La tensión se intensificó. Annie y Leticia miraron a Mariam, con el terror en sus ojos. No entendían nada, pero la mirada de Mariam lo decía todo. Reina, por su parte, mantuvo la calma.
—Mariam, no es lo que parece —dijo Reina, pero su voz no sonaba a una disculpa. Sonaba a una justificación.
—¿No es lo que parece? —Mariam gritó, con la voz llena de furia, apuntando a Dante—. Le contaste todo, ¿verdad? Le contaste que tomo Valium para mi ansiedad, que no puedo dormir, que no puedo controlar mis manos. ¡Le contaste todo! Y ahora él viene a usarlo en mi contra, a decir que yo soy la culpable de que Celina esté así.
Mariam no pudo más. El silencio sofocante del pasillo, la presión contenida en su pecho y la mirada altiva de Reina fueron la chispa que encendió su furia. Dio un paso hacia ella, con el rostro desencajado por la rabia, y las palabras brotaron de sus labios como un torrente imposible de contener.
—Ya que te gusta tanto revelar secretos —escupió, con la voz cargada de veneno—, ¿por qué no dices de una vez lo que todos sospechan? ¿Por qué no confiesas que si defiendes tanto a Dante es porque estás enamorada de él?
Reina palideció al instante, pero no se movió.
—Que no le das la oportunidad a ningún chico porque en realidad lo quieres a él. Que vives esperando cualquier gesto suyo, que te aferras a esa esperanza ridícula aunque jamás te mire de esa manera.
Las palabras de Mariam atravesaban el aire como cuchillos. Cada sílaba dejaba una herida invisible.
—Y mírate ahora… —continuó, con una amarga carcajada—. Más que feliz de que Celina esté así, porque en el fondo piensas que ese es tu momento. Que si ella no estuviera, si se rindiera, Dante tendría los ojos libres para mirarte al fin.
Reina tembló. Sus manos, crispadas, se apretaron con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El corazón golpeaba en su pecho como un martillo, pero no encontró fuerzas para replicar.
Mariam dio un paso más, acorralándola con su mirada.
—Pero te equivocas, Reina. Si Celina está así, no es por capricho, ni porque quisiera manipular a Dante. No lo hizo para hacerlo sentir culpable. —Su voz se quebró, y un destello de dolor sustituyó momentáneamente la rabia—. Ella está así porque está rota. Porque su soledad la consumió, porque su depresión la arrastró a un abismo del que no vio salida.
El pasillo entero quedó en silencio, como si hasta las paredes escucharan.
Reina, con la garganta cerrada, quiso decir algo, pero no pudo. Sus labios temblaron, las palabras murieron antes de nacer. Todo lo que logró hacer fue apretar más fuerte sus manos, clavándose las uñas en la piel, conteniendo el torrente de emociones que amenazaba con derrumbarla frente a todos.
Por primera vez en mucho tiempo, Reina no tuvo nada que responder.
Y eso, quizás, fue lo que más dolió.
El caos que se vivió entre el grupo de amigas se hizo presente al ver a Mariam, al ver a Reina de lado de Dante en lugar de con ellas. La amistad al igual que el amor, son dos sentimientos muy delicados los cuales con un solo movimiento o paso en falso puede desestabilizarlos, aun por muy fuertes que sean estos y más si hay situaciones que compliquen la relación y la comunicación de estas, por eso Mariam se alejó de sus amigas. Se sintió humillada, herida. La ira que sintió hacia Dante, la furia por la injusticia, se transformó en un veneno que la carcomía por dentro. Se alejó de ellas, se sentó en un rincón de la sala de espera, y el miedo, ese monstruo que la acechaba, se hizo presente de nuevo.
"Dios, por favor, que no me dé otra crisis", pidió en silencio, mientras trataba de que sus manos no sudaran o empezaran a temblar. Sabía que si le prestaba demasiada atención a la gente que la observaba, daría paso a sus miedos. "Mariam, contrólate", se regañó en voz baja, mientras trataba de relajarse a través de su respiración, acompasándola, y trataba de pensar en otra cosa menos en sus manos o su cuerpo. Sabía que debía alejar de su mente cualquier cosa que la alterara, pero le era difícil dada la situación.
También podría ayudarse con su medicamento, el cual le recordaba el motivo por el que estaba ahí, tratando de controlar la crisis que amenazaba con hacerse presente. Además, si deseaba que Celina estuviera bien, sabía que ella también debía estarlo. Quizás era algo egoísta, pero una parte de ella se alegraba de que hubiera sido a ella a la que Celina había acudido. Quería a Celina como a una hermana y sentía que Dante no era el indicado para ella. Por eso debía estar con ella y no con él. Debía demostrar ser una persona estable sin ningún problema, suficiente era que Celina hubiera intentado quitarse la vida con su medicación. De nuevo sintió cómo sus manos empezaban a sudar. "Diablos, Mariam", se recriminó. Si quería superar ella sola la crisis sin su medicamento, debía hacer lo que había trabajado en las terapias. "A ver, Mariam, manos a la obra", se dijo, mientras trasladaba sus pensamientos hacia la consulta con la doctora Luna Martinez.
«Lo primordial, señorita Aguirre, es que encontremos las situaciones en las que es más propensa a las crisis y las evite. En caso de no poder evitarlas, le enseñaré, a través de la terapia cognitivo conductual, a verlas desde una manera fría y no emocional. A desapegarse de ellas».
Las palabras que recordó y que fueron dichas con anterioridad después de un mes de verla a causa del insomnio y los temblores de su mano y diagnosticarle TAG por la doctora Luna Martinez hicieron que se sintiera como si estuviera ahí en la consulta, logrando con ello que alejara sus pensamientos de lo que realmente ella temía. Sabía que lo que hacía era una fuga momentánea, escapar hacia un lugar lejano donde el miedo no la atrapara.
—Señorita Aguirre, debe de ver las cosas fríamente, saber que no podrán hacerle más daño que el que usted permita. Le diré: no está mal sentir miedo hacia lo inesperado, lo que está mal es dejar que ese miedo la controle por completo, imposibilitándola a actuar en consecuencia.
Ella siempre había creído que era cobarde. Su familia se lo decía siempre, no sus padres, pero sí sus familiares más cercanos.
—Dígame, señorita Aguirre, ¿Cuándo fue que usted cree que empezaron sus problemas de ansiedad? ¿A permitir que el miedo se acentuara en usted? —cuando se lo preguntó la doctora Luna, no supo qué contestar. Realmente no creía que sufriera ningún trastorno.
Pero ahora lo sabía. Sus problemas empezaron cuando en su familia comenzaron las comparaciones. Especialmente con sus primas, Belén, de un hermoso cabello rojo y ojos azules, y Nereida, de ojos grises y un cabello n***o azabache que siempre traía suelto, ya que amarrarlo habría sido un pecado por la belleza de este. Fue ahí donde tuvo por primera vez miedo, miedo al rechazo, al escucharlas decir que era una "tonta barbie rubia, hueca y sin gracia". Por eso se empezó a sobre exigir en los estudios sin lograrlo, no era que no pudiera o fuera desastrosa, simplemente no alcanzaba el máximo. Siempre se quedaba atrás de ellas, incrementando su miedo y ansiedad cada vez que toda la familia se reunía.
—Pero ¿qué estaba haciendo? —se recriminó al sentir cómo su respiración, que había empezado a normalizarse, comenzaba a acelerarse de nuevo—. Recuerda, Mariam, que eso ya es pasado, no puede hacerte más daño —se repitió mientras trataba de concentrar sus pensamientos en otro lugar, lejos de sus recuerdos, lejos de esa maldita sala donde no podía hacer nada más que esperar.
Furiosamente abrió los ojos, los cuales ni siquiera había notado que cerrara cuando se alejó de las chicas tras la pelea que tuvieran con Reina y Dante. Sabía que Reina la había herido al decir lo que le había contado en secreto, pero no le importaba, puesto que ella la había traicionado al llamarlo a sus espaldas. Se suponía que todas eran más que amigas, eran casi hermanas, y el que ella se pusiera de parte de Dante por un momento le dolió. Se sintió traicionada y furiosa, por eso lo dijo. Además, la insistencia de él en excusarse, al decir que no sabía lo mal que Celina se encontraba, le sonó a una burla cruel. En su juicio, solo una cosa quería decir: él la estaba culpando. Se estaba excusando y ella no se lo permitiría. El juego de Dante había comenzado, y ella no se dejaría vencer tan fácilmente.