Felipe no era como los demás.
No tenía la seguridad silenciosa de Andrés.
No tenía la intensidad confundida de David.
Felipe era ruido, pero un ruido agradable, al menos para Natalia.
Era parlanchín, divertido, esa clase de persona que se ríe todo el tiempo incluso cuando nadie terminó el chiste. Tenía un carisma brillante y una energía casi eléctrica, hablaba rápido, con las manos, con los hombros, con el cuerpo entero. Caminaba como si el mundo fuera un escenario y él estuviera perfectamente cómodo en el centro.
Y eso, en lo personal, a mí no me daba confianza, para mí era demasiado falso, el silencio y la soledad nos enseñan a conocernos, y el hecho de que él no pudiera estar un segundo callado me hacía dudar y pensar en cuántos monstruos guardaba y tenía miedo de enfrentar en silencio, ojalá lo hubiera juzgado mal.
Aparentaba ser demasiado abierto, demasiado seguro, hablaba de sus ex novios y ex novias con naturalidad. Porque sí, era bisexual. Decía “mi ex” sin género, y eso le daba una libertad que yo no entendía del todo. Digo no es que me molestara su sexualidad, pero había algo en su tono que parecía buscar aprobación, aunque aparentaba no necesitarla.
Natalia, en cambio, sí parecía necesitarlo a él. Ella estaba maravillada, explorando la mentalidad abierta de Felipe, ella era la primera en reír, y no solo eso, era la que reía más fuerte, tanto que la desconocia.
Natalia aún en la universidad seguía teniendo cuerpo de niña, voz de niña y actitud de niña, perfecta para un hombre de 4to año, bisexual, que no tenía preferencias físicas, que tenía todo lo que Natalia parecía disfrutar y además la trataba como una mujer.
Empezaron a pasar juntos después de clases,
en los descansos, antes de clases, en la biblioteca y los fines de semana.
En poco tiempo el estaba llenando todos los espacios que antes eran de nosotras, y no me molestaba, aunque para ser bastante sincera me sentía sola, pero más que eso, era que la estaba viendo desde lejos intentar comerse el mundo de un bocado, era mi amiga, mi única amiga y no la quería ver caer luego de intentar correr.
Pero era inevitable ella ya no tenia tiempo para escuchar mí, cada vez eran más constantes las veces que yo llegaba al campus y ella ya estaba con él, salía del salón y ella ya estaba con él, me quedaba un poco más para hablar con ella y ella corría tras de él y cuando de casualidad me acercaba
—¿Van a comer? —preguntaba yo.
—Sí, pero ya habíamos quedado —respondía ella, como si fuera obvio.
No lo hacía con malicia, quizá no era para que yo no me le acercara, quizá solo el tiempo con él le parecía corto, y la entendía pero la frecuencia con la que me dejaba de lado empezó a doler.
Natalia y yo dejamos de ser una constante, así que también empecé a hablar más con algunos compañeros.
Misael, que era tranquilo, cariñoso y metódico.
Walter, que siempre tenía opiniones polémicas y era bastante infantil e inmaduro.
Oliver, que era más callado, sentimental y atento.
Hablábamos de tareas, de profesores, de memes y chistes del salón.
Pero son chicos, y sin duda no es lo mismo, aunque me tuve que acostumbrar, hasta que realmente se volvieron mi compañía.
Mientras tanto, Natalia parecía expandirse cada vez más, ella prefería nadar con peces grandes, ya no solo con Felipe también con estudiantes de segundo, tercero, cuarto y quinto.
Entraba a un lugar y saludaba a cinco personas
yo entraba al mismo lugar y me sentía en otro mundo, la mayoría que conocí de grados mayores eran porque Natalia me los presentaba, aunque he de confesar que jamás encajé.
Era incómodo para mí, no solo me desplazó, parecia disfrutar más y sentirse mejor con sus nuevas amistades, ahora no lloraba, no se veía débil, y esa era la única parte en toda la situación que me agradaba.
Una tarde la esperé afuera del edificio.
Salió riendo con Felipe.
Él la abrazaba por los hombros.
Ella no me vio hasta que estuve frente a ellos.
—Ah, hola —dijo, sorprendida.
—Hola.
Felipe sonrió.
—¿Vienes con nosotros?
—No sabía que iban a algún lado.
Natalia me miró.
—Te lo dije ayer.
No me lo había dicho, ni siquiera nos habíamos visto ayer pero no discutí.
—Lo olvidé, tengo mucho en la cabeza —dije disimulando.
Felipe empezó a hablar de algo irrelevante, algo a lo que no puse demasiada atención solo les escuchaba y sentía que estaba en una conversación que no me competía así que como pude, huí.
Con el tiempo, empecé a caminar sola más seguido, a veces con David quien seguía llorando por Natalia, pero sin duda disfrutaba más caminar sola.
Una tarde de las que ya no eran comunes, estábamos sentadas en una banca, solas, sin Felipe. Solo nosotras.
—Me estás dejando de lado —le dije.
Natalia frunció el ceño.
—¿Qué?
—Te estás yendo con todos, tienes tiempo para todos y no para mí, tienes tiempo para felipe y para todos tus amigos que conociste hace poco… y no te importa como yo me sienta.
Ella se quedó mirándome como si no entendiera.
—No te estoy dejando sola, estamos en la uni, crecimos, cuando uno crece las cosas cambian.
—Si, sé que crecimos, el problema no es que tengas novio y amigos, el problema es que me haces sentir que deje de existir.
Silencio.
—Estás exagerando.
—No, no lo estoy...
Ella suspiró y me interrumpió
—No puedo dejar de vivir mi vida porque para tí los cambios sean abrumantes, y no toleres no tenerme todo el tiempo pegada a tí.
Esa frase me golpeó.
—No se trata de eso.
—¿Entonces de qué?
Respiré hondo.
—Se trata de que ya no parecemos amigas, estás dejando tirados nuestros 7 años de amistad.
Natalia me miró.
Y por primera vez vi algo distinto en sus ojos.
Defensa.
—Genial, usando nuestra amistad para chantajear, Dime la verdad ¿Estás celosa?
La palabra cayó pesada.
—No.
—Sí lo estás.
—No estoy celosa.
—Estás sola —dijo ella—. Y eso no es mi culpa.
Ahí fue cuando sentí el cambio real, ella lo dijo como si lo disfrutará, como si verme sola la hacía sentir superior a mí.
—No estoy sola —respondí, más fría de lo que quería.
—Entonces deja de actuar como si lo estuvieras.
Se levantó y sé fue mientras yome quedé sentada, pensando en algo que no quería admitir:
Tal vez no estaba sola pero nosotras estaba a punto de acabar.
Esa noche caminé con Misael y Walter hasta mi casa. Reí con Oliver por las estupideces que se le ocurrían, pero me sentía distinta, Natalia seguía siendo mi mejor amiga, no estaba sola, pero notaba que Natalia no estaba, aunque ella nunca notó mi ausencia.