Capítulo 16 - El precio del arrepentimiento III

1179 Palabras
«Miedo. Eso era lo que lo dominaba.» Dante lo reconocía aunque no lo admitiera en voz alta. Desde que conoció a Celina, ese temor lo perseguía. No miedo a ella, sino a la forma en que lo desarmaba. Siempre terminaba evitándola cuando podía, como si con la distancia pudiera protegerse. Pero Celina, con esa terquedad suya, siempre lograba cruzarse en su camino, irrumpiendo en su mundo de las maneras más inusuales: lanzándole algún objeto, gritándole con furia o simplemente obligándolo a verla cuando lo único que quería era huir. Todo eso había quedado atrás. Ahora, en su memoria, esos recuerdos eran reemplazados por palabras recientes… hirientes, crueles. Mariam había sido despiadada: —Eres un asesino. No solo mataste el amor que Celina sentía por ti, también al hijo que jamás nacerá. Esas palabras lo persiguieron como cuchillos. Lo más sencillo sería hacer lo que ella le exigía: marcharse, desaparecer de la vida de Celina y no seguir lastimándola. Pero esa no era la verdad. Él no huiría por ella. Si se iba, sería porque no soportaba enfrentarse a su mirada, a la condena en sus ojos. Y eso, lo sabía, sería el golpe más certero. La confirmación de que todos sus planes, sus sueños con ella, jamás se realizarían. Sin embargo, algo dentro de él se rebeló. No. No volvería a cederle terreno al miedo. Era el padre de ese hijo. Celina era la madre. Y si había un destino cruel que los había llevado hasta allí, él no podía abandonarla en el momento en que más lo necesitaba. —Si ya estás lista, hablaré con el doctor Mendiola para que ambos pasemos con Celina —dijo Dante, justo cuando Mariam ya se dirigía hacia la habitación. Ella se giró con lentitud, con esa elegancia calculada que siempre usaba para herir sin necesidad de palabras. Sus labios se curvaron en una media sonrisa cargada de veneno. —¿De verdad crees que te necesita a ti? —susurró con frialdad—. Lo único que lograrás será empeorar su dolor. Dante la sostuvo con la mirada. —Soy el padre de ese niño que se perdio, Mariam. No voy a dejarla sola. Ella soltó una carcajada amarga. —Padre. No me hagas reír. ¿Qué clase de padre destruye a su propio hijo antes de que nazca? Las palabras le atravesaron como un dardo envenenado, pero no se movió. Sintió cómo el aire se volvía pesado entre ambos. —Basta —gruñó, con la voz tensa—. Si quieres estar a su lado, adelante. Pero no me apartarás. Ella lo empujó con brusquedad, intentando abrir la puerta primero. Dante no se lo permitió: se adelantó, giró el picaporte y la abrió de golpe, dejándole claro con ese gesto que no cedería ni un centímetro. El pasillo los recibió con un silencio tenso. Al fondo, el doctor Néstor Mendiola los esperaba con gesto severo. —La paciente Torres ya ha despertado —informó—. Una enfermera revisará sus signos vitales y retirará la sonda. Luego podrán hablar con ella. Celina entreabrió los ojos cuando sintió la presencia de la enfermera. El molesto pitido de la máquina a su lado la atormentaba, igual que la incomodidad de la sonda que le impedía hablar. —Molesta, ¿verdad? —le dijo la mujer con una sonrisa amable, mientras preparaba el procedimiento para retirarla. Celina apenas escuchó la explicación. No le importaba cada paso técnico; lo único que quería era que aquello desapareciera. Quería gritar, llorar, maldecir… pero su garganta ardía, y lo único que logró fue contenerse, tragándose la frustración. El silencio de la habitación la consumía. La soledad era una tortura peor que el dolor físico. Intentó incorporarse, escapar de aquella cama, pero la debilidad la condenaba a seguir ahí, atrapada en su propio cuerpo. ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué sigo respirando si lo que más amaba ya no existe? El eco de esas preguntas se repetía en su cabeza como un martillo. Imágenes fugaces, imposibles, aparecieron en su mente: un bebé en sus brazos, el rostro de Dante sonriendo al verlo… sueños que se deshacían como polvo entre sus dedos. Ya no hay nada. Solo vacío. Cuando por fin se rindió, la puerta se abrió. Un joven pelirrojo entró con una tablilla en las manos, pero no fue a él a quien sus ojos se aferraron. Detrás venía Mariam… y, más importante, Dante. Mariam corrió hacia ella, la abrazó con fuerza, pero Celina apenas sintió ese contacto. Sus ojos se clavaron en Dante. Su rostro estaba endurecido, pero en su mirada había algo que lo traicionaba: preocupación… y algo más. ¿Culpa? Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Una parte de ella sonrió con amargura en su interior. Sí, sufre, Dante… clamó su mente rota. Y sin embargo, la otra parte, la que aún lo amaba con rabia, deseaba que fuera él quien la sostuviera, no Mariam. El doctor Mendiola se presentó y comenzó a hablarle con calma, detallando lo que habían hecho desde que fue ingresada. Celina apenas podía seguirle el hilo. Solo quería respuestas rápidas, sin rodeos. Entonces llegaron las palabras que le destrozaron el alma: —Lamentablemente… sufriste un aborto espontáneo. Fue necesario realizar un legrado. Todo se quebró. El mundo se volvió un ruido sordo, un eco distante. Lo único que escuchó fue el crujido de un cristal rompiéndose dentro de ella, llevándose consigo lo poco que quedaba intacto de su corazón. Las imágenes comenzaron a invadirla. Veía pequeñas manos que jamás sujetaría, oía risas que nunca escucharían sus oídos. Un “mamá” que jamás resonaría en sus paredes. Todo se convirtió en un vacío aterrador. Quiso gritar, pero solo salió un sollozo ahogado. El dolor en su garganta era insignificante comparado con el hueco abierto en su pecho. Y entonces pensó en Dante. Siempre Dante. Él lo mató. La idea la golpeó con una fuerza brutal. Él es culpable. Sus ojos se alzaron hacia él, fijos, envenenados de lágrimas. En su mirada ya no había duda: solo acusación. El doctor Mendiola suspiró, con esa expresión de quien sabe que las palabras no alcanzan. —La psicóloga de la clínica está al tanto de tu situación. Vendrá a hablar contigo —explicó con tono suave. Pocos minutos después, la puerta se abrió de nuevo. Una mujer de cabello oscuro, recogido en un moño impecable, entró con paso sereno. Su porte imponía calma, pero su mirada era cálida. —Soy la doctora Susana Mérida —se presentó con voz tranquila—. Estoy aquí para acompañarte en este momento, Celina. Celina parpadeó, apenas consciente de sus palabras. Pero dentro de ella, algo se tensó. No quería hablar. No quería que nadie intentara coser las piezas de un corazón que ya no existía. Solo lo miraba a él. Dante. El culpable. Ahora entendía su mirada, ese rastro de culpa en sus ojos. No bastaba con que se sintiera responsable: debía pagar. Porque con él se había ido no solo su hijo, sino también el último fragmento de esperanza que quedaba en su pecho.
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