—Quédate quieto —le pedí, pero no pudo hacerlo. Volvió a tirar y a pellizcar mis pezones con más fuerza. Me sentía fuera de este mundo. Un calor húmedo me recorrió las piernas; algo empezaba a gotear. Avergonzada, intenté cerrarlas, pero él volvió a impedirlo. Mis fluidos mojaban las perlas y caían lentamente. —Estas demasiado mojada… —dijo, mostrándome su mano empapada. Mis mejillas ardieron y él sonrió con malicia. —Ahora quiero abrir la otra parte de mi regalo —añadió con una sonrisa burlona. Tardé unos segundos en entender a qué se refería, y cuando lo hice, mi cara estalló en calor. —Necesito agua… —murmuré, y él soltó una carcajada. Alcancé la mesa auxiliar, bebí dos vasos llenos y luego tomé un pañuelo para secarme el sudor del rostro. También agarré otros para limpiar entre mi

