Cuando finalmente se acercaron al grupo de invitados, allí estaba el primo de Pavel, esperándolos con una sonrisa socarrona. —Hola, hermano. Qué buena obra de arte nos presentaste esta mañana —dijo, señalando la sábana expuesta. Pavel le respondió con una sonrisa típica de mafioso: ladeada, peligrosa, desafiante. Alessia bajó la mirada, queriendo desaparecer entre las baldosas del suelo. Pero entonces lo vio. A unos pasos, de pie junto al auto, con los brazos abiertos: su padre. Sin pensarlo, corrió hacia él y se fundió en su abrazo. Era su lugar seguro. Su refugio. Él le besó la mejilla con ternura. —Estoy tan orgulloso de ti, hija mía. No peleaste con él. Ahora es tu familia —dijo con una voz que la quebró por dentro. Alessia sonrió por fuera, pero por dentro se moría de vergüenz

