Sasha y Alice planeaban vivir su amor felizmente en aquella iglesia abandonada hasta que pudieran comprar una casa, pero entonces la vida les había dado la bendición de que Alice estuviera embarazada. —¡No puedo creer que seremos padres! —No puedo creer que seguimos viviendo en una iglesia—rió ella mientras Sasha no paraba de besarla. —Me has hecho el hombre más feliz del mundo. —¿Sabes lo importante que es?—preguntó ella dudosa. Él la tomó de las manos y asintió con la cabeza. —Que seremos una familia. Pero aquel día llegó, mientras Sasha terminaba su jornada laboral de repartidor de pizzas, ella, su amada Alice estaba en trabajo de parto y sabía que no llegarían al hospital, ya que la iglesia estaba en las afueras del pueblo, pero ella fue valiente y pujó lo suficiente y con

