—La próxima vez que intentes salvar a alguien que coquetee contigo, te daré una lección de verdad… te cogeré toda la noche sin un solo descanso. ¿Entendido? —me advirtió, apretando mis nalgas con suavidad, pero cargado de amenaza—. Soy posesivo. Y si me desobedeces, el castigo será aún más severo. —Eres cruel… —le di un golpe en el hombro, haciéndolo quejarse. —Te lo mereces —agregó con sonrisa traviesa. Su sonrisa diabólica se dibujó en sus labios mientras me recordaba: —Mañana, cuando tus pezones rojos y tu clítoris sensible te ardan, recordarás obedecerme. —Bastardo… —susurré, aunque mi corazón latía desbocado. Me besó con fuerza en los labios y me deseó buenas noches. Era la primera vez que dormíamos completamente desnudos, piel con piel bajo las sábanas. —Acuéstate en mi hombro

