Eran puras paradojas, el simple hecho de que todo saliera sin hacer un plan. Había descubierto cierta verdad que probablemente, si jamás hubiera conocido mi verdad, jamás hubiera pasado por todo lo que pasé. Pero, ¿qué más podía yo hacer? Mi destino estaba escrito, para bien o mal, eso no lo sabía. Que hasta ese momento, tuve que reaccionar lo peligroso que todo realmente era. Y jamás en mi vida me imaginé eso. Apenas era una niña, que debía pasar su eternidad con la edad a la que se le había asignado. Con un destino que jamás eligió, y que peor de todo: Una vida llena de enemigos, constantes enemigos que siempre nos perseguían. Después de lo conversado con mi madre, me limpié las lágrimas de haber llorado tanto esa tarde. Había elegido el peor camino, pero todo lo había hecho por mí.

