Capitulo 14 - El precio del arrepentimiento

1397 Palabras
“Cualquiera puede dominar un sufrimiento, excepto el que lo siente.” —William Shakespeare Dante estaba sumido en su propia agonía, un infierno personal que lo torturaba mucho más que las miradas hirientes y las palabras envenenadas de Mariam y las otras chicas. Su subconsciente le gritaba, una y otra vez, la misma palabra: «Imbécil». Se repetía sin cesar, una herida que se negaba a sanar, mientras intentaba mantener la compostura, mostrarse sereno y calmado. ¿De qué le serviría perder los estribos? El daño ya estaba hecho. La imagen de Celina, rota y sollozando en la oscuridad de la madrugada, lo acosaba sin piedad. «Celina, realmente lo siento», pensaba, sintiendo un nudo espeso en la garganta. Su intención jamás había sido lastimarla. Su único anhelo era construir una vida a su lado, una existencia de felicidad y estabilidad. Sin embargo, había dejado que sus miedos pasados tomaran el control, y ahora pagaba el precio más alto por su cobardía. Tenía que salir de ahí, su propia vergüenza era una soga que lo asfixiaba, sin embargo, no podía. Tenía que estar ahí, junto a ella, hasta que volviera en sí. No se iría hasta que lo perdonara por ser un idiota y haberla lastimado de esa forma. Tenían que volver a empezar, no podían terminar así, él no lo permitiría. Tenía que demostrarle que la amaba, que la necesitaba, que su vida no tenía sentido sin ella. En su mente ya había comenzado a trazar planes, una meticulosa hoja de ruta para reconstruir su relación. Sabía que no sería fácil, que el camino sería largo y lleno de obstáculos, pero no descansaría hasta que ella volviera a creer en él. Ellos dos superarían esto. Lentamente, sintió cómo el sentimiento de culpa que lo consumía iba cediendo, dando paso a una luz tenue, un sentimiento de esperanza que lo revitalizó. Por eso, cuando vio al doctor salir del área de emergencia y preguntar por los familiares de Celina, se acercó tranquilamente, dejando de lado la hostilidad que lo rodeaba. En ese momento, no existía nadie más en el mundo que le preocupara más que Celina y su recuperación. Dejó de escuchar las palabras susurradas de Mariam, y se paró con determinación frente al médico. El doctor Nestor Mendiola llegó a la sala de espera agotado después de una guardia interminable. Lo último que deseaba era lidiar con el drama de una intoxicación, pero aun con el cansancio, había dado todo de sí para estabilizar a la paciente. Lo que le molestaba, en cambio, era tener que dar la noticia que tenía que dar. Y lo peor de todo, era la tensión que se sentía entre el grupo de personas que esperaba noticias sobre el estado de su paciente Celina Torres. —Familiares de la señorita Torres —dijo el doctor. —Sí, yo soy su prometido —escuchó una voz segura detrás de él. Dante. Frente a él, vio el rostro de enojo de una chica rubia, quien parecía lista para pelear. Justo ahí, en medio de la sala, estaba la causa de toda la tensión, y lo que tenía que decir solo la haría más densa. «¿Será que podré dar la noticia sin tener que ser partícipe de una escena?», pensó, mientras tomaba una postura neutral. Lo mejor sería hablar solo con su prometido, pero después de escuchar en el módulo de enfermeras lo ocurrido con el grupo y la escena en la que sus intimidades fueron ventiladas sin pudor, no estaba seguro de que se lo permitieran. No tenía la paciencia para ese tipo de dramas. —¿Se encuentra bien Celina? —escuchó a la rubia preguntar, tratando de acaparar su atención y evitar que Dante, su colega y prometido de la joven hablara. No podría hablar con él a solas sin tener que pelear con la chica rubia. Quizás, solo tal vez, podría hablar con los dos. Era un asunto delicado, y si era cierto que Dante y su paciente estaban atravesando una situación de separación, necesitaba que alguien más estuviera presente. -_-_-_-_-_-_- Celina despertó en una habitación blanca e iluminada. Por un momento, creyó haber alcanzado su cometido, lo cual la llenó de angustia al recordar dónde lo había hecho: en el departamento de Mariam. Se la imaginó llorando al descubrir su cuerpo sin vida. Pero, pensó, con el tiempo ella superaría su muerte. Trató de enfocar bien su vista, buscando la fuente del molesto pitido que le producía un dolor de cabeza palpitante. Cuando por fin logró despertar por completo, se encontró con la realidad. Estaba en una habitación blanca, sí, pero era la fría y estéril habitación de un hospital. El ruido que hasta ese entonces le había estado causando un dolor de cabeza no era otro que el aparato que monitoreaba sus signos vitales. Quiso gritar de frustración y enojo al comprender que todavía seguía con vida, sin embargo, algo se lo impedía. Una sonda que atravesaba su garganta hasta su estómago era lo que le impedía gritar, pero la molestia física no era nada comparada con la que sentía en lo más profundo de su ser. Se sentía miserable, confundida, triste y furiosa. Furiosa con Dante, que le había roto el corazón, y furiosa con Mariam, quien de alguna manera u otra había impedido que ella acabara con su dolor. «¿Para qué continuar?», se preguntó, sintiendo cómo sus entrañas se retorcían. No había nada que la motivara a seguir con su vida. Se sentía vacía, con el corazón destrozado. Jamás imaginó que el amor pudiera ser tan dañino y devastador. Sentía que todo por dentro le dolía, la carcomía, y no era por la sonda o por lo que le hubieran hecho para desintoxicarla. Era un dolor mucho más profundo, y le resultaba insoportable enfrentarse a él. Tal vez, pensó, podría aprovechar el que Miriam la hubiera logrado salvar. El dolor que sentía, poco a poco, se fue convirtiendo en algo soportable al imaginar el rostro de Dante sufriendo al ver lo que había provocado al dejarla marchar. Sí, de pronto, el instinto de conservación que todos tenemos se activó de nuevo en ella. Tal vez sí tenía un motivo para continuar, y era el de ver sufrir a Dante. Y no solo eso. El recuerdo de Mariam se cruzó por su mente. Su mejor amiga, la chica que siempre había estado a su lado, de alguna manera la había traicionado. Le había salvado la vida cuando ella solo quería morir. Celina, con el corazón roto y la mente llena de veneno, decidió que haría pagar a ambos. Mientras Celina despertaba con un nuevo y oscuro propósito, el doctor Mendiola intentaba dar la noticia en la sala de espera. —Celina ha respondido al tratamiento —dijo el doctor. Todos se quedaron sin aliento. Leticia dio un grito de alivio. Annie soltó una lágrima. Mariam sintió que el mundo se le venía encima, pero por una vez, fue de alivio. Estaba viva. —Sin embargo, no está del todo fuera de peligro —continuó el doctor, la calma en su voz una advertencia. El silencio volvió a la sala de espera. Dante se puso rígido, su rostro pálido. —¿Pero qué? —dijo Dante, su voz una mezcla de furia y desesperación. —Tendrán que ser muy pacientes con ella. Las secuelas de la intoxicación son inciertas. No sabemos si serán permanentes o no, pero... puede que su memoria se vea afectada. Hay posibilidad de que no recuerde los últimos días, o tal vez, las últimas semanas... o incluso, los últimos meses de su vida. Un murmullo de shock recorrió la sala. Dante se sintió caer, su corazón un pedazo de hielo. Mariam se puso de pie, sus ojos fijos en la puerta del cuarto de Celina. La noticia de la amnesia era una espada de doble filo. Por un lado, una nueva oportunidad de enmendar el pasado. Por otro, la posibilidad de que Celina olvidará a todos, y lo más importante, de que olvidara a Dante. La mirada de Mariam se cruzó con la de Dante. Por un segundo, hubo una tregua silenciosa entre los dos. En la mente de ambos, solo existía una pregunta: si Celina no recordaba, ¿sería mejor para ella? ¿Sería una bendición o una maldición? Para Miriam estaba claro que olvidar a Dante sería lo mejor.
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