John se acercó a mí lentamente, su expresión cargada de preocupación. Con suavidad, bajó mi arma, que temblaba en mis manos como gelatina. —Está bien, dámela —dijo él, su voz era firme pero suave. —Era él o tú. Yo no quería —dejé caer todas mis lágrimas, sintiendo la angustia ahogar mi pecho. —Lo sé —me abrazó con fuerza, como si intentara protegerme de la realidad—. Me salvaste, fresita. Mientras John tomaba el arma y la limpiaba con su chaqueta, mi mente estaba en un torbellino de emociones. —¿Qué haces? —pregunté, sintiéndome un poco perdida. —Nada —respondió, y continuó abrazándome, tratando de brindarme consuelo. En minutos, la policía llegó al lugar. Me sorprendí al ver que Marcelo y Sebastián también estaban allí. Mi tío—bueno, más bien, mi padre—se acercó a mí y me abrazó co

