"Cuanto más dolorosas son las consecuencias de la ira, que las acciones que la han originado."
—Marcial
Santiago al salir del hospital. Sabía que Mariam tenía razón. Era un irresponsable al no atender sus obligaciones. Sus hermanos, Johan y Theodore, dependían de él. La banda, Stellar Echo, era un engranaje perfecto que no podía funcionar sin sus tres partes. Una parte de él le gritaba que regresara con sus hermanos, que cumpliera con su deber, que la música había sido una parte importante de su vida. Pero una parte más profunda, más visceral, le exigía que hiciera un "U" en la carretera. La necesidad de estar con Mariam y saber que pasaba con Celina era mucho más importante, saber que ella estaba bien, mas que incumplir cualquier contrato, que cualquier concierto, que cualquier fricción con su familia.
Sin pensarlo dos veces, en una maniobra temeraria y prohibida, giró el volante. El chillido de las llantas fue ensordecedor. Un auto que venía de frente tuvo que desviarse, y Santiago escuchó el grito furioso del conductor, un insulto que se perdió en el aire. No tenía nada que decir más que gritar un rápido: "¡Lo siento!", mientras tomaba el carril contrario que lo llevaría de regreso al hospital. No le importaba si sus hermanos se enfadaban. Entenderían. ¿No es así? Se dijo, tratando de calmar su mente, de convencerse de que su decisión era la correcta, la única posible.
Con renuencia, se obligó a colocarse los auriculares de manos libres para atender su celular, el cual había comenzado a sonar con una insistencia que parecía una advertencia de que no debería volver.
—Klein —respondió, usando su nombre artístico por inercia, aunque ya se sentía como un fantasma de otra vida.
Un aluvión de palabras y reclamos no se hizo esperar al otro lado de la línea.
—¡Eres un irresponsable, Santiago! ¿Dónde demonios estás? —la voz de Johan resonó fuerte y clara a través del auricular, obligándolo a quitárselo antes de que le perforara el tímpano.
—Lo siento, Johan, pero realmente no podré asistir al ensayo —hizo una pausa, el corazón golpeándole el pecho, intentando ignorar la urgencia de su hermano—, pero prometo estar en la firma de autógrafos de la tarde —le contestó, poniéndose de nuevo el manos libres y cortando la llamada rápidamente antes de que Johan pudiera volver a gritarle.
No necesitaba que le recordara lo irresponsable que era. Lo único que quería era volver a donde ella estaba. ¿Cómo era posible que una chica que apenas había conocido le importase tanto, al grado de dejar tirados a sus hermanos, la única familia que tenía? ¿Qué tenía de especial Celina Torres, o más bien, qué tenía Mariam que había encendido en él una chispa tan profunda? La pregunta: "¿Amor tal vez?" acudió a su mente sin que él pudiera controlarlo, pero la apartó de inmediato. No. No era el momento para eso. Lo único que importaba ahora era saber si ella estaría bien. Eso era lo que averiguaría en cuanto llegara al hospital.
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Mientras Santiago se perdía en la ironía de su destino, en la sala de espera el infierno se había desatado. La bofetada de Mariam a Dante había resonado en el silencio del hospital, una explosión de rabia que rompió la frágil calma. El rostro de Dante estaba rojo, la indignación en sus ojos era palpable. Mariam lo enfrentó, sin arrepentimiento.
—¿Con qué derecho? —gritó, las lágrimas rodando por sus mejillas—. ¿Con qué derecho vienes a tomar el control? ¿Dónde estabas cuando ella te necesitaba? ¿Dónde estabas cuando te llamó esa madrugada y la dejaste? ¡No vengas a enmendar tu error ahora! ¡No, yo no te lo permitiré!
La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. La enfermera se había quedado sin aliento, y la gente en la sala de espera miraba con morbosa curiosidad. Dante estaba a punto de responder, sus labios se tensaron en una línea delgada y cruel, cuando una figura esbelta apareció al final del pasillo, seguida de cerca por dos chicas que corrían a su lado.
Reina, Annie y Leticia habían llegado. Leticia tenía el rostro surcado de lágrimas, mientras que Annie, con los ojos bien abiertos, parecía estar en un estado de shock. Reina, sin embargo, tenía la mirada de alguien que había venido a luchar. Vio a Dante y Mariam enzarzados en su confrontación, y en el rostro de Mariam leyó la furia, la desesperación.
—¿Qué demonios está pasando aquí? No es cierto lo que dijo Reina ¿Verdad? —preguntó Leticia, con la voz temblorosa, mirando a Celina a través de la puerta de cuidados intensivos.
Mariam ignoró a Dante y se lanzó a los brazos de sus amigas. Leticia la abrazó con fuerza, mientras Annie se quedaba en shock, incapaz de procesar el caos que tenía delante. Sin embargo, Reina no se unió al abrazo. Se acercó a Dante, la calma en su rostro era casi insultante.
—Dante, cálmate por favor no es el lugar ni el momento —dijo Reina, en un tono bajo, como si fueran cómplices. Su voz era una advertencia.
Mariam se separó de Leticia, sintiendo un escalofrío de traición. ¿Reina estaba de su lado? No, no lo parecía. La actitud de su amiga, la manera en que había llegado, la forma en que estaba defendiendo a Dante... todo la golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago. El dolor de la ira se transformó en el dolor del abandono.
Dante se sobó la mejilla y sus ojos se posaron en Mariam. En lugar de responderle a Reina, se dirigió a Mariam con una frialdad calculada.
—Déjame adivinar, ¿Fuiste tú quien hizo posible que Celina tuviera acceso a esas pastillas? —preguntó, con malicia
Mariam estaba a punto de responder, de gritarle, de defenderse, cuando Dante la interrumpió, su voz era un susurro venenoso.
— Después de todo, eres tú quien las toma. No me sorprendería que fueras tú la culpable de todo esto.
Después de escucharlo se quedó inmóvil, las manos temblándole, la sangre helada en sus venas. ¿Cómo lo sabía? La única persona que lo sabía era Reina. La revelación la golpeó con la fuerza de un rayo. Reina la había traicionado. Había vendido su secreto, su debilidad, al hombre que más odiaba. Un dolor profundo, más doloroso que cualquier bofetada, la atravesó. Se sintió traicionada, humillada. La amistad que tanto valoraba se rompió en un millón de pedazos.