Capítulo uno
En un pequeño pueblo casi siendo la extensión de otro igual de pequeño, la vida de algunas personas iban a cambiar por completo, como las hojas del árbol de cerezo que cae cada segundo, nuestras vidas cambiarían, pero entonces no lo sabíamos, pero una vez todas nuestras partes se conectaron y lo descubrimos, era un designio, el designio de ellos.
Todo comenzó en uno de los pueblos, con una fiesta de disfraces y llena de personas desconocidas, bueno, al menos una parte de la historia comenzó allí;
Ares se había ido a la fiesta pero sin saber que debía disfrazarse así que fue al patio tomando algo de vodka con jugo de durazno en su baso. La vista a las estrellas era buena, se quedó viendo a ellas por un segundo hasta que su amigo Gerald vestido de futbolista lo arrastró adentro.
—¿Te disfrazaste de ti?—preguntó acercándose una joven disfrazada de novicia con una tierna voz pero una parte del rostro cubierto por una máscara, él buscó la mirada secundera de su amigo, pero el joven se encontraba hablándole a otra chica. Así que volvió a la joven.
—¿Novicia y con máscara?
—No combinan, lo sé, pero estoy casi segura que la chica que me invitó a la fiesta me ha dado un plantón, así que ahora agradezco tenerla, solo me verán la mitad de lo estúpida.
—Bueno, yo en realidad no sabía que se trataba de disfraces—rió él desviando la mirada a su baso.
Ella se rió levemente pero no burlona, sino con gusto genuino de haber comenzado la conversación, lo cual era rarísimo porque a Ares no se le daba muy bien con las chicas y no era especialmente un joven que resaltase.
—Bueno, siempre puedes venir por la comida—dijo riendo ella.
Él sonrió.
—No lo pensé, debería disfrutar más ésta noche entonces—dijo él tomando unos cheetos.
—¿Comiendo?—inquirió ella entre risas.
—¡Sí!—dijo él asintiendo con la cabeza y sonriendo.
—¿Cómo te llamas?—preguntó ella puntual.
—Ares, ¿y tú?
—Tabitta.
—Tienes un nombre muy bonito—agregó él pero luego volvió la mirada a su baso—.Yo soy Ares.
—Gracias, de todas formas. Tú también tienes un nombre bonito—dijo ella sonriéndole.
—¿Y a que clase vas?—insistió él.
—Huh...no voy a la escuela, estudio en casa.
—¿Y como conociste a la chica que te dio el plantón?
—La seguí en i********:, parecía muy buena.
—¿Cual es tu i********:?
—No te preocupes, no subo nada importante, creo que tampoco lo usaré más.
—¿Y dónde vives? ¿Cómo te podría encontrar? Digo, si quisiera...
—Esa es mucha información—rió ella.
—Sí, lo siento, es que no se me dan las fiestas y ehm, las personas en general...
—No te preocupes, yo tampoco suelo venir a éstas cosas, incluso debo irme...
—¿Y cómo volveré a hablar contigo? Digo, si quieres...
Ella asentió con la cabeza y sonrió diciéndole;
—Yo te buscaré.
—¿Enserio?—preguntó extrañado.
Ella volvió a asentir con la cabeza y luego se perdió entre la multitud.
Mientras que en el otro pueblo, el vecino, una joven artista llamada Serena se encontraba en su pasantía en una importante galería de arte, su jefa había contratado un catering y un sofisticado grupo de músicos para la presentación de la noche.
Serena suspiró, la noche era aburrida según sus estándares, las pinturas eran otro artista reconocido o al menos, más que ella, intalentoso ni brillantez en su trabajo y solo pudo disfrutar de la música cuando un pianista comenzó un solo suyo con una pieza que le recordaba algunas cosas, pero no sabía cuales eran. Se encontró a si misma viéndolo estupidamente a un sujeto de treinta y tantos con barba descuidada tocar piano como si fuera por un minuto aquella galería el coliseo romano y ella solo disfrutaba de ver la magnanimidad.
El hombre dejó de tocar y tan pronto lo aplaudieron dejó de tocar y salió de la galería, lo que la decepcionó de alguna manera extraña. De pronto se sintió ruborizada y casi envuelta en aquella melodía así que salió a retomar la compostura y allí lo vio, junto a la puerta, fumando un cigarrillo.
—¿No se había marchado?—preguntó ella sorprendida al verlo.
—No pensé que me echarían de la calle—rió el hombre.
—No, no lo estoy echando—rectificó ella.
—Pues eso parece—dijo él volteando la mirada a la nada.
—Solo salí un momento a tomar aire.
—La entiendo, después de todo esas pinturas son un dolor de cabeza.
Ella echó una carcajada, el hombre levantó una ceja.
—¡Hasta que alguien lo dijo!
El hombre solo rió.
—No debería trabajar para personas que no piensan lo mismo que usted.
Ella se llevó la mano a la cabeza y recostándose contra la pared.
—Como si pudiera hacer eso. Hago una pasantía—espetó ella.
Él asintió con la cabeza apagando su cigarro.
—Pues debe ser difícil trabajar en ambientes que no te gustan, hace tiempo solo dejo que mi único dolor de cabeza sea mi propio pesimismo.
—Su música...—intentó decir ella.
—Mi música—asentó él.
—Estuvo bien...
—¿Bien?
—Bueno, muy bien—dijo ella sonriendo.
Él echó otra carcajada.
—Es más que solo muy bien...
—Que modestia—replicó ella.
—No me importa caerle en gracia, soy un pianista no un imbécil. De todos modos, ya me iba—dijo tirando su cigarro y echando a andar.
—Espere...—arrulló ella.
Él voltea a verla.
—¿Cree que es posible vernos otra vez?—preguntó con timidez.
—Lo pensaré—dijo él epítome.
—¿Lo pensará?—inquirió ella.
Él sonrió con la mirada cabizbaja, como quien hace una travesura.
—Sí, ¿trabajas entonces en esta galería?
Ella asintió con la cabeza.
—Sabré encontrarle—dijo él volviéndole a dar la espalda.
Y se marchó, entre las calles y el gentío.
La dicha estaba echada, nada era casualidad como para nada lo son los planes de la vida. Todas éstas personas estarían a punto de cambiar para siempre y conocer el júbilo, pero entonces, ellos tendrían que solo ayudar un poco, no podrían decir que todo estaba echado, el azar hacía que las personas creyeran que tuvieron libertad alguna vez, y los ciudadanos de estos dos pueblos en algún momento los conocerían, y no lo entenderían, sino a lo último, que todo lo hecho sería voluntad de Dios y sus mensajeros.