ATENCIÓN

1014 Palabras
Llegamos a la universidad como si hubiéramos sobrevivido a algo. Como si el colegio hubiera sido una etapa demasiado pequeña para todo lo que queríamos sentir. El primer día olía distinto. A concreto caliente. A hojas nuevas. A independencia. Natalia caminaba a mi lado con una seguridad que no le había visto antes. Su cuerpo no había cambiado mucho con los años. No tenía curvas marcadas. No tenía cintura pequeña. No tenía cola pronunciada ni pechos que llamaran atención por sí solos. Seguía teniendo esa figura casi adolescente. Pero había algo en ella que sí había evolucionado: Un ángel. No sabría cómo llamarlo de otra forma. Una energía que exigía atención. No desde el cuerpo. Desde la presencia. Cuando entramos al salón por primera vez, yo sentí las miradas. Primero la vieron a ella. Después a mí. Ingeniería Informática. Yo lo había elegido porque me gustaban las computadoras. Usarlas. Entenderlas un poco. Aunque, si era honesta, no sabía tanto como fingía. Y también porque esa era la carrera que Natalia había escogido. El salón tenía treinta y dos estudiantes. Ocho mujeres. Nosotras incluidas. El resto eran hombres. Hombres jóvenes. Curiosos. Atentos. Y la dinámica cambió en segundos. Un chico alto, de lentes, fue el primero en hablar. —¿Ustedes vienen juntas? Natalia sonrió antes de que yo respondiera. —Sí. Somos equipo desde hace años. —Eso es ventaja —dijo él riendo. —Depende —respondió ella inclinando la cabeza—. A veces me gana en todo. Lo dijo mirándome. Pero la frase estaba dirigida a él. Otro chico se acercó. —¿De verdad les gustan las compus o vinieron a probar suerte? Natalia abrió los ojos exageradamente. —¿Eso fue machista o es tu forma de ligar? El chico se sonrojó. —No, no… solo preguntaba. Ella rió. No molesta. Juguetona. —Me gustan. Mucho. ¿Y a ti? —También. —Entonces vamos a ser competencia. Lo dijo con una sonrisa desafiante. Pero no hacia mí. Hacia el mundo. Yo observaba. No estaba compitiendo. No estaba midiendo. Estaba absorbiendo el cambio. En el colegio éramos dos entre cientos. Aquí éramos ocho entre veinticuatro. Y eso alteraba el equilibrio. En la primera clase, el profesor pidió que nos presentáramos. —Nombre, por qué eligieron la carrera y qué esperan lograr. Natalia levantó la mano casi de inmediato. —Soy Natalia. Elegí esta carrera porque me encantan los retos y porque quiero demostrar que no es solo para hombres. Hubo murmullos aprobatorios. Ella brillaba. No por lo que decía. Por cómo lo decía. Yo hablé después. —Soy… —dije mi nombre—. Siempre me han gustado las computadoras. Quiero aprender más. Más simple. Más real. Pero el salón seguía orbitando alrededor de ella. En el descanso, tres chicos se acercaron. —¿Van a estudiar juntas siempre? —preguntó uno. —Depende de quién invite el café —respondió Natalia. —Yo invito. —Yo también. —Ey, yo fui primero. Ella se reía. No coqueteaba como en el colegio. Era distinto. No estaba desesperada. Estaba disfrutando. Había algo nuevo en su energía. No buscaba que uno la eligiera. Disfrutaba que varios la miraran. Una tarde, estábamos en la biblioteca. Un chico llamado Andrés se sentó frente a ella. —¿Te ayudo con eso? —¿Sabes hacerlo mejor que yo? —preguntó ella sin dejar de escribir. —Tal vez. —Entonces sorpréndeme. Él se inclinó más cerca. Demasiado. Pero Natalia no se movió. Sonrió. Le sostuvo la mirada. Yo la observaba como quien ve una versión evolucionada de alguien. Ya no era la chica que lloraba por no tener novio. Era la chica que sabía que podía generar interés. —¿Siempre hablas así? —le preguntó Andrés. —¿Así cómo? —Como si supieras algo que los demás no. Natalia bajó la voz. —Porque lo sé. Él se rió nervioso. Ella no. No había competencia conmigo en ese momento. No estaba tratando de invalidarme. No me interrumpía. No me contradecía. Simplemente estaba feliz. Feliz de ser vista. Feliz de no ser invisible. Feliz de que el escenario fuera más grande. Un día, mientras salíamos de clases, me tomó del brazo. —¿Te das cuenta? —¿De qué? —Aquí nadie sabe quién era yo antes. Yo la miré. —Nadie sabe nada de nosotras. Ella sonrió. —Exacto. Esa palabra tenía peso. Exacto. En la universidad no existían las humillaciones del colegio. No existía Fernando. No existía el profesor. No existían las risas del pasillo. Aquí éramos nuevas. Y Natalia estaba decidida a reescribir su historia. Una noche salimos con algunos compañeros. Nada formal. Una reunión pequeña en un apartamento compartido. Había música. Risas. Cerveza barata. Natalia llevaba el cabello suelto. Un maquillaje más seguro. No más cargado. Más consciente. Un chico le dijo: —No pareces de informática. Ella arqueó una ceja. —¿Cómo debería parecer? —No sé… más nerd. Natalia dio un paso hacia él. —Tal vez soy nerd y tú no lo sabes. El chico se quedó sin palabras. Ella se giró hacia mí, divertida. —¿Ves? —susurró—. No es tan difícil. Yo sonreí. —¿Qué cosa? —Disfrutar. Y por primera vez en años, no sentí envidia. No sentí competencia. Sentí alivio. Porque Natalia no estaba obsesionada con uno. Ni con dos. Estaba fascinada con todo. Con el ruido. Con las posibilidades. Con la atención múltiple. Con el hecho de que el mundo no la estaba rechazando. Yo caminaba a su lado mientras salíamos esa noche. —Te ves feliz —le dije. Ella me miró. Y esta vez su sonrisa fue limpia. —Lo estoy. Silencio. Luego añadió: —¿Sabes qué es lo mejor? —¿Qué? —Que aquí nadie me conoce lo suficiente como para subestimarme. Yo asentí. Pero mientras la escuchaba reír con otro grupo más adelante, una idea pequeña se acomodó en mi mente: Cuando alguien aprende que puede gustar a muchos… también aprende que puede elegir. Y elegir cambia todo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR