, al menos no uno digno Javier: — ¿Qué hay de comer? — preguntó ignorando mis palabras y dirigiéndose al refrigerador. — Los tuppers que hay son tuyos. No sé para qué mamá te sigue cocinando después de tanto. Vergüenza tendría que darte venir aquí y comer en esta mesa Javier: — No me hables así, no olvides que soy tu padre — dijo mirándome con sus ojos rojos, llenos de desconcierto, perdidos. — Pues desde hace mucho no te reconozco — dije, apartando la mirada. Al instante, él no respondió nada y se dirigió a su habitación, que estaba cerca de la cocina. Javier era mi padre, y por eso debería no odiarlo, sentir nada negativo hacia él ni siquiera hablarle mal, pero desde que comenzó a relacionarse con las drogas, no pude evitarlo. Primero fueron simples cigarrillos, pero todo eso se convirtió en una adicción de la que nunca pudo escapar. De hecho, hace ocho años le diagnosticaron enfisema pulmonar, claramente causado por el tabaco. No obstante, él era demasiado terco para dejar el tabaco y, aún menos, las drogas. Una vez intentó dejarlo; duró un mes sin relacionarse con esas sustancias, pero la adicción regresó y ya no pudo detenerse, a pesar de mis súplicas, las de mi hermana Diana y mi madre, Belén. A pesar de las charlas y talleres, nada funcionó. Y no voy a negarlo, me dolía verlo tan desgastado, pero él había tomado esa decisión, y su voluntad no cambiaba. 7:45 a.m. A esa hora, mi hermana y yo nos dirigíamos a su colegio, que estaba a unos diez minutos de nuestra casa. Ella tenía quince años y estaba en la secundaria; era una adolescente, pero yo tenía la costumbre de acompañarla siempre hasta la puerta del colegio. A ella no le molestaba, al contrario, le gustaba tener compañía, sobre todo después de una mala experiencia que tuvo con un loco que casi la atropellaba al cruzar la calle. Así que, desde entonces, no la dejaba sola para irse a la escuela, especialmente en épocas de invierno, cuando amanecía tarde y a las siete de la mañana todavía estaba oscuro. En definitiva, mi presencia le daba seguridad, y yo sentía la responsabilidad de cuidarla en su trayecto diario. Diana: — No tengo ganas de ir a clases hoy… — No tienes otra opción Diana: — Ya lo sé… Ni modo — ¡Venga, anímate! Solo serán seis horas atrapada en un aula Diana: — Gracias por tu “motivación” — respondió con tono sarcástico. — Anda, ve ya. Si no, cerrarán el portón y te quedas afuera Diana: — Sí, ya me voy. Y para colmo, tengo clase con la profe más pesada del colegio, y no lo digo solo yo, lo dicen todos — Pues que tengas suerte Diana: — Gracias. Nos vemos luego — Chao Después de dejar a mi hermana, decidí aprovechar el tiempo entrando en una cafetería cercana. No era solo por el café; necesitaba matar el tiempo antes de mi próxima cita. A las ocho y media tenía una entrevista de trabajo en una editorial llamada Aurora, algo que había mantenido en secreto, sin que nadie cercano a mí lo supiera. Sabía en lo más profundo de mí que no quería trabajar en algo ajeno a la literatura, pues esa era mi verdadera pasión. Siempre había soñado con ser escritor, y trabajar en una editorial me parecía el camino ideal para adquirir los conocimientos necesarios que, algún día, me permitieran lograrlo. A pesar de eso, estaba dispuesto a aceptar cualquier oportunidad de empleo, aunque no fuera en el ámbito que anhelaba. No podía darme el lujo de ser selectivo; pocas empresas habían mostrado interés en mí, y yo estaba decidido a trabajar para cumplir tanto mis metas profesionales como personales. Por ejemplo, desde que terminé la universidad, tenía planeado independizarme, alquilar un departamento y empezar a vivir solo. Pero las cosas no salieron como esperaba. Ahora, con veintisiete años, seguía viviendo con mis padres, en gran parte para hacerle compañía a mi madre y a mi hermana, que, aunque no lo dijeran con frecuencia, sabía que no les gustaba sentirse solas. 8:25 a.m. Me dirigí a la editorial Autora, que estaba en la misma calle que la cafetería. Entonces, antes de entrar, respiré hondo para tranquilizarme, pues estaba algo nervioso por lo que estaba a punto de hacer. Recepcionista: — Hola, buenos días — Buenos días. Tenía una entrevista con Fernando Recepcionista: — Sí, ahora le avisaré. Por favor, espere aquí en la sala. Él vendrá a buscarlo — Gracias Unos minutos después, un hombre alto y vestido de traje se acercó a mí, recibiéndome con una sonrisa amable, lo que me dio confianza. Fernando: — Buenos días, ¿Vicenç? — Sí, soy yo. Un gusto conocerlo Fernando: — Igualmente. Ven, acompáñame a mi oficina y charlamos — Vale Fernando: — Bien, vamos a comenzar con la entrevista. Cuéntame un poco sobre ti — Bueno, soy Vicenç Ferrer y actualmente estoy buscando trabajo y a la vez, realizando prácticas de atención al cliente en una empresa de seguros Fernando: — Entiendo… ¿Y qué te motiva a buscar otro trabajo diferente a ese puesto? — Estoy buscando un cambio porque quiero enfocar mi carrera en el campo de la literatura, que es donde realmente reside mi pasión. Trabajar en su editorial sería una oportunidad perfecta para aplicar mis conocimientos y crecer en un área que me entusiasma bastante Fernando: — Okay. ¿Y cómo crees que podrías aportar al equipo? — Considero que mis conocimientos en edición y mi experiencia en el campo pueden ser de gran utilidad para el equipo. Además, mi pasión por la escritura, mi deseo de aprender y desarrollarme en esta área me motivan a contribuir de manera efectiva. Estoy comprometido a aportar ideas frescas, colaborar de manera proactiva y apoyar en la creación de contenido de calidad Fernando: — Eso suena muy interesante. ¿Tienes alguna experiencia previa en el campo editorial? — No, pero tengo facilidad para aprender rápido Fernando: — Sabes, me gusta tu entusiasmo y tu enfoque. Vamos a considerar tu perfil y te contactaremos pronto. Gracias por venir hoy — Vale, muchas gracias, Fernando. Aprecio mucho la oportunidad y espero con interés escuchar de vosotros pronto Le estreché la mano con una sonrisa cordial y me marché. Aunque no tenía la certeza de ser seleccionado, sabía que, trabajara en esa editorial o no, estaba decidido a cumplir mi objetivo de ser editor y, más adelante, escritor. No había vuelta atrás; era cuestión de tiempo y esfuerzo.

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