Capitulo 17 - El precio del arrepentimiento IV

1148 Palabras
La mirada de Dante Carbajal se encontró con la mirada de Celina Torres, y por un instante el tiempo se detuvo. Lo que vio lo estremeció: ya no había miedo, sino un odio ardiente, visceral, que lo atravesó como una daga. Era un odio dirigido hacia él, aunque no fuera el culpable directo… ¿o sí? Un nudo le apretó la garganta mientras la duda lo corroía. Tal vez sí lo era. Tal vez había sido su culpa no detenerla cuando la vio quebrarse, cuando suplicaba entre silencios con esos ojos que tanto amaba. La había dejado marcharse rota, sin luchar lo suficiente por ella. Y después… después había sucedido lo inevitable. Pero otra voz en su interior, fría y cruel, lo atacaba sin piedad: “¿Acaso no fue ella quien decidió tomarse medio frasco de medicamentos controlados? ¿No fue su elección dejarse arrastrar hacia el abismo?” Se obligó a respirar hondo, pero la punzada en su pecho no lo dejaba en paz. A un costado, la doctora Susana Mérida lo observaba con atención mientras examinaba a su nueva paciente. Celina Torres parecía una muñeca rota. Su cuerpo estaba rígido, inmóvil, y sus ojos vidriosos no se apartaban de Dante. La doctora no necesitaba un diagnóstico elaborado: aquello era un shock, uno profundo y devastador. Dentro de Celina, la realidad se agitaba como un mar embravecido. Un sinfín de emociones la golpeaban con violencia, pero solo una se alzaba sobre todas: la ira. Sentía que ardía en cada vena, en cada músculo, como si un fuego la consumiera desde dentro. Era un calor sofocante que subía hasta su mente, quemando cualquier pensamiento claro, hasta dejar solo la furia. Quiso gritar. Quiso insultar, maldecir, arrancarle la máscara a todos los que la rodeaban. Todos parecían esperarlo. Pero su garganta se cerró, incapaz de emitir sonido alguno. Su silencio era más aterrador que cualquier alarido. Y, sin embargo, algo extraño comenzó a suceder. En medio del caos, del dolor, de la rabia incontenible, sintió un alivio sutil, casi perverso. Como si aquella devastación le trajera calma. Como si cada lágrima contenida le diera fuerza para recordar con nitidez una sola idea que ya había germinado en su corazón: haría que Dante pagara. El dolor se transformaba en un ancla, una guía que disipaba poco a poco el torbellino de confusión. No había marcha atrás. Su destino estaba marcado. A pocos metros, Mariam Aguirre no podía comprender lo que veía. Se suponía que Celina debía estar destrozada después de escuchar lo que el doctor Nestor Mendiola —con su cruel frialdad— había revelado: el procedimiento médico, la pérdida, el vacío que le habían arrancado del cuerpo y del alma. Sin embargo, allí estaba su amiga, con una serenidad aterradora, como si el sufrimiento la hubiera vaciado hasta dejarle solo una máscara. Mariam esperaba gritos, llanto, desesperación. Pero lo único que obtuvo fue el frío rechazo cuando intentó acercarse a abrazarla. La distancia se volvió un muro invisible que la empujó hacia atrás. Y entonces lo comprendió: más que rechazar su abrazo, Celina le mostraba que era ella —Mariam— quien lo necesitaba más. Esa revelación le cayó encima como un balde de agua helada, dejándola incómoda, casi avergonzada de su propia vulnerabilidad. Una solitaria lágrima, rebelde y dolorosa, se deslizó por el rostro perfecto de Celina. Era idéntica a la suya, porque compartían la misma tonalidad en los ojos. Pero esa lágrima fue la única prueba de que aún quedaba algo humano detrás de aquella fachada inquebrantable. En un instante, Celina la limpió con brusquedad, como si odiara mostrarse frágil ante cualquiera. En otra parte de la ciudad, Samuel Torres regresaba al que alguna vez había llamado hogar. Ahora, ese espacio solo era un lugar de paso. Desde que su hermana Celina había partido, la casa había dejado de ser un refugio. Ya no quedaba nada del calor familiar, solo paredes que lo asfixiaban y recuerdos que dolían. Con un suspiro cansado, arrojó las llaves sobre la mesa de la sala. Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro al notar que no había nadie. Ni su madre, Iris, ni su padre, Kenny, estaban allí. La soledad, al menos, era más soportable que la compañía tensa de sus padres, que discutían incluso en los silencios. Samuel se dejó caer en el primer sofá que encontró y encendió el televisor, buscando cualquier ruido que apagara sus pensamientos. En su cabeza, solo resonaba un murmullo constante: “Todavía no han llegado”, murmuró para sí mismo. Y, por primera vez en semanas, cerró los ojos, dejando que el cansancio lo venciera. El sueño lo atrapó profundo, pesado, como si quisiera arrastrarlo lejos de la realidad. Cuando despertó, la sala estaba sumida en la penumbra, iluminada apenas por la pantalla del televisor. Un destello rojo intermitente llamó su atención: la luz de la contestadora. Parpadeaba sin cesar, como un ojo vigilante en medio de la oscuridad. Samuel gruñó molesto. —¿Quién demonios habrá sido el idiota que dejó un mensaje? —masculló entre dientes, con la voz pastosa del sueño interrumpido. La rabia le subió como un impulso violento; no quería escuchar nada, no quería que nadie lo sacudiera de la única paz que había tenido en semanas. Aun así, la curiosidad fue más fuerte. Su mano tembló levemente mientras presionaba el botón de reproducción. El pitido de la máquina llenó la sala, y entonces la voz que emergió del aparato heló la sangre de Samuel, arrancándolo por completo de la somnolencia. No fue un mensaje cualquiera. Fue una verdad que cambiaría el rumbo de todo. En otra habitación, Celina seguía observando a Dante con esa mirada que lo desgarraba en silencio. Para ella, él ya no era el hombre que la había amado, ni el refugio en el que alguna vez creyó. Era el culpable, el centro de su odio, la razón por la que había perdido más de lo que jamás imaginó. Y Dante lo sabía. Cada fibra de su ser lo sentía. El peso de la culpa lo envolvía como cadenas invisibles, asfixiándolo con el recuerdo de lo que no hizo, de lo que no dijo, de todo lo que dejó pasar. El silencio de Celina era peor que cualquier grito. Porque en ese mutismo estaba escrita su sentencia. Él quería hablar, justificar, gritar que no había querido herirla, que había sido un cobarde incapaz de detenerla. Pero su lengua estaba hecha de piedra. Y en el fondo, temía que, aunque dijera algo, nada cambiaría lo que ya estaba hecho. El aire se volvió denso, como si la habitación fuera demasiado pequeña para contener tanto dolor, tanto rencor. Y allí, entre miradas que eran cuchillas y silencios que eran condenas, se sellaba un destino que ninguno de los dos podría evitar. Celina no necesitaba palabras. Su silencio lo decía todo. Y Dante lo sabía.
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