—Gracias por aceptar verme. —dijo Marcelo, tomando mis manos con delicadeza. —Siempre estaré para ti, Alex. ¿Qué ocurre? —el miraba mis ojos, intentando descifrar el tormento en ellos. —Me siento muy mal y no puedo hablar con nadie. —mi voz temblaba, y el nudo en mi garganta se hacía más fuerte. —Y yo, ¿qué? Alex, no quiero que nuestra relación sea incómoda. A pesar de lo que siento por ti, podemos ser amigos; incluso me puedes hablar de John. —sus palabras fueron un intento de ofrecerme consuelo, pero se sentían como un suave empujón hacia la realidad que no quería enfrentar. —De lo último de lo que quiero hablar es de John. —murmuré, sintiendo un frío recorriendo mi espalda. —¿Te hizo algo? —preguntó con preocupación, frunciendo el ceño. Negué con la cabeza, sintiéndome atrapada en

