–Tenemos que llamar a Carlton –mencionó Jesse. –No podemos llamar a Carlton –comenté –. Si el guardía de allá afuera se entera, estamos acabadas. Miré el desastre alrededor, miré mis manos, tenían ese líquido rojo, era la primera vez que acababa con la vida de alguien y por alguna razón no me sentía culpable, probablemente porque se lo merecía, cerré mis manos. –Necesito limpiarme –recordé a mi padre llegando a casa igual y la ama de llaves le tenía lista una toalla –. Ve por una toalla, entre menos ensuciemos será más fácil. Jesse me miró. –¿Por qué te ves tan tranquila? –cuestionó. –No es la primera vez que veo algo así, mi padre… –Sí, ya entendí. Se dio la vuelta y al poco tiempo regresó con una toalla, me limpié como pude y me cambié de ropa. –Tenemos que deshacernos

