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La Amada Del Millonario

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multimillonario
prohibido
sexo
chica mala
drama
abuso
love at the first sight
addiction
seductive
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Descripción

La amada de Damian era hermosa.

La amada de Damian era dulce.

La amada de Damian era seductora.

La amada de Damian era una prostituta.

Una prostituta incapaz de enamorarse.

Incapaz de salir de aquel oscuro mundo.

¿O tal vez sí?

¿Sería el amor suficiente?

¿Sería el amor suficiente para sacar a la amada de Damian de aquel mundo de prostitución y drogas?

¿Sería el amor suficiente para devolverle a un alma oscura la luz que se le fue robada?

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Capítulo 1: Vicios y oscuridad.
¿Sería el amor del millonario suficiente para sacarla de la oscuridad? CAPÍTULO 1: VICIOS Y OSCURIDAD. ¿Cómo un hombre que lo tenía todo podía sentirse tan vacío? Tan rico, y a la vez, tan pobre. ¿No era acaso una ironía amarga aquello? Cuando la soledad era su única compañía, amaba pensar en la vida, recordar momentos felices, aunque, con mucha asiduidad, tenía la amarga sensación de que no había sido completamente feliz jamás. Damián nunca había terminado de comprender como la infelicidad podía estar tan aferrada a su vida. No comprendía como podía ser rico en posesiones y tan pobre de corazón. Llevaba años intentando buscar la respuesta a aquella incógnita, y no había conseguido nada, solo más vacío, uno que ni las joyas, ni el dinero, ni las posesiones, ni las mujeres podían llenar. Aquello lo preocupaba, pues cuando más creía que salía de aquel estado, una mano lo sujetaba por el tobillo, arrastrándolo, haciéndolo volver a la oscuridad. Recordó, en aquel instante, la particular conversación que mantuvo con su fallecido abuelo años atrás, en la que ambos hablaban sobre el concepto de la felicidad. Para ser sincero consigo mismo, Damián había esperado más sabiduría de un hombre tan viejo, pero fue todo lo contrario, la ignorancia brillaba en los ojos de su abuelo. «Yo te puedo asegurar que el dinero no da la felicidad», le había dicho… aquella frase tan cliché, aquella que siempre desataba el mal humor de su abuelo. Reía recordándolo. «La pobreza tampoco, Damián, la pobreza tampoco», respondía siempre el hombre. De cierta forma, tenía razón, pero a la vez no. Pues Damián era rico, su casa estaba llena de posesiones, podía comprarse cualquier cosa que deseara, podría traer a la más exótica mujer… lo hacía… y nada llenaba el vacío en su corazón. Los días se consumían como una cerilla ante el fuego, y cada vez volvía más a la oscuridad. Incluso había buscado ayuda profesional, pero no había dado ningún fruto positivo. «Siento que cuando estoy saliendo, vuelvo a la oscuridad», recordaba que le había dicho a su terapeuta. «Y para ti, ¿qué es la oscuridad?», tras esa pregunta, él recordaba un completo silencio de su parte. «Es estar mal», había simplemente respondido. Solo aquel que había intentado salir de la oscuridad de una depresión, podía entender lo que era volver a caer. De repente, el sonido de su teléfono lo sacó de sus profundas cavilaciones. El hombre sujetó el aparato entre sus manos, atendiéndolo sin antes detenerse a mirar el nombre, aunque tenía una idea vaga de quien se trataba. —¡Damián! —escuchó como desde la otra línea alguien exclamaba, comprobando que se trataba exactamente de la misma persona que él había tenido en mente. —Rafael. —Diego te invitó, ¿no es así? —cuestionó su amigo, sin ningún preámbulo. Damián jorobó una ceja, sentándose con la espalda recta. —¿Invitarme a dónde? —¿No te invitó? —¿A dónde se suponía que debía de invitarme? —inquirió el hombre, cruzando sus piernas—. ¿De qué me estoy perdiendo? —Diego se casa en unos días —respondió Rafael con cierta obviedad—. Lo sabes… lo sabes, ¿cierto? —Oh… sí, sí, claro que lo sé —mintió—. Él me lo comentó. —Respiró hondo, en realidad Diego se lo había comentado, y de hecho, lo había invitado, pero Damián no había prestado la suficiente atención a la plática como para recordarlo, y de no deberse a la llamada de su amigo, su mente seguiría igual de borrosa. —Bien, pues si te lo comentó… supongo que también te dijo que hará una despedida de soltero… Damián suspiró, empezaba a ver que camino tomaba la conversación. No le gustaba. Podía presagiar lo siguiente que su amigo diría. —Sí, sí, me dijo. —¿Entonces? —¿Entonces qué, Rafael? —¿No irás? Él permaneció por un par de segundos en silencio, sin saber que respuesta dar a aquella pregunta. No tenía nada mejor que hacer si se ponía a revisar su agenda, pero sus ánimos no eran los más elevados, mucho menos para acudir a una despedida de soltero con alguien como Rafael, la persona más extremista que alguna vez había sido concebida, no había límite que lo conociese. —No lo sé —finalmente dijo, tras reflexionarlo por unos instantes. —¿Cómo que no lo sabes, hermano? —Más adelante me decido y te aviso. —La fiesta es en como unas cuatro horas, no hay demasiado tiempo para decidir... —Es que… creo que no puedo… —O no quieres —replicó Rafael desde la otra línea—. Demonios, eres demasiado joven para estar tan amargado, ni siquiera bebes así que no tendrás que gastar nada, y si lo gastas, ¿qué demonios importa? ¿Acaso no te gusta ir a ver mujeres? —No tengo ánimos para ir a una despedida de soltero y no quiero apagar la fiesta con mi mal humor, es solo eso. Un silencio resonó desde la otra línea. —Iré por ti dentro de tres horas —dijo Rafael con firmeza, obviando las palabras de su amigo. —Pero si he dicho que… —No me importa, iré por ti dentro de unas horas, alístate. —Rafael, demonios, escúcham… Y Rafael colgó. Damián suspiró de manera estrepitosa, cerrando sus ojos y masajeando su sien. Sabía lo insistente que era su amigo. Sabía que si decía que iría a buscarlo, en realidad se aparecería en su casa y no desistiría hasta conseguir que él accediera a salir. El hombre se acomodó, meditando con más detenimiento la situación. Tal vez no era tan mala una salida para despejar la mente. El silencio y la soledad lo estaban matando. Cada vez que se sentía libre, volvía a la oscuridad, y aislarse solo era limón y sal para sus heridas. Tal vez aceptar ir a aquella despedida de soltera era una buena idea, supuso. Sin imaginar que sería la mejor decisión de su vida. Sin imaginar la sorpresa que la vida tenía preparada para él. *** Otra vez aquella sensación la asfixiaba. La sensación de que había arruinado su vida. La sensación de que su camino se había torcido hasta un grado en el que nadie conseguiría enderezarlo. Sentía que se fragmentaba, que su vida se fragmentaba y esos trozos solo podían ser llenados por drogas y sustancias que acabarían matándola más temprano que tarde. Sus ojos se dirigieron al suelo, en el que habían los restos de un espejo que ella había roto por sí misma. Las pequeñas heridas que se dibujaban en sus dedos revelaban aquello. No le gustaba su reflejo, porque en él solía ver sus ojos, y sus ojos la transportaban al pasado, en momentos en donde la vida no era tan gris, en donde no tenía que prostituirse para ganarse el alimento diario, en tiempos en donde su cuerpo era un templo y no un juego, no un objeto de miradas, de toques, de golpes. Ahora se acostaba hasta con doce hombres distintos en un día, ahora tenía tatuajes cubriéndole la piel desde el cuello hasta los pies, y lo más irónico, era que ni siquiera le gustaban los tatuajes, solo le gustaba la profunda sensación de dolor que estos le causaban al momento de ser realizados, porque el dolor físico la hacía centralizarse en aquella sensación, y olvidarse de lo mucho que dolía su alma, de las muchas heridas que guardaba por dentro. Cada exceso representa una carencia, la carencia de ella era el amor. Por eso tomaba en exceso, por eso se tatuaba, por eso fumaba, por eso se dañaba. De pequeña siempre había anhelado que un príncipe fuera a salvarla, pero al crecer, se había dado cuenta de que aquella persona no llegaría, que en lugar de príncipes, a su vida solo llegaban ogros. Era una manera demasiado gris de ver la vida, pero tras todo lo que había pasado… no podía culparse a sí misma. Elevó el vaso, le dio trago a aquel licor que tanto daño le hacía, lo sabía, pues cada vez que simplemente tragaba, su estómago rugía por auxilio, uno que ella no le daba. Cuando se sació, bajó el vaso, para luego alzar su otra mano en donde sostenía su cigarrillo, dio un par de caladas, hasta sentir como dolía, como aquello la mataba, luego lo bajó, rebuscó algo en su bolsillo y lo sacó con la desesperación que caracterizaba a un adicto, porque eso era ella. Heroína. Ella era adicta a la heroína. Adicta a muchas cosas, en realidad, pero la heroína era su Talón de Aquiles. Sin nada de preámbulo, inhaló la heroína, sintiéndose por unos momentos mejor, más feliz, más plena, aunque sabía que era necesario inhalar más que una sola línea para lograr que su felicidad fuera más duradera, por eso inhaló seis líneas. Sabía que la felicidad que le ofrecía la droga era una muy falsa, muy efímera, pero le gustaba, pues por unos momentos le hacía sentir bien, le hacía sentir la felicidad autentica que siempre anheló sentir. Felicidad antes del martirio. Así le llamaba, pues sabía que en unos diez minutos tendría que salir a buscar a un cliente. A un depravado desesperado que le ofreciera un par de centavos por su cuerpo, centavos que ella no rechazaría, porque los necesitaba con urgencia, y su cliente lo sabía. «O tomas esto, o te mueres de hambre, zorra», le decían. ¿Acaso la necesidad de drogas se le evidenciaba tanto en el rostro? Al parecer sí. Pero ella no lo sabía, ya que los espejos eran su peor enemigo. Se puso de pie, entre tambaleos, todas las sustancias que había consumido una tras otra, eran demasiado para su cuerpo, aunque, paradójicamente, este estaba acostumbrado a esa clase de abusos. Salió de su apartamento, elevó su mirada al cielo: era de noche. No sabía que hora era, perdía la noción del tiempo con demasiada facilidad. Caminó lejos de su apartamento, alejándose de las personas, adentrándose en la soledad. Solo el sonido de sus tacones se dejaba escuchar en aquella noche silenciosa. Antes le generaban demasiado miedo las noches así, ahora no había nada que le encantase más. Pronto llegó hacia el área en donde siempre solía buscar a sus clientes, los cuales eran demasiados, siempre, ya que era una muchacha preciosa como el cielo limpio, aunque por dentro, ella estaba muy sucia. Su belleza, era simple, pero al mismo tiempo, traía complejidad en sí. Era capaz de cautivar a cualquier hombre, y lo hacía, aunque ninguno se atrevía a ver más allá de la superficie, ninguno iba más allá de follarla hasta dejarla sin aliento, de lastimarla y luego arrojarle aquellos centavos que sabían que ella moría por tener. Todos se habían olvidado de amarla. Incluso ella misma. Pero de lo que no tenía idea, era de lo que el destino tenía planeado para ella, de lo que aquella prostituta de nombre Rose, no tenía idea, era de incluso tras la más oscura tormenta, el sol relucía de nuevo. Pero pronto lo sabría. Más pronto de lo que imaginaba. ¿Sería aquel hombre el príncipe azul que siempre había buscado? Pero, incluso siéndolo, ¿podría él salvarla de su infierno? ¿Sería él suficiente para sacarla de la oscuridad? Nadie lo sabía, ni siquiera el mismo destino. ✳NOTA DE LA AUTORA: Esta obra está registrada bajo safe creative. CODIGO: 2208251853125. Todos los derechos de esta historia reservados a la escritora, queda estrictamente prohibida la copia parcial o completa de este libro. Tampoco está permitida la distribución ilegal o adaptación sin el debido consentimiento de la autora. Según la ley 65-00, el plagio es un delito, sancionado por la ley. Las opiniones e ideales de los personajes en este libro no son apoyados por la autora y no se pretende ofender a nadie con ellos. Este libro relata prostitución cruda, uso de sustancias ilegales y una lucha constante por salvar a quien se ama, leer con precaución. Para más información, siganme en mi i********:: @cuevasb09.

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