SUERTE

1288 Palabras
Pasaron meses. Luego años. Y contra todo pronóstico, después de Río, después de David, después del profesor, después de todos esos ciclos de lágrimas y obsesiones, nuestra amistad siguió. Siguió igual. O quizá… mejor. Hubo un tiempo en el que Natalia y yo nos volvimos un mundo pequeño y cerrado, un refugio adolescente donde nada parecía tan grave si nos reíamos lo suficiente. Salíamos solo ella y yo. Caminábamos sin rumbo. Comprábamos cosas pequeñas solo por el placer de hacerlo. Nos reíamos de todo. De todos. De nosotras mismas. A veces me sorprendía lo fácil que era estar con ella cuando no había hombres de por medio, cuando no había competencia invisible, cuando solo existíamos como dos chicas intentando sobrevivir al ruido del mundo. Yo empecé a cambiar. O más bien, empecé a mostrarme. Porque siempre fui así, solo que no con cualquiera. Cuando tengo confianza, me vuelvo más transparente, más divertida, más sociable. Es como si mi personalidad real necesitara un espacio seguro para salir. Con Natalia, durante un tiempo, ese espacio existió. Nos desvelábamos hablando. Ella se quedaba en mi casa más seguido. Veíamos películas sin prestar atención. Comíamos cualquier cosa a medianoche. A veces nos reíamos hasta que dolía el estómago. —Te juro que nadie me hace reír como tú —decía Natalia, tirada en mi cama. Yo sonreía. —Porque tú lloras por todo y yo me río por todo. Balance perfecto. Ella me lanzaba una almohada. —Cállate. Era bonito. Era simple. Y quizá por eso me relajé. Quizá por eso bajé la guardia. Con el tiempo, Natalia empezó a conocer a mi familia. Mi mamá la saludaba con cariño. Mi papá la llevaba a veces con nosotras cuando salíamos. Mi casa dejó de ser solo mi casa y se volvió un lugar familiar para ella también. Pero fue ahí… exactamente ahí… cuando empecé a sentir algo raro. No fue un evento. No fue una frase. Fue una sensación. Una vibración sutil. Como si algo dentro de Natalia se tensara cuando entraba a mi mundo. Yo no era millonaria. Nunca lo fui. No tenía una vida de lujo. Pero había cosas que yo había dado por normales porque crecí dentro de ellas. Jamás vi a mis padres preocupados por pagar el alquiler. Jamás escuché conversaciones desesperadas sobre dinero. Mi padre me recogía y me dejaba en todos lados, así que casi nunca andaba en transporte colectivo. Siempre llevaba suficiente dinero cuando salía, porque a mi mamá le preocupaba demasiado que algún día no tuviera. Especialmente porque yo no era de pedir. Yo nunca pedía nada. Y quizá por eso ella me daba sin que yo lo solicitara. Un billete extra en mi bolso. “Por si acaso.” Una comida pagada sin que yo lo notara. “Por si te da pena pedir.” Yo crecí con esa tranquilidad. No la valoraba porque no sabía que era un privilegio. Pero Natalia… Natalia sí lo sabía. Porque Natalia y yo no teníamos la misma suerte. A sus padres les costaba más. Su casa era tres veces más pequeña que la mía. A veces no había suficiente. A veces había que elegir. Yo lo notaba en detalles pequeños: Cómo miraba los precios antes de comprar algo. Cómo dudaba antes de pedir comida. Cómo decía “no tengo hambre” cuando claramente sí. A mí me daba igual. Nunca pensé que eso definiera nada. Pero para ella… para ella era injusto. No lo decía en voz alta. Nunca me dijo: “te envidio.” Nunca me dijo: “no es justo.” Pero había preguntas que se quedaban flotando en sus ojos. ¿Por qué tú? ¿Por qué a ti sí? ¿Por qué yo no? Una tarde, estábamos sentadas en la sala de mi casa. Mi mamá hablaba desde la cocina. El ambiente era cálido. Familiar. Natalia miraba alrededor como quien mira un escenario. —Tu casa es bonita —dijo, de repente. —Gracias —respondí, sin pensar demasiado. Natalia sonrió, pero su sonrisa no llegó del todo. —Debe ser lindo… no preocuparse. La miré. —¿Preocuparse por qué? Ella se encogió de hombros. —Por todo. Su tono fue ligero, pero su mirada no lo era. Yo no insistí. No porque no me importara, sino porque había cosas que Natalia decía como quien deja caer una piedra al agua y espera ver cuánto se hunde. Desde siempre, Natalia soñó con ser influencer. Lo decía como un destino inevitable. —Yo voy a ser famosa —decía, riéndose—. Vas a ver. Yo la miraba divertida. —¿Famosa de qué? —De mí —respondía ella, como si fuera obvio. Le gustaba la idea de ser vista. De ser admirada. De ser elegida por miles, si no podía ser elegida por uno. Yo nunca tuve ese sueño. A mí me gustaba escribir, observar, existir sin tanta exposición. Pero Natalia necesitaba el foco como si fuera oxígeno. Y entonces, un día, mi padre me regaló una cámara de video. No fue un regalo enorme. No era la mejor cámara del mundo. Pero era una cámara real. Profesional para una adolescente. Cuando la vi, sentí una emoción infantil. Como si de pronto tuviera un pedazo de futuro en las manos. —¿Para qué es? —pregunté, sorprendida. Mi papá sonrió. —Para que grabes lo que quieras. Para que hagas algo tuyo. Yo la sostuve con cuidado, como si fuera frágil. Me sentía feliz. Y mi primer pensamiento fue Natalia. Pensé: esto le va a encantar. Pensé: esto es perfecto para ella. Yo no quería ser influencer, pero ella sí. Así que cuando vino a mi casa, corrí a mostrársela. —Natalia, mira. Ella se acercó. —¿Qué es eso? —Mi papá me regaló una cámara. Natalia se quedó quieta. —¿Una cámara? —Sí —dije, emocionada—. Es buenísima. Pensé que podríamos usarla para tus videos, para que empieces lo de influencer. Esperé su reacción. Esperé alegría. Esperé gratitud. Esperé que saltara, que gritara como siempre. Pero Natalia… Natalia se quedó mirando la cámara como si fuera un insulto. Su rostro cambió. Más drásticamente que otras veces. Fue un segundo. Pero yo lo vi. Una sombra. Una tensión. Una pregunta no dicha. Yo bajé un poco la cámara. —¿Te gusta? Natalia parpadeó. —Sí… claro. Pero su voz era plana. Yo sentí un frío extraño. —Pensé que te haría ilusión. Natalia sonrió, apretada. —Es que… qué suerte tienes. Ahí estaba. La palabra. Suerte. Como si todo lo mío fuera azar. Como si no fuera simplemente vida. Yo intenté reír. —No es suerte, es un regalo. Natalia inclinó la cabeza. —A mí nunca me regalarían algo así. La frase cayó suave, pero pesada. Yo no supe qué decir. Porque en ese instante, por primera vez, sentí algo que me asustó: No era que Natalia quisiera la cámara. Era que Natalia quería lo que la cámara significaba. La facilidad. El apoyo. La posibilidad. Y yo… yo era un recordatorio constante de que ella no tenía lo mismo. Mi emoción se apagó un poco. Natalia tocó la cámara con la punta de los dedos, como si no quisiera ensuciarse. —Está bonita —murmuró. Yo la miré. Y por primera vez, en medio de mi propia casa, con mi familia cerca, con todo aparentemente normal… sentí que Natalia no era mi amiga. No completamente. Sentí que algo en ella me estaba mirando desde otro lugar. Un lugar donde la amistad se mezcla con la comparación. Un lugar donde el cariño se mancha con injusticia. Y entendí, con una claridad silenciosa, que hay envidias que no gritan. Solo se quedan. Esperando.
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