Terminaron de cenar, los camareros limpiaron la mesa y se retiraron. Perlita se levantó y cruzó el camarote asomándose para ver el mar a través de la claraboya. El cielo estaba lleno de estrellas, la luna había ascendido y su luz plateada iluminaba el mar, dibujando sobre éste un sendero luminoso que parecía conducir a algún país encantado. —Cuénteme qué sucedió— preguntó el Marqués, atrás de ella—. ¡Tengo que saberlo! Perlita se volvió, se sentó en una silla frente a él y le contó todo. Entonces, cuando llegó a la parte de su convenio con el sultán, exclamó: —¿Así que prometiste casarte con esa bestia para salvarme? Pero, ¿por qué, Perlita? ¿Por qué? La verdad tembló por un momento en los labios de ella, pero logró contestar con una evasiva: —¿Qué otra alternativa tenía? —Fue muy

