MISAEL

1235 Palabras
Mis días sin duda mejoraron, me adapte a su ausencia mejor de lo que creí, de pronto llegó alguien como puesto por Dios a mi vida, él me enviaba mensajes, me recordaba las tareas, me llamaba y me hacía reír hasta que me dolía el estómago. Alguien que hizo magia con el vacío que dejó mi amistad, ese alguien fue Misael. Misael era el equilibrio hecho hombre, era divertido, masculino, tenía una energía bonita, siempre estaba sonriendo, tenía buen humor y esperaba cada día con ansias, era elocuente como ninguno, siempre tenía algo que decir, siempre encontraba la forma de convertir una conversación simple en una carcajada, no era el más alto del grupo, ni el más atlético, ni el más guapo. Aunque si era el más agradable. Salvaje con los hombres pero demasiado respetuoso y servicial con las niñas. Especialmente conmigo, algo que no encontraba fácilmente en un hombre de su edad. Tenía dos hoyuelos preciosos que se marcaban cada vez que sonreía —y sonreía todo el tiempo—. Profundos, definidos, casi exagerados. Eran el tipo de hoyuelos que hacían que cualquier gesto pareciera más amable. Y sus pestañas… sus pestañas eran absurdamente largas. Oscuras, curvadas, naturales. Más largas que las mías, y eso me indignaba. —Te voy a robar las pestañas —le decía acercándome demasiado a su cara. —¿Para qué las quieres? —respondía riéndose, y ahí aparecían los hoyuelos otra vez. —En mis ojos se verían mejores, no es justo. Regálamelas. —No. son mías, las uso para conquistar chicas —Decía mientras reía. Misael era un hombre, y con hombres estaba en su hábitat primitivo, se reían de cosas que no daban risa, hablaban obscenidades, retos infantiles que les parecían divertidos sólo a ellos. En fin, HOMBRES haciendo cosas raras de hombres. Pero conmigo, el tono era otro, me jodia, jugaba, bromeaba y me cuidaba, eso era extraño para mí, porque siempre había sido yo quien cuidaba a los demás. —¿Ya comiste? —me preguntaba serio. —Sí. —Mentira. Traes aliento de dragón en ayunas, vamos a comer algo. me llevaba a la cafetería aunque yo insistiera en que no tenía hambre. Se me acercaba mucho cuando hablábamos. Se inclinaba para escuchar mejor, y si ponía atención, me tocaba el hombro cuando me reía, era realmente cómodo estar con él. Si alguien decía algo incómodo frente a mi, intervenía de inmediato con un: —Ey, con ella no. Mientras Natalia disfrutaba de su relación con Felipe, mientras ella expandía su círculo social, yo encontré algo distinto... Un refugio, Misael. Me sentía tan bien y cómoda que empezamos a pasar tiempo juntos casi sin notarlo, primero estudiábamos en grupo, luego él me esperaba afuera del salón, caminábamos juntos aunque nuestros caminos no fueran exactamente los mismos, me acompañaba a casa aunque tuviera que caminar el doble después de dejarme. —Buenos días, señorita dormilona—me decía burlándose de que llegaba tarde. —Buenos días, tonto. —Tonto pero no tuyo.—decía riéndose. Misael fue uno de los primeros en sacar cosas de mi que ni yo conocía, por fin no me daba pena nada, al menos con él. Cantábamos canciones baladas en ingles, especialmente las de Ed Sheeran y vaya que era demasiado feliz en ese momento. —Cantas lindo—me decía. —Tú no —Respondí antes de sacarle la lengua. —Te encanta, ya sé. Nos reíamos de todo, de profesores, de errores en código, de situaciones incómodas y de otras que quizá no deberían de darnos risa pero igual nos reíamos. Con él me sentía libre, no me veía como competencia, no me juzgaba por ser perfecta o no serlo, no tenía que demostrar nada más que afecto, y alentarme a hacer cosas que de otra manera nunca hubiera hecho. Misael se preocupaba por estar, y siempre estaba para mí. Una tarde estábamos sentados en el piso del edificio, porque no queríamos entrar a clase. —¿Sabes qué me gusta de ti? —me dijo de repente. —Que soy brillante y hermosa, ya lo sé. Se rió. —Que eres sincera, inocente y buena, me gusta que hagas todo sin dobles intenciones. No entendí en ese momento cuánto significaba esa frase, pero algo en mi estómago se paralizó. Misael me contaba todo, sus novias, sus ligues y sus intentos fallidos. —Estoy hablando con una de segundo —me dijo un día. —¿Puedo verla? —Claro, mira —Me muestra una foto en su móvil. —No Misael, ella no se toma en serio las relaciones. —Conmigo será diferente. —Bueno, si resultas uno más del montón no vengas aquí llorando, porque te voy a patear el trasero. —Eres peor que mi mamá. Dos semanas después: —Ya no hablo con ella —¿En serio? —Sí. Tú dijiste que no. —Pero yo no te mando. —Me das más miedo tú, que lo que me gustaba ella. Y lo decía sonriendo, mientras la bloqueaba de todos lados. Luego, literalmente me preguntaba: —¿Te cae bien ella? —Más o menos. —Entonces no. Yo me reía, pero en el fondo me sentía bien, al fin alguien tomaba en cuenta mi opinión, y sin preguntar demasiado, no porque me hiciera sentir poderosa, sino, porque me sentía su amiga, alguien en quien el confiaba tanto que ni lo dudaba. Después de tanto juntos, nos empezamos a convertir yo en uña y el en mugre y a veces también al revés. Si iba a la biblioteca, él iba conmigo, si salía del campus, él caminaba conmigo, si tenía un mal día, lo notaba antes de que yo lo dijera. —Te veo rara —No, estoy normal. —Sí, algo te paso, ¿estás bien? —Un poco. —Ven. Y me abrazaba sin preguntas largas. Mientras Natalia pasaba cada vez más tiempo con Felipe, yo ya no la esperaba afuera de clase. Tenía a Misael, empezamos a caminar juntos tan en automático que la ausencia ya no se sentía, me sentía querida, y no solo eso, yo también lo quería, demasiado. Él estaba ocupando un lugar demasiado importante en mi vida. Un día, mientras caminábamos, me dijo: —¿Te das cuenta que siempre estamos juntos? —Pues si, siempre me estás siguiendo —Le dije bromeando. —Justo te iba a preguntar que porque me seguías —Dijo riéndose —Tonto, tu eres el que está caminando a mi casa —Me reí. —Ya sé, ponme atención a lo que te diré—Empieza a hablar más serio. Si alguien te hace algo, me lo dices. —Lo dice serio. —¿Y tú qué harás? —Tu prométeme que me lo dirás —Dijo más serio que antes Lo dijo serio. —Te lo prometo. Había algo limpio en nuestra amistad, tan limpio que se sentía lindo. Misael me dejó en casa y se fue, yo entré y por una vez después de días pensé en Natalia y sentí pena por ella, yo no estaba acumulando mil amigos, ni hice crecer mi círculo social, tenía un solo amigo, uno que era suficiente, uno que no me hacía sentir vacía, uno con el que no estaba a la defensiva, uno en el que podía confiar, y eso valía más que todos los amigos que ella tenía.
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