Capítulo 15- El precio del arrepentimiento II

1095 Palabras
Dante no sabía por qué, pero desde el inicio había sentido que el doctor Néstor ocultaba algo, que sus palabras venían cargadas de un peso que no lograba soltar. Y cuando lo dijo, cuando finalmente dejó caer la verdad, el mundo de Dante se vino abajo como un castillo de arena frente a la marea. —¿Está… seguro? —preguntó con la voz quebrada, apenas un hilo audible, como si al pronunciarlo en voz alta pudiera cambiar la realidad. A su lado, Mariam se tambaleó hasta sostenerse de la pared. Sus manos temblaban, sus labios se abrían y cerraban sin articular palabra. El doctor respiró hondo antes de repetirlo con firmeza: —Celina estaba embarazada. Las palabras fueron un cuchillo, una sentencia. Mariam soltó un sollozo ahogado, llevándose ambas manos al rostro. Dante, en cambio, sintió que la sangre se le helaba en las venas. Un bebé. Su bebé. El futuro que jamás se atrevió a soñar, destruido antes de comenzar. —Pero… —continuó el médico con tono grave— hubo un aborto espontáneo. Y aunque el embrión hubiera continuado, existía un alto riesgo de complicaciones congénitas graves debido a la intoxicación: problemas respiratorios o incluso cardiacos. El silencio que siguió fue insoportable. Cada palabra se repetía en su mente como un eco cruel. Un bebé que nunca llegaría. Una vida segada antes de nacer. —Necesitaré que alguno de ustedes esté presente cuando hable con Celina sobre esto —añadió el doctor con cautela, dejando la carga en sus manos. Mariam asintió con rigidez, los ojos vidriosos, el cuerpo encorvado por el peso de la noticia. Dante, en cambio, se quedó petrificado, los puños cerrados con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. “Un hijo”, pensó con desesperación. Celina había estado embarazada, y aun así había atentado contra su propia vida, contra la vida de ese inocente. Un torbellino lo golpeó: dolor, rabia, traición… pero sobre todo una culpa insoportable. Él la había dejado sola, él la había dejado salir, él no la detuvo. Y en esa decisión había sellado el destino de su hijo. Cuando el doctor se retiró y quedaron solos en la sala privada, Mariam se desplomó en el suelo. Dante la miró, y al ver el asombro en su rostro comprendió que ni siquiera ella lo sabía. Tal vez Celina jamás supo de ese embarazo. Quizás era demasiado temprano. Apretó los ojos con fuerza. Se suponía que él estudiaba medicina para salvar vidas, no para perderlas. Y ahora, por su negligencia, había perdido la vida más valiosa de todas: la de su propio hijo. La voz de Mariam lo arrancó de sus pensamientos, cargada de un dolor helado. —¡Jamás te lo perdonaré, Dante Carbajal! El impacto lo dejó sin aire. La furia en sus ojos azules, idénticos a los de Celina, lo atravesó como cuchillas. Sintió como si fuera Celina misma quien le gritaba esas palabras. Y lo peor era que no podía culparla. Bajó la mirada, incapaz de sostener ese juicio. Ni él mismo se perdonaba. —Lo sé… —murmuró, su voz áspera, quebrada. Pero Mariam no se detuvo. Se levantó con torpeza, como si cada músculo de su cuerpo ardiera de rabia. —¡Eres un maldito egoísta! —le gritó con el rostro bañado en lágrimas—. ¡Todo esto es tu culpa! ¡Si no la hubieras dejado sola, si hubieras tenido el valor de enfrentar tus sentimientos, Celina no habría llegado a esto! ¡Y ahora no solo la perdiste a ella, perdiste a un hijo! ¡Un hijo, Dante! Las palabras se clavaban como dagas, pero ella siguió, con voz desgarrada: —¿Sabes lo que más duele? Que incluso después de todo, aún creí en ti. ¡Creí que la amabas lo suficiente para protegerla, para estar ahí cuando más lo necesitaba! ¡Pero no, siempre huyendo, siempre encerrado en ti mismo, como un cobarde! Dante apretó los dientes, conteniendo la rabia que crecía en su interior. Quiso gritarle que no entendía, que él también estaba destrozado, que se sentía tan culpable que apenas podía respirar. Pero esos ojos, los malditos ojos de Celina reflejados en Mariam, lo desarmaban cada vez que intentaba responder. —No puedo alejarme, Mariam —logró decir, con la voz ronca—. No puedo dejarla ahora, aunque me odie. Aunque me maldiga el resto de su vida. —¡Claro que puedes! —lo interrumpió ella con desprecio—. De hecho, deberías hacerlo. Porque cada vez que Celina te vea, cada vez que recuerde lo que pasó, va a revivir este infierno. Tú eres la herida abierta, Dante. Y lo sabes. Él cerró los ojos con fuerza, sintiendo el veneno de esas palabras recorriéndole las venas. Tal vez Mariam tenía razón. Tal vez su presencia solo empeoraba todo. Pero también sabía algo más: no podía abandonarla, no ahora. —Necesitamos decidir quién estará con ella cuando el doctor hable —intentó retomar, con un hilo de autocontrol. Mariam lo fulminó con la mirada. —Ni se te ocurra acercarte a ella. —Su voz era baja, peligrosa, cargada de veneno. Luego, subió el tono, estallando de nuevo—. ¡Es más, lárgate ya! ¡Celina no necesita verte, no necesita recordar que por tu culpa perdió todo! Dante dio un paso atrás, pero no se movió más. No podía. Mariam entonces esbozó una sonrisa amarga, casi cruel. —¿O qué pasa? ¿Tu conciencia no te deja en paz? ¿Es eso lo que quieres? ¿Redimirte a costa de ella? Pues no. Ese bebé murió por tu egoísmo, y ni todas las lágrimas del mundo te van a limpiar de esa culpa. El aire se volvió denso, cargado de odio. Dante sintió que la rabia lo consumía, que quería gritar, defenderse, culpar al destino, al universo entero. Pero lo único que salió de su boca fue un susurro ahogado: —Tienes razón… Las lágrimas que había contenido empezaron a arderle en los ojos. Bajó la cabeza. No podía mirarla más. En ese instante, entendió algo que lo destrozó aún más: él estaba solo. Siempre había estado solo. Desde la muerte de sus padres, había vivido con miedo a depender de alguien. Y cuando finalmente dejó entrar a Celina en su mundo, ese mismo miedo lo empujó a apartarla. Ahora, el precio de su cobardía lo había perdido todo: la mujer que amaba, y un hijo al que jamás conocería. El silencio que siguió entre él y Mariam no fue vacío: fue una condena.
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