Mariam se había alejado para calmarse y una vez lo hizo suspiró al recordar las palabras de Annie y Leticia antes de marcharse rápidamente. En aquel instante, Mariam no las había entendido, pero resonaban en su mente ahora con una claridad incómoda. Le habían advertido que, cuando Celina despertara, en lugar de agradecerle, podría enfurecerse con ella por haber tratado asi a Dante. Y lo peor: que esa reacción sería aún más difícil de asimilar en el estado frágil en el que todas estaban.
Con furia, Mariam frotó su cabeza, alborotando aún más su cabello rubio mientras inhalaba profundamente, intentando apartar los pensamientos. Quería dejar de sentir, dejar de pensar. Resultaba curioso que, cuando estaba en ese estado, lograba ocultarse tras una máscara casi perfecta: la chica alegre, superficial, esa que todos habían comparado con una muñeca hueca cuando era niña. Sus primas la habían marcado con esas palabras hirientes, y con los años había aprendido a utilizar esa burla como armadura.
Por eso inspiró una vez más, tan hondo que sus pulmones dolieron, y luego curvó los labios en una sonrisa impecable. Nadie debía sospechar lo que pasaba dentro de ella. Nadie debía conocer sus miedos, ni los demonios que la atormentaban en silencio. Tragándose su angustia, acomodó con gracia su cabello dorado y se dirigió hacia donde el doctor esperaba. Él había salido a informar que el tratamiento había concluido. Ahora, lo único que restaba era esperar la reacción de Celina. Pero, casi con incomodidad, el médico añadió que había un tema más delicado que abordar respecto a su estado, algo que obligó a todas a contener el aliento.
Reina, en cambio, no podía pensar en otra cosa que en la traición de Mariam. Nunca se imaginó que ella sería capaz de exponer en voz alta secretos que le había confiado con el corazón en la mano. Pero lo había hecho. La había señalado delante de todos, la había humillado y, para empeorar la herida, Annie y Leticia no la habían defendido.
Guardaron silencio.
Ese silencio pesaba más que cualquier insulto. Y en los ojos de ambas, Reina creyó distinguir un brillo de recriminación que la desgarró más de lo que habría soportado cualquier palabra.
Lo que la descolocaba aún más era la indiferencia de Dante. Su rostro frío al escuchar las palabras de Mariam fue como un balde de agua helada. No reaccionó. No protestó. Ni siquiera pareció escuchar lo que se decía. Sus ojos, cargados de preocupación, estaban fijos en la puerta de la habitación donde Celina seguía debatiéndose. Para él, todo lo demás era ruido insignificante.
Esa indiferencia dolía como una daga.
Reina no pudo evitar recordar, con amargura, aquel día en que lo vio salir del Crown con Celina. El beso que se dieron frente a todos aún ardía en su memoria. Dante nunca le había prometido nada, pero ella había dado por sentado que existía una conexión entre ambos. Nadie había logrado hacerla reír o sentirse comprendida como él. No había otro chico con el que hubiera conectado tan bien… hasta que apareció Celina Torres.
Y todo se desplomó.
Con el corazón encogido, recordó la única cita que Dante le había concedido, casi por obligación: un café en Crown. Allí, sin rodeos, él mismo le dejó en claro que sus preferencias iban en otra dirección. Que las chicas como Celina, atolondradas, espontáneas, eran las que despertaban su interés.
Solo Mariam sabía lo que Reina había sentido por Dante. Solo ella conocía el resentimiento que había cultivado en silencio contra Celina, disfrazado de celos y rivalidad. Pero lo que jamás imaginó era que Mariam usaría esa confesión en su contra.
Ahora, Reina estaba sola.
Sola entre el grupo que una vez había considerado como hermanas. Sola frente a Dante, que jamás volvería a mirarla con los mismos ojos. Sola, salvo por alguien más que nadie sabía: Nicolás.
Porque Nicolás no apareció de repente. Tras despedirse de Reina horas antes, no había dejado de preocuparse por ella. Lo que comenzó como una simple inquietud se convirtió en un seguimiento silencioso; sin que ella lo notara, lo siguió a distancia, observando ella salia de su apartamento de nuevo apresurada, llegando hasta el hospital, escuchando cada palabra y cada grito de reproche que resonó entre los pasillos, el alboroto de emociones que la envolvía y la discusión que la dejó temblando frente a Mariam.
Él la había visto estallar en silencio, la había visto sostener la furia y el dolor como un escudo, y no se atrevió a interrumpir. Sabía que ella necesitaba expresar lo que llevaba dentro antes de poder recibir consuelo.
Cuando finalmente Reina salió de su trance, sintió un escalofrío recorrerla y un nudo en la garganta que le impedía respirar con normalidad. Entonces escuchó la voz de Nicolás, suave pero firme:
—¿Reina, estás bien?
Al girar, lo vio sosteniendo dos vasos de café caliente, su expresión marcada por la preocupación más genuina que había visto en mucho tiempo. No había reproches, no había juicio. Solo un apoyo silencioso que le heló la sangre y, al mismo tiempo, le dio una extraña calidez.
La mirada de Nicolás la desarmó por completo. Cada desplante pasado, cada palabra cruel que le había dirigido en algún momento, cada intento torpe de apartarlo de su vida… todo se mezcló en un torbellino que la dejó vulnerable. Y aun así, ahí estaba él, ofreciendo compañía sin condiciones, un hombro invisible en el que deseaba hundirse y llorar.
El rubor subió a su rostro de manera inmediata. Deseaba, con una intensidad que le daba vergüenza admitir, que él la abrazara, que le permitiera derrumbarse aunque solo fuera por un instante. Pero la vergüenza se aferró a ella con fuerza; ¿cómo podría estar a la altura de alguien como Nicolás, después de todo lo ocurrido?
No tuvo tiempo de responder.
La puerta de la habitación se abrió, y el médico, acompañado de la enfermera, apareció con un semblante serio. El grupo se puso de pie de inmediato. El silencio se volvió tan denso que parecía aplastarlo todo.
El doctor aclaró la garganta antes de hablar:
—El tratamiento ha concluido. Celina está estable… por ahora.
El alivio se extendió, pero se sintió efímero.
—Sin embargo —continuó el médico, con voz baja y grave—, lo más difícil comienza ahora. Cuando despierte, su estado emocional será determinante. Si no cuenta con apoyo, la recaída podría ser peor que lo ocurrido esta noche.
Las palabras flotaron en el aire como una sentencia, y los ojos de todos reflejaron el mismo temor: que Celina, al abrir los ojos, no quisiera quedarse.
Reina apretó los vasos de café con tanta fuerza que temió derramar el líquido, sus dedos blancos de tensión. Nicolás, sin embargo, no apartó la mirada. Cada gesto suyo parecía recordarle que no estaba sola, que aunque el mundo y sus antiguas amigas la hubieran dejado, alguien la entendía y la sostenía de manera silenciosa.
El pasillo parecía contener la respiración junto a ellos. Cada pitido de los monitores desde dentro de la habitación era un recordatorio de que la vida de Celina pendía de un hilo invisible.
Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos lo sabían: las heridas más difíciles no eran las del cuerpo, sino las del alma.
Reina cerró los ojos un momento, tratando de contener la mezcla de culpa, miedo y vergüenza que la atravesaba. Sabía que lo que sentía por Dante ya no importaba, que las traiciones, los secretos revelados y los reproches habían dejado cicatrices demasiado profundas. Pero al sentir la mirada inquebrantable de Nicolás sobre ella, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la sensación de que alguien la comprendía sin necesidad de palabras, que alguien estaba allí no para juzgarla, sino para sostenerla.