Cuando por fin se quedó sola, Perlita empezó a sentir miedo. Sacó de su escondite la daga que la sudanesa le había traído. Era muy afilada, pero al mismo tiempo parecía ligera y casi inofensiva. Sentía que el corazón le latía con tanta fuerza que le hacía pensar que cualquier persona cercana a ella podía oírlo. Tenía la boca seca y le costaba trabajo respirar. Sosteniendo la daga en ambas manos, se dirigió del dormitorio hacia la sala más grande del harén. El sol empezaba a descender en el horizonte y los rayos escarlata que penetraban por las ventanas se reflejaban en el piso. ¡Le pareció como si estuviera cubierto de sangre! Perlita se acercó de puntillas hasta la puerta del harén en el extremo opuesto. Sabía que la noche no tardaría en caer, como siempre sucede en los lugares tropic

